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Soledad y malestar del sacerdote ¿UN PROBLEMA ESTRUCTURAL?

¿Soledad o soledades?

La soledad no es en sí misma un mal. De hecho, muestra la verdad del ser humano como criatura necesitada del Absoluto; el sufrimiento que esto comporta, si se acepta como verdad de uno mismo y no como maldición, puede permitir vivir relaciones sólidas y profundas: en primer lugar, la relación con el Señor, porque se ha llegado a reconocer que sin Él la vida se hace insoportable y carece de sentido.

En efecto, hay una dimensión de soledad en todo estado de vida, como bien saben los esposos, un vacío ontológico, que nada ni nadie puede llenar; esta imposibilidad, si no se acepta, puede llevar a inversiones ilusorias en el otro, a pretensiones irrealizables y al fracaso de la relación. Es significativo que la crisis del celibato y la crisis del matrimonio hayan aparecido juntas.

La soledad se vuelve inquietante cuando la persona se aleja de su yo más profundo, privándose de relaciones significativas, perdiéndose en las cosas por hacer, en los chismes del momento, en el vicio…, esperando que esto llene el vacío que le atormenta. Todo esto vale también para quienes, como el sacerdote, están llamados a una vida de celibato. La soledad tiene múltiples aspectos, que pueden hacerla deseable o temible. De ahí la importancia de comprender cómo y cuándo, desde una condición de verdad, puede convertirse en tóxica.

Algunos cambios fundamentales

En primer lugar, hay razones estructurales: la pérdida de puntos de referencia, de los posibles lugares y tiempos de encuentro, la reducción y el envejecimiento de las comunidades. El Papa Francisco, en un discurso a la Curia, dijo que nos encontramos en una situación de postcristianismo, de la que quizá aún no hemos tomado suficiente conciencia: «No estamos más en la cristiandad. […] necesitamos un cambio de mentalidad pastoral, que no quiere decir pasar a una pastoral relativista. No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe — especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente — ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común; de hecho, frecuentemente es incluso negada, burlada, marginada y ridiculizada»[1].

La disolución del tejido social va acompañada de la falta de figuras adultas de referencia y de un sentimiento de aislamiento acentuado por la reciente pandemia de Covid-19. De ahí el aumento de la fragilidad de las personas, a todos los niveles.

Otra razón estructural del malestar es la creciente burocratización y complejidad de la vida.

Añádase a esto la revolución digital y el advenimiento de las redes sociales, especialmente para las generaciones más jóvenes, en las que la capacidad de utilizar las nuevas tecnologías no suele ir acompañada de un adecuado sentido crítico, sobre todo cuando se quiere buscar en ellas un remedio para la soledad[2]. De hecho, Internet, con su oferta de enormes posibilidades a varios niveles – información, datos, rapidez de contacto e indudables oportunidades pastorales –, vuelve a plantear los antiguos problemas del mundo offline (soledad, falta de sentido, sufrimiento, depresión), pero a una escala cualitativamente distinta.

Y así, como en el relato La metamorfosis de Kafka, también puede ocurrir que el sacerdote se despierte un día y descubra que se ha convertido en algo completamente distinto de lo que había imaginado: un trabajador social, un proveedor de servicios y bienes materiales de diversa índole, o la víctima de derivas que estudió en los libros de teología, pero de las que no fue capaz de protegerse. Con resultados incluso trágicos.

Algunos datos

Desde hace algún tiempo, ha habido un aumento impresionante de suicidios entre los sacerdotes en Brasil. Durante el año 2018, 17 sacerdotes se quitaron la vida y otros 10 en 2021[3].

