La convocatoria del Papa Francisco para celebrar juntos el jubileo de la esperanza tiene un significado especial para los sacerdotes, ya que es una oportunidad para expresar una de las dimensiones sustanciales de nuestra vocación y ministerio: ser testigos de la esperanza.
En efecto, el ejercicio de nuestro ministerio es una anticipación de lo que en plenitud aguardamos, la plena manifestación de la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. Aguardar, esperar, en sentido cristiano no es permanecer pasivo frente a una realidad inesperada que nos llega sin que estemos implicados. El cristiano construye lo que espera; por eso si bien la esperanza es un don de Dios también es la actitud comprometida del creyente que no se pasa dando golpes al viento sino que, aunque siembra entre lágrimas cosecha entre cantares.
La esperanza cristiana no es una narrativa ideológica que expresa las ilusiones humanas ni tampoco una afirmación emocional de un estado mental de optimismo. Ni ilusión ni optimismo, ¡esperanza!. Aquí es donde encuentra sentido la invitación del papa cuando además de llamarnos testigos de la esperanza nos llama a ser peregrinos de la esperanza.
El momento histórico, el contexto cultural, las condiciones sociales y las disposiciones personales son el escenario adecuado para que los sacerdotes, testigos y peregrinos, le demos al ministerio la dimensión evangelizadora desde la perspectiva de la esperanza, haciendo que cada gesto, cada palabra, cada acción se realice como un germen de la esperanza que no defrauda.
Padre Darío







