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  • “Galileos, ¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Esta expresión de los dos hombres vestidos de blanco a los apóstoles nos permite entender que la vida apostólica se debe desenvolver entre la contemplación y la predicación. Sin querer convertir la contemplación en un cómodo refugio o complacencia, sino en el contenido que es preciso y urgente llevar a los hombres para que crean (Hch 1, 1-11).
  • El Apóstol Pablo nos invita a considerar la suerte e Jesús y, en ella, nuestra propia suerte. El Padre desplegó en Cristo su fuerza poderosa, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo. Nosotros hechos miembros de Cristo ya estamos resucitados y sentados con Él la derecha del Padre en fe y esperanza. Cristo es la cabeza de la Iglesia, nuestra cabeza. Por ello, a Él nos sometemos en todo, y así, todos procuramos mediante la obediencia a