Ya en 2008, una investigación realizada por la organización Isma Brasil, recogiendo entrevistas con 1.600 sacerdotes, religiosos y religiosas, había señalado que la principal causa de estrés en la vida religiosa era la ausencia de privacidad, tiempo y espacio adecuados para el autocuidado. La Conferencia Episcopal de Brasil también inició investigaciones. Los expertos consultados señalaron el exceso de trabajo, la falta de ocio, la soledad y la pérdida de motivación entre los posibles factores que llevan a algunos religiosos al suicidio. Y también la acusación de abusos. De las entrevistas realizadas, sin embargo, se desprende que el problema más común es la depresión: «Un sacerdote joven en un país como Brasil, donde puede enfrentarse a mucho – demasiado – trabajo pastoral, puede llegar a una actitud digamos hiperresponsable, que fácilmente desemboca en activismo, que a su vez se convierte en estrés, y éste en ansiedad y depresión. Y a menudo está solo y no puede cuidar de sí mismo»

La falta de intimidad parece ser una de las características más extendidas del malestar de los sacerdotes. En Francia, el 25 de noviembre de 2020 se presentó un estudio financiado por la Conferencia Episcopal Francesa (CEF) y la Mutualité Saint Martin sobre la salud de los 6.400 sacerdotes diocesanos menores de 75 años que trabajan en las 105 diócesis. El último estudio se remontaba a los años 80, aunque es la primera vez que se realiza un estudio de este tipo en Francia. La participación fue notable: más del 50% respondieron (3.593), señal de que la encuesta fue considerada por los sacerdotes como un motivo de interés para los obispos[5].

La gran mayoría de los sacerdotes (70%) trabaja en la ciudad, y el resto (30%) en zonas rurales, lo que supone una carga de trabajo muy diferente. El 14% tiene una sola iglesia o capellanía a su cargo; el 40%, al menos cinco; el 20%, más de 20; el 7,5% llega a 40. La carga de trabajo media es de 9,4 horas diarias, pero el 25% de los sacerdotes tiene que recorrer 1.200 kilómetros al mes para estar presente en los distintos lugares; otro 17% hace entre 2.000 y 5.000 kilómetros. Uno de ellos confesó que no es pastor con olor a oveja, sino con olor a gasolina… Para muchos, no hay días libres. Aunque la situación no es tan dramática como en Brasil, en Francia se han producido siete suicidios de sacerdotes en cuatro años.

Pero, sobre todo, emerge una situación de aislamiento. El 54% de los sacerdotes están solos, aunque puedan tener alguna ayuda en casa o en la iglesia. El 20% presenta síntomas depresivos, frente al 15% de los que viven en una comunidad sacerdotal. El 9% padece depresión moderada, y el 3% de moderada a grave; esto hace un total de 240 sacerdotes. En dos tercios de los casos, los sacerdotes declaran participar en grupos de apoyo y recibir acompañamiento espiritual. Es grande la ayuda percibida de amigos y parientes, algo menor la de la jerarquía.

Cuando se les pregunta en general cómo se sienten, la inmensa mayoría responde «bien» o «bastante bien» (93,3%); sin embargo, el 40% siente un bajo grado de realización personal y malestar en relación con la jerarquía eclesiástica, a menudo debido a problemas de gestión; dos de cada cinco sacerdotes tienen problemas con el alcohol y el 8% son adictos. Sin embargo, lo que más preocupa a los obispos es que el 2% de sus sacerdotes sufre de forma grave de burnout: el 7% experimenta «fatiga de forma elevada» y el 76% de forma débil; sólo el 15% parece estar exento.

También en Italia se han realizado estudios sobre el malestar entre los sacerdotes. Una investigación realizada en 2005 en Padua (una de las diócesis donde hay más sacerdotes, 806 en el momento de la investigación) muestra resultados muy similares a los encontrados en Francia[6]. De las entrevistas se desprenden 2 grandes grupos (124 sacerdotes cada uno) antitéticos: para el primer grupo «todo va bien», mientras que el segundo se siente «agotado», con altos niveles de depresión, falta de implicación y escasa realización personal. Hay otras categorías, menos numerosas, pero que sienten una situación bastante similar a la de los «agotados».

La convivencia con otros sacerdotes no parece afectar a la situación. Tanto el grupo de sacerdotes satisfechos como una gran parte de los insatisfechos (58%) viven solos, y una gran parte de los que llevan un ritmo pastoral intenso conviven con otros sacerdotes. En cuanto a la edad, los grupos de mayor riesgo son los más jóvenes (menos de 30 años) y los más mayores (más de 70 años); para los primeros, quizá influya la falta de experiencia y una afectividad frágil; para los segundos, la dificultad de envejecer, de dejar destinos y roles que de alguna manera les daban identidad sacerdotal.

