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Misericordia

“El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en Él confia; de Él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias”. (Salmo 28,7)
Dios ha sido grande y bueno conmigo gracias a la generosidad de su excelencia.

Al salir de esta casa sacerdotal, quiero agradecer a usted por haberme permitido vivir esta experiencia de renovación sacerdotal en el programa EMAUS de nuestro Instituto de Pastoral del Clero.

Mi experiencia de renovación me deja como legrado el deseo de trabajar con más responsabilidad todas las dimensiones de mi vida sacerdotal, las indicaciones que me han dado los sacerdotes formadores y las recomendaciones del psicólogo.

Es un trabajo de toda la vida, con la oración y la vigilancia como nos lo dice el Señor en el Evangelio según San Mateo (26, 41-46).

Gracias porque todas las personas que laboran en este hogar sacerdotal, formadores, religiosas, psicólogos, me han acompañado en estos meses con su amistad, cercanía y colaboración. Nuestro vivir es convivir, y hoy siento que el rio de mi vida se ha llenado con muchos afluentes. En el momento en que me paro a contar sus aguas, volviéndome a la fuente, que es Dios, los recuerdo con agradecimiento. Con ustedes quiero seguir, desde la distancia, proclamando su nombre Santo, celebrar su fidelidad y prometerle permanecer siempre fiel en su servicio durante los años de vida que quiera regalarme.

Con la gracia de Dios, en medio de mi fragilidad, siguiendo las indicaciones que se me hacen en el informe, como San Pedro, sigo escuchando el llamado que Él me hace de seguirle y quiero que esta nueva etapa de mi vida sea como la de Pedro, una confesión de amor.

En las manos amorosas de Dios lo pongo todo, con las luces y sombras, para lanzarme a lo que Él me pone por delante, sostenido por el gozo de que me ha llamado por mi nombre para servirle en su Iglesia como cristiano, como sacerdote, pues nada hay comparable a la alegria de gastar la vida en el servicio de Cristo y de su Iglesia.

Suplico a Dios que siga bendiciendo esta casa Sacerdotal. Aunque me ausente fisicamente, estaré espiritualmente muy cerca de este hogar. Procuraré venir con frecuencia para seguir siendo acompañado por nuestro Instituto y sobre todo le suplico a usted Excelencia que no me abandone en sus oraciones.

Todos los días, bien temprano, nos encontraremos en la oración, en el corazón de Dios. Le ofrezco mis humildes oraciones para que la gran labor que usted realiza y nuestro Instituto, continúe haciendo mucho bien en la Iglesia y asi podamos glorificar, bendecir y alabar a Dios mientras peregrinamos en esta vida y luego en la patria del cielo cantemos eternamente las misericordias del Señor.

Que la siempre Virgen Santa Maria, Madre de Dios y Madre nuestra y todos los Santos del cielo sigan intercediendo por nosotros.

Con afecto y gratitud.

P. Alcides.

Participande del Programa EMAÚS

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