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REGALOS DE DIOS

“Solo Dios perdona nuestros pecados. Pero, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a nosotros sacerdotes para que lo ejerzamos en su nombre”; manifestando su misericordia infinita y su máximo amor hacia todos.

 Queridos hermanos, ya llevamos una semana de esta cuaresma 2.024; estoy seguro que muchos de nosotros tanto laicos como consagrados hicimos muchos propósitos con el fin de agradar a Dios en este camino de preparación para la Pascua, partiendo de estas tres prácticas como lo son el ayuno, la oración y las obras de misericordia.

 Dios a cada uno de nosotros nos ha dado maravillosos regalos a lo largo de nuestra vida; la vida misma, la familia;  donde nos enseñaron a cultivar el don de la fe, los amigos, etc. Pero considero que uno de los más grandes regalos de Dios para nosotros ha sido el sacramento de la reconciliación, que nos permite acercarnos a la salvación y tener la esperanza de poder llegar un día a la Patria Celestial y encontrarnos con Dios Padre que tanto nos ama y nos espera cada día con los brazos abiertos hasta que retornemos a ÉL.   

 Si bien es cierto que el bautismo, como don del Espíritu Santo y sacramento, nos ha hecho santos e inmaculados ante Él, este no suprime nuestra fragilidad humana por naturaleza. Por tanto, nuestras constantes fallas son prueba misma del combate mundano el que, ayudados por la gracia de Dios, buscamos triunfar para alcanzar la Santidad y la vida eterna a la que Él no cesa de llamarnos (CIC 1426).

 La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de los que se siente culpable, asume responsabilidad por ellos, y se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro. Los efectos del sacramento son muchos. Entre ellos podemos reconocer que:

 1. Es una lección de humildad 

El sentirnos imperfectos nos hace reconocer la perfección de Dios. Es bien sabido que dar el paso a la confesión es una gracia y requiere humildad. Quien se confiesa ha tenido el valor de reconocer su pecado y humillarse. Eso es admirable.

2. Nos permite acercarnos a Dios 

¿Recuerdas la Parábola del Hijo pródigo? El Padre recibiendo con gran amor al hijo, aun cuando este se había perdido en las múltiples riquezas que su mismo padre le había dado. El hijo, vuelve con un arrepentimiento profundo y el padre lo  espera, con los brazos abiertos y una gran fiesta. Así es como me imagino a Dios siempre que volvemos a Él.

 3. Refuerza nuestra fe

Nuestra fe se pone a prueba en cada confesión. A nosotros sacerdotes se nos ha delegado la misión de ayudar a la santificación del pueblo. No es una tarea fácil. Por tanto, debemos tener fe en que el Sacerdote que está sentado en el confesionario es el eslabón que nos une a Cristo; porque justamente es así. A través de él, es Cristo mismo quien nos está perdonando.

 4. La satisfacción de volver 

La confesión es un acto de liberación. Los pecados confesados en pleno razonamiento son olvidados. Borrón y cuenta nueva.

5. Nos ayuda a ser santos 

Por medio de la confesión, Dios nos da la gracia para luchar por las cosas en que nos confesamos: Dios no solo nos perdona, sino que se compromete a ayudarnos a superar las dificultades en nuestra vida. Así, la confesión frecuente se convierte en un “arma indispensable en el camino de la santidad”. Además, recibir la misericordia de Dios, también nos impulsa a ser misericordiosos con los demás.

Si nuestro arrepentimiento es sincero, entonces el deseo de cambiar también lo será. Recuerda que es por medio de este sacramento que Dios derrama su misericordia en los corazones arrepentidos. Este es, sin duda, el remedio más profundo, más completo y purificador para todo ser humano; EL REGALO MÁS GRANDE QUE DIOS NOS HA DADO. San Juan María Vianney decía que “no es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. Es un abrazo de bienvenida a Su Casa. La necesidad de sentirse en paz con Dios, con uno mismo y con los demás, es innata.

También queridos hermanos, no olvidemos que  somos regalo de Dios unos para otros, en la medida en que anunciamos su Palabra y lo damos a conocer con nuestro testimonio de vida y servicio a los hermanos.

 Es pues una invitación para que seamos los primeros en disfrutar de este regalo de la misericordia., ¡ÁNIMO!.

Padre Carlos Alberto Castaño Arango

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