Un mayor grado de formación – doctorado, vida universitaria – parece proporcionar una mayor protección frente a los problemas de la vida, aumenta el interés y la curiosidad por saber. Un sentimiento de realización personal caracteriza sobre todo a quienes ejercen un ministerio centrado en la ayuda y la escucha, como los capellanes de hospital, los confesores y los asistentes de seminario.

Algunas posibles causas

Los autores de la investigación intentaron comprender las causas del malestar de los sacerdotes entrevistados. Entre ellas, destaca sobre todo el burnout, aunque la mayoría de ellos no utilizó este término y a menudo ni siquiera lo conoce. Se señalan más bien causas externas precisas (multiplicidad de compromisos, complejidad de los problemas, sentimiento de ser «funcionarios de lo sagrado», que prestan servicios asépticos a fieles indiferentes)[7].

Otros se quejan de la falta de cuidado de la vida interior y del consiguiente vacío afectivo, que les lleva a considerar el celibato como una carga. La formación recibida es otra causa de burnout: se insiste exageradamente en la ayuda a los demás y en la entrega, en detrimento del cuidado personal y de la creación de un clima de comunión y amistad en el seminario y después con los presbíteros.

Una investigación más reciente realizada por Alessandro Castegnaro, presidente del Observatorio socio-religioso de Triveneto (Osret) llega a las mismas conclusiones:

1) Un sentimiento creciente de inadecuación para afrontar los problemas actuales, debido a la falta de preparación y, sobre todo, de protección jurídica y personal (como la posibilidad de tratar con un supervisor). Más que el tiempo dedicado al ministerio, la causa del malestar está ligada en gran medida a la creciente burocratización: al número de frentes que hay que gestionar se añade su complejidad. El sacerdote se enfrenta a tareas para las que no ha sido preparado; se le exigen competencias administrativas y jurídicas que no posee. En definitiva, todo esto le convierte más en un mal gestor que en un buen pastor. Un párroco resumía así su situación: «También los padres de familia tienen que ocuparse de la caldera; ¡yo tengo siete!».

Se trata de un malestar destinado a crecer, porque los sacerdotes tienen a menudo varias parroquias que administrar, sin residir en ninguna de ellas, y a las tareas administrativas se añaden las responsabilidades canónicas, civiles y penales. De ahí la dificultad de confiar esas tareas a otros: «Delegar funciones sin delegar responsabilidades es impracticable […]. De particular importancia son los efectos que todo ello induce en la ofrenda litúrgica, y no sólo en los casos en que el sacerdote se ve ahora reducido a vivir una especie de rally eucarístico en cada fiesta. Los propios sacerdotes reconocen una escasa capacidad de comunicación y sufren por ello»[8].

2) El burnout es una de las principales consecuencias, que para el sacerdote, en comparación con otras profesiones, tiene como característica peculiar la «despersonalización», es decir, la tendencia a vivir las relaciones con las personas sin participación emocional, de forma burocrática y repetitiva: un vulnus terrible que mina profundamente su idealidad, que siempre ha estado asociada (y reconocida) a su «humanidad».

3) La soledad, especialmente entre los más jóvenes, vinculada a un sentimiento de despersonalización. De hecho, no se trata tanto de una soledad social o familiar, sino de una soledad «ministerial, eclesial», es decir, pobre en relaciones, especialmente con los fieles, acentuada por el hecho de que nunca se ha vivido la fraternidad presbiteral: «El presbiterio en particular, más allá de un barniz superficial de camaradería, no parece ser un ambiente capaz de activar relaciones humanamente ricas. Surge, pues, un problema que afecta directamente a las relaciones humanas en la Iglesia […]. El presbiterio no forma equipo, el “yo” prevalece sobre el “nosotros”. Faltan funciones de supervisión pastoral y oportunidades para desarrollar un trabajo pastoral de laboratorio, que permita establecer comparaciones con las experiencias de los hermanos. Y así cada uno se queda solo con sus propios problemas»[9].

Esta situación desencadena un peligroso círculo vicioso: el burnout acentúa la autopercepción negativa del sacerdote y hace que esta opción de vida sea cada vez menos atractiva para un joven; la disminución de las vocaciones obliga, a su vez, al sacerdote a una carga de trabajo cada vez más pesada, que amenaza con abrumarle. Su primer pensamiento se convierte en cómo sobrevivir a todo esto, seleccionando frentes, dejando algunos sin cumplir o viviendo en un perpetuo estado de emergencia.

¿Solos por elección?

Las investigaciones indican que el síndrome casi nunca llega de manera inesperada. Sin embargo, a pesar de necesitar ayuda, una gran parte de los sacerdotes parecen reacios a pedirla y recibirla, convenciéndose de que deben darse a sí mismos la solución a su malestar.

Los entrevistados señalan en particular que nunca han cultivado una verdadera amistad fraternal con otros sacerdotes[10]; otros prefieren estar solos antes que en compañía de otros sacerdotes[11], principalmente por miedo a sentirse juzgados[12]. La soledad se convierte así en una forma de protección de la propia intimidad.

Uno se pregunta si un cierto modo de formación, que lleva a pensar en el ministerio sacerdotal como una aventura que hay que llevar a cabo en solitario, puede contribuir también a esta situación. Se suele pensar que el sacerdote diocesano vive solo: la vida común es propia de los años de seminario. De ahí la tendencia a vivirlos como un paréntesis artificial, muy distinto de la vida «real» que le esperará después de la ordenación, y a considerar así a los demás seminaristas como compañeros de un viaje momentáneo y de los cuales que se separará una vez llegue a su destino.

Enrico Brancozzi, un rector de seminario, reconoce en su investigación esta tendencia resumida en la significativa, y comúnmente utilizada, expresión «hacerse sacerdote», una especie de autoproclamación que la Iglesia está ciertamente llamada a valorar, pero que corre el riesgo de separar al sacerdote de la comunidad cristiana, llevando a esa soledad ministerial que está en la raíz del malestar revelado por la investigación[13].

Monseñor Erio Castellucci, vicepresidente para el norte de Italia de la Conferencia Episcopal Italiana, al presentar el estudio del padre Enrico Brancozzi, señala otras razones que pueden llevar al sacerdote a presentarse como un «yo» y no como un «nosotros» eclesial. Entre ellas, señala sobre todo la visión sagrada del sacerdote, más que de un pecador perdonado – podría añadirse – , indignamente llamado a este gran don y, por tanto, necesitado más que otros del apoyo de la comunidad: «Aunque el Vaticano II – al relanzar el sacerdocio bautismal – ya había dejado de lado las categorías del sacerdote como mediator Dei et hominum o sacerdos alter Christus, no han faltado recuperaciones de esta visión sagrada en el período posterior al Concilio, y no faltan todavía hoy»[14].

Todo esto impide al futuro presbítero expresar su verdad de hombre, su afectividad, su fragilidad, las heridas del pasado, los temores del ministerio y, sobre todo, el deseo de entablar amistad con sus compañeros de viaje.

¿Un problema estructural?

La cuestión sigue siendo si la institución está fomentando de algún modo esta tendencia, aunque sea involuntariamente. En ese caso, el malestar del sacerdote debería verse como un problema que no es meramente personal, sino estructural, que requiere cambios estructurales[15].

Esta es una lección que también procede de las ciencias humanas. Las consecuencias del trauma dependen en gran medida de cómo lo lea la persona, de sus puntos de referencia y, sobre todo, de si lo hace sola o si tiene a alguien a su lado que pueda ayudarle. Sentirse parte de una comunidad es una de sus principales formas de protección: «Los factores culturales, y en particular el sistema de significados predominante, tienen una influencia crucial en la forma de afrontar el sufrimiento […]. El trauma psicológico es diferente del trauma físico: los individuos no registran pasivamente el impacto de una fuerza externa, sino que se implican activamente, buscando una solución». En cambio, una vida solitaria, sobreprotegida pero carente de vínculos fuertes y profundos es mucho más perjudicial para la salud[16].

Muchas empresas y multinacionales se han dado cuenta de ello y hace tiempo que han puesto en marcha iniciativas para hacer frente a la angustia de sus empleados, que culmina en el agotamiento, la depresión y el suicidio: en otras palabras, han comprendido la profunda unidad que existe entre calidad de vida, serenidad personal y calidad del trabajo[17].

Abordar el problema también dentro de la Iglesia es un deber, no sólo porque lo exige la caridad evangélica, sino también por la razón misma de la opción emprendida, llamada a anunciar con la propia vida un mensaje de salvación.

Algunas propuestas

Sin desmerecer en absoluto a los que viven su ministerio con satisfacción y fruición, hay que prestar una atención especial a los que viven en la angustia y no parecen encontrar una salida. San Pablo recuerda que «si un miembro sufre, todos los demás sufren con él» (1 Cor 12,26). La fraternidad no es una fórmula para gestionar las urgencias, una cura para el malestar, sino el modo ordinario en que uno está llamado a responder a la llamada del Señor.

Hablar de cambios estructurales no significa, sin embargo, excluir la libertad y la responsabilidad de cada uno. Los documentos del Magisterio insisten justamente en que el primer responsable de la formación es el propio candidato. Con mayor razón, esto se aplica al presbítero[18]. Sin dejar de estimular la necesidad de constatar el sufrimiento de quienes están cerca, no se olvida que se trata de personas adultas, llamadas a hacerse responsables del bien de los demás.

Pasando a algunas propuestas, la Conferencia Episcopal Francesa, tras examinar los resultados de la encuesta, planteó como hipótesis posibles vías de intervención y, sobre todo, de prevención: la lucha contra la soledad de los sacerdotes centrándose en la calidad de la vivienda; la creación en cada diócesis de un polo para ayudarles a vivir su ministerio de forma saludable (un centro sociosanitario para sacerdotes en activo), donde también habría personas competentes para tratar cuestiones económicas, jurídicas y administrativas; la creación de la figura de supervisores pastorales y mediadores a los que los sacerdotes podrían dirigirse en caso de dificultades.

Ya el Comunicado Final de la 69ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana de 2016, hablando de la fraternidad sacerdotal, había recomendado la importancia de los «facilitadores» de las relaciones y de la comunión[19]. Sería importante verificar qué seguimiento y aplicación ha tenido esta invitación en las distintas diócesis.

Un ejemplo interesante de cambio estructural es el iniciado recientemente por monseñor Delpini, en relación con la reconfiguración de la vida comunitaria de los seminaristas en la diócesis de Milán: esta iniciativa prevé la estadía prolongada en una parroquia, junto con otros seminaristas (de tres a cinco), y con la presencia de las familias[20]. El objetivo es favorecer la fraternidad, la comparación con otras vocaciones, la dimensión doméstica y, en particular, la presencia de figuras femeninas en la formación, algo ya recomendado por Pastores dabo vobis y reiterado por la nouva ratio.

En los casos más difíciles, se puede pensar en un período de desconexión, que se pase en un contexto más protegido, manteniendo siempre la posibilidad de relacionarse con los responsables de la diócesis, para no dejar al sacerdote simplemente confiado a otros.

A nivel de formación permanente

La encuesta sobre los seminarios realizada por Luca Bressan, muestra cómo éstos se han convertido cada vez menos en una preparación para el sacerdocio, para volverse más bien en un largo momento de verificación vocacional, y no pocas veces del propio itinerario de fe; los problemas y las tareas del ministerio se delegan, así, al tiempo que sigue a la ordenación.

De ahí la importancia de la formación permanente[21]. En Italia han surgido asociaciones con el objetivo de ofrecer ayuda para iniciar un chequeo de la salud de los sacerdotes y de sus diócesis. Una de ellas es el Centro Studi Missione Emmaus, cuyo objetivo es «asistir y apoyar a los responsables de una diócesis o comunidad religiosa, sin sustituirlos, pero facilitando y desarrollando sinergias que potencien los recursos con que cuentan»[22]. Una vez tomadas en consideración las principales problemáticas diocesanas o interdiocesanas, se propone un itinerario marcado por etapas progresivas.

Por ejemplo, un encuentro anual de algunos días (quizás pensado para dos grupos, de modo que permita la sustitución en las misas) en un lugar bonito y en una estructura agradable podría ser un buen comienzo para recuperar el gusto por estar juntos y por un intercambio más verdadero y fraterno. En este contexto, presentar episodios de la actualidad y comentarlos con la ayuda de personas competentes, capaces también de ofrecer posibles ayudas para la cura personalis, constituye ya una manera de afrontar el problema y de retomar con calma el hilo de la propia vida y del propio ministerio. Cuando estas propuestas se han puesto en práctica, los resultados parecen haber sido alentadores[23].

Otra ayuda que siempre se ha recomendado en la historia de la Iglesia es el acompañamiento espiritual, la reinterpretación de la propia vida de fe llevada a cabo con la ayuda de una persona sabia y de confianza. En tiempos de crisis, esta figura es particularmente valiosa: en tales ocasiones, existe un gran riesgo de identificarse a sí mismo y al ministerio con el propio problema, dejando de percibir otros aspectos, igualmente presentes, que pueden dar un peso diferente y más realista a lo que está sucediendo. Sin espiritualizar el problema, pero también sin cargarlo de significados mayores que se nutren de la propia historia personal.

Sin embargo, sigue siendo indispensable, a la luz de lo dicho hasta ahora, que el tema de la fragilidad sea tratado en la formación, y en la formación permanente, aprovechando también la aportación de las ciencias humanas, cuya importancia ha sido reafirmada repetidamente por el Magisterio, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. No es casualidad que la primera tentación sea precisamente acerca de la fragilidad, considerada una maldición que hay que eliminar y no el canal privilegiado de la gracia de Dios. Henri Nouwen aclaró este punto fundamental de la experiencia bíblica introduciendo el término «sanador herido», es decir, aquel que puede sanar, como el crucificado, a través de sus propias heridas, que ha asumido sin negarlas[24].

La fragilidad aceptada permite vivir relaciones verdaderas, bajo el signo de la misericordia y la compasión hacia las fragilidades de los demás. Contrariamente a una visión idealizada de la sacralidad y la perfección, es la fragilidad la que nos hace semejantes a un Dios que es Padre amoroso, y que en Jesús ha querido compartirlo plenamente. Es esto lo que hace creíble el ministerio sacerdotal.

 

