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LA PARTICIPACIÓN EN ACTIVIDADES DE FORMACIÓN PERMANENTE

Vivir la vida y el ministerio sacerdotal de manera plena y satisfactoria es todo lo que un sacerdote desea. Pero el vivir es algo que se debe aprender y en lo que se ha de crecer permanentemente. Vivir como sacerdote es algo que comenzamos a aprender en el seminario, mediante la formación inicial; pero es algo que debemos seguir aprendiendo y en lo que crecemos de manera ininterrumpida mediante la formación permanente. Por ello, la formación permanente en el ministerio sacerdotal no es una especie de posibilidad o buena recomendación, sino una necesidad fundamental. Esto lo comprendemos fácilmente reconociendo que el ser humano se mueve desde que nace hasta que muere en un proceso permanente de crecimiento y maduración en vistas a dar lo mejor de sí a los demás; también es evidente que la sociedad humana cambia, evoluciona, progresa, lo cual exige de todas las personas -si no quieren empezar ha sentirse en un mundo extraño e incomprensible- caminar al ritmo de la sociedad, actualizándose convenientemente para asumir criterios con los cuales poder aportar positivamente a un desarrollo verdaderamente humano.

La formación permanente nos ofrece los espacios que necesitamos para aprender y crecer integralmente. Participar en formación permanente implica poder recibir lo que necesitamos y aprender a dar todo lo que podemos. Si cada uno va enriqueciéndose humana, espiritual, intelectual y pastoralmente se va animando a compartir y enriquecer a los hermanos. En ese sentido podemos hacer concreto y evidente lo que nos pide el Señor “amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34ss).

Ahora, la manera concreta y práctica de participar personalmente en la formación permanente es aprovechando de manera entusiasta lo que la propia diócesis nos ofrece: retiros espirituales, cursos de actualización del clero, fiestas sacerdotales, reuniones vicariales o de decanato, otros medios o iniciativas que nos proponen. Si sabemos aprovechar estos medios con la debida seriedad y dándoles la importancia que se merecen, si procuramos, además, tener la mentalidad de ir no solo a recibir sino también a dar, podremos experimentar una verdadera renovación. Si además de estos medios nos animamos a dar un paso adelante y participar de un grupo sacerdotal, sea un grupo de amistad o grupo de vida y ayuda donde compartamos con otros sacerdotes momentos de oración, estudio, compartir fraterno, apoyo pastoral, entonces contaremos con un espacio extraordinario y singularísimo de formación permanente, para un aprovechamiento personal y comunitario efectivo. ¡Hagámoslo!

José Humberto

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