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  • Jesús no revela cuando será la consumación y restauración final del mundo. Solo pide a sus discípulos que sean sus testigos mientras se cumpla el designio del Padre. Con todo, Jesús los anima y consuela diciéndoles que les enviará el Espíritu Santo con su fuerza, para que ellos participen como agentes activos en la restauración (Hch 1-11).
  • El Padre “ha puesto todo bajo sus pies”, es decir, el poder de Cristo es igual al del Padre sobre todo lo creado. Sin embargo, la Iglesia ha recibido a Cristo como Cabeza, es decir, no solo como aquel que tiene poder sobre Ella, sino como aquel que la ha unido a sí mismo, para hacerla participe de su misma gloria y, así, consiga la plenitud humana en unión perfecta con la divinidad (Ef 1,17-23).
  • “El Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Estas palabras resaltan que la Ascensión de Cristo al cielo es una realidad divina, no humana. Que no se trata de pasar de un lugar a otro, sino de que la naturaleza humana de Cristo ha sido exaltada a su grado máximo y que goza – en igualdad con el Padre- de bienes divinos, de los cuales no goza ninguna otra creatura ni en los cielos ni en la tierra (Mc 16,25-20).
  • Todos los domingos en la eucaristía recitamos en el credo “…subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre…” con ello excitamos nuestra fe, que tiene por objeto lo que no se ve. No hemos visto la resurrección ni la ascensión de Cristo al cielo. Ni lo vemos sentado a la derecha del Padre. Pero recordamos y confesamos el testimonio que hemos recibido de los apóstoles, porque queremos participar de los bienes que Jesús ha prometido y por los que los apóstoles entregaron sus propias vidas.
  • CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión.
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