  1. Francisco, Discurso a la curia romana con motivo de las celebraciones navideñas, 21 de diciembre de 2019. 
  2. Véanse los estudios de G. Gigerenzer, Perché l’intelligenza umana batte ancora gli algoritmi, Milán, Raffaello Cortina, 2023, 298-310. Cfr Sh. Turkle, Insieme ma soli. Perché ci aspettiamo sempre più dalla tecnologia e sempre meno dagli altri, Turín, Einaudi, 2019. 
  3. Cfr. F. Vêneto, «Suicidio di sacerdoti in Brasile: cosa sta accadendo?», en Aleteia (https://tinyurl.com/2dcjdw7k), 23 febbraio 2022. 
  4. Ibid. Cfr. «Religiosos estão entre os mais estressados», en Revista Veja, 4 de junio de 2008. 
  5. Cfr. Conseil Permanent de la Conférence des Évêques de France, Étude sur la santé des prêtres (https://tinyurl.com/3b2a59ju). 
  6. Cfr. P. Barzon – M. Caltabiano – G. Ronzoni, «Il burnout tra i preti di una diocesi italiana», en Orientamenti pedagogici 53 (2006) 313-335; G. Ronzoni (ed.), Ardere, non bruciarsi. Studio sul «burnout» tra il clero diocesano, Pádua, Emp, 2008; G. Mucci, «Il “burnout” tra i preti», en Civ. Catt. 2007 III 473-479. 
  7. Christina Maslach y Michael Leiter, en su investigación, destacaron seis aspectos que pueden conducir al Burnout: 1) sobrecarga de trabajo; 2) falta de control sobre el mismo; 3) gratificación insuficiente; 4) pérdida del sentido de comunidad; 5) percepción de falta de equidad en el trato recibido; y 6) percepción de conflicto entre los valores propios y los de la organización. Cfr. C. Maslach – M. P. Leiter, The Truth About Burnout, San Francisco, CA, Jossey-Bass, 1997; Idd., Preventing burnout and building engagement: A complete program for organizational renewal, ibid, 2000; Idd., Banishing burnout: six strategies for improving your relationship with work, ibid, 2005. Para los encuestados, las causas más importantes parecen ser la cuarta, la primera y la sexta. 
  8. A. Castegnaro, «Fare il prete: disagio e trasformazione», en Il Regno – Attualità, n. 12, 2010, 416. 
  9. Ibid, 417. Cfr. Id. (ed.), Preti del nordest. Condizioni di vita e problemi di pastorale, Venecia, Marcianum, 2006, 33-49. 
  10. Cfr. N. Dal Molin, «Editoriale», en Presbyteri, n. 10, 2020, 723-729. El número está dedicado a la fraternidad y amistad en la vida de los sacerdotes. 
  11. «Recuerdo mi sorpresa ante los preocupantes datos de la investigación realizada hace unos años por FIAS (Federación Italiana de Asistencia Sacerdotal) sobre la soledad de los sacerdotes, de la que a menudo se entonan grandes (auto)quejas. La sorpresa venía determinada no tanto por la magnitud del fenómeno, que era más o menos previsible, como por la evidencia, que se desprendía de muchos testimonios, de que la soledad era en gran parte deseada y preferida a la compañía de otros sacerdotes» (A. Cencini, «La solitudine del prete oggi: verso l’isolamento o verso la comunione?», en AA.VV., Il prete e la solitudine: ne vogliamo uscire?, Actas del congreso FIAS, Rocca di Papa, junio 1989, 62). 
  12. «Un aspecto que siempre me ha llamado la atención es que los sacerdotes, con respecto a sus propios hermanos, se plantean de una manera fuertemente sentenciosa. La situación más común es, por tanto, el miedo a ser juzgado. Hablar es ser juzgado. Lo que uno hace es visto por los demás. Hacer cambios en la propia vida, por ejemplo para sentirse mejor, es difícil precisamente por este miedo» (A. Castegnaro, «Fare il prete: disagio e trasformazione», cit., 417). 
  13. «Cuando un joven entra en el seminario, acaba saliendo del círculo de la parroquia, del oratorio, del asociacionismo, del voluntariado y de todo ese horizonte previo que le generó en la fe y le educó para el servicio […]. El resultado es que el candidato es confiado a “técnicos” que evaluarán su idoneidad de un modo totalmente desvinculado del contexto eclesial del que procede ese joven sacerdote y al que está destinado» (E. Brancozzi, Rifare i preti. Come ripensare i Seminari, Bolonia, EDB, 2021, 122). 
  14. R. Cetera, «A colloquio con l’arcivescovo Erio Castellucci sul tema della formazione presbiterale. Rifare i preti?», en L’Osservatore Romano, 5 de octubre de 2021. Esta opinión es compartida por el psicólogo William Pereira, autor del libro Sofrimento Psíquico dos Presbíteros. Para Pereira, «el grado de exigencia de la Iglesia es muy grande. Como mínimo, se espera que el sacerdote sea un modelo de virtud y santidad. Cualquier desliz, por pequeño que sea, se convierte en motivo de crítica y juicio. Por miedo, culpa o vergüenza, muchos prefieren suicidarse a pedir ayuda» (https://it.aleteia.org/2017/05/31/depressione-suicidio-colpiscono-sacerdoti). 
