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OFREZCAMOS SIEMPRE PAN FRESCO

No hay nada más satisfactorio que entrar en una panadería y encontrar pan fresco. Pero esto implica para el panadero levantarse todos los días temprano y empezar la faena de preparar la masa con minucioso calculo, delicadeza y destreza; y luego hornear la hogaza hasta alcanzar el punto exacto. Es un arte del cual casi todas las personas nos favorecemos y satisfacemos. Pero también es verdad que cuando no encontramos pan fresco en la panadería, pensamos dos veces si valdría la pena llevar pan o mejor llevar galletas o ir a otra panadería. Si tenemos un panadero que quiere tener satisfecha a su clientela se esforzará a diario por ofrecerles pan fresco. El sacerdote es un panadero, llamado a ofrecer el pan fresco de la Palabra de Dios todos los días. Pero al igual que un panadero artesanal, necesita esforzarse diariamente en la faena desde muy temprano. Siempre con la ilusión de que lo que ofrecerá dará satisfacción a los que vienen todos los días hambrientos y con el deseo de encontrar el pan delicioso del mensaje salvífico. Este pan de la Palabra divina debe ser preparado día tras día con lectura, estudio, reflexión, oración. Además, necesitamos de un ayudante indispensable que le dé toda su esencia y sabor al pan divino, éste ayudante es el Espíritu Santo. Cuando se cumple esta tarea con exquisita caridad y diligencia el fruto es la alegría, edificación y crecimiento de quienes lo reciben. A veces escuchamos comentarios de personas que dicen “me gusta ir a esa parroquia porque hay un sacerdote que predica con mucha unción”. Cuando escuchamos esto, nos ponemos muy contentos y ese comentario nos estimula a esforzarnos por preparar mejor nuestras homilías, dándonos cuenta lo importante que es para las personas escuchar el mensaje y conocer cada vez más a fondo la verdad. Si, el hambre de la verdad es muy grande, y nuestra tarea es desvelar cada vez con mayor experticia la verdad que salva a los hombres “Jesucristo”.

Vale la pena recordar algunos aspectos de la homilía con el fin de favorecer nuestra espiritualidad propia sacerdotal y afianzarnos en una de nuestras tareas más importantes.

La homilía es una conversación familiar que tiene como finalidad: explicar la Palabra de Dios proclamada en la celebración; aplicar la Palabra a la vida personal y comunitaria y hacer puente entre le mensaje de la Palabra y la celebración litúrgica que se realiza. El fin de la proclamación de la Palabra no es otro que llevar a todos a la santidad y a descubrir y abrazar su compromiso cristiano. Según lo anterior, podemos decir que una homilía es buena sí ayudó a comprender el mensaje central de la Palabra de Dios; será magnífica si nos ha movido a dar pasos para aplicar la Palabra a la vida personal y comunitaria; será óptima sino nos ayuda a vivir mejor la liturgia que estamos celebrando. Animémonos a ser los mejores panaderos y ofrezcamos pan fresco. Después de todo, siempre hay la posibilidad de hacer las cosas cada vez mejor ¡hagámoslo!

P. José Humberto

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