  15. Cfr. E. Parolari – A. Manenti, «Disagio dei preti e coscienza ecclesiale: è ora di voltare pagina», en Tredimensioni 13 (2016) 54-66; E. Brancozzi, Rifare i preti…, cit., 108-120. 
  16. Cfr. F. Furedi, Il nuovo conformismo. Troppa psicologia nella vita quotidiana, Milán, Feltrinelli, 2005, 158. Anna Oliverio Ferraris señala: «Los solitarios corren el riesgo de ser más vulnerables […]. Un estilo sobreprotector no suele favorecer la resiliencia porque no permite medirse con las dificultades y el dolor y encontrar soluciones de forma autónoma» (A. Oliverio Ferraris, «Resilienti. La forza è con loro», en Psicologia contemporanea, n. 180, nov-dic. 2003, 6). Cfr. G. Cucci, «Il capitale sociale. Una risorsa indispensabile per la qualità della vita», en Civ. Catt. 2019 I 417-430. 
  17. Cfr E. Finger – R. Jungbluth – S. Rückert, «Culto aziendale», en Internazionale, 23 de mayo de 2014, 52-56. 
  18. «Cada seminarista […] es protagonista de su propia formación y está llamado a un camino de crecimiento constante en el ámbito humano, espiritual, intelectual y pastoral, teniendo en cuenta su propia historia personal y familiar» (Congregazione per il Clero, Il dono della vocazione presbiterale. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 8 de diciembre de 2016, nn. 53 e 130); «El principal responsable de la propia formación permanente es el presbítero mismo (ibid., n. 82; Juan Pablo II, s., Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis, 25 de marzo de 1992, n. 79). 
  19. Cfr. Conferenza Episcopale Italiana, 69a Assemblea generale (Roma 16-19 maggio 2016). Comunicato finale (https://tinyurl.com/493hpppk). 
  20. Cfr. https://www.chiesadimilano.it/news/chiesa-diocesi/seminario-come-cambia-la-vita-della-comunita-1774734.html 
  21. Cfr L. Bressan, «Seminaristi del nuovo millennio, preti per il nuovo millennio», en Credere oggi, n. 168, nov./dic. 2008; A. Cencini, La formazione permanente nella vita quotidiana, Bolonia, EDB, 2017; D. Donei, «Il prete “esposto”. Riflessioni sulla formazione permanente del clero», en Tredimensioni 15 (2018) 76-86. 
  22. «De hecho, el método Emaús pretende provocar un cambio paradigmático más que programático: renovar a partir de una experiencia de discernimiento que nace dentro de la experimentación y la praxis para convertirse en una experiencia eclesial de comunión y traducirse en un impulso misionero generador. Sólo así es posible poner en marcha procesos de cambio profundos y creativos, y no limitarse a acciones funcionales, adaptativas, a corto plazo. Sólo así es posible redefinir nuevos mapas y equipos para orientar e implementar la acción pastoral hoy. Se proponen: 1) Acompañamiento en la redefinición de la curia y de los centros pastorales, intervenciones formativas para las oficinas diocesanas; 2) Asesoramiento a Obispos, Vicarios y Responsables en la redefinición de los horizontes o líneas de acción pastorales diocesanas; 3) Formación del clero y de los seminaristas; 4) Formación de formadores” (https://www.missioneemmaus.com). 
  23. «Es increíble cómo compartir lo que es central en nuestras vidas (es decir, la fe y Dios), es decir, la narratio fidei, puede elevar el tono y la calidad de nuestras fraternidades sacerdotales; contarnos nuestras pequeñas historias como creyentes nos hace redescubrirnos hermanos y apreciar el camino de cada uno. Esto es lo que nos dicen los grupos de sacerdotes que realizan sistemáticamente esta experiencia» (A. Cencini, La verità della vita. La formazione continua della mente credente, Bolonia, EDB, 2008, 487 s). Cfr. S. Guarinelli, «Racconto, relazione, rappresentazione», en Teologia 3 (2003) 335-368; D. Pavone, «Il “noi presbiterale” a servizio della Chiesa. Dinamiche di comunione e collaborazione tra preti», en La Rivista del Clero italiano 98 (2017) 696-716. 
  24. Cfr H. Nouwen, Il guaritore ferito. Il ministero nella società contemporanea, Brescia, Queriniana, 2010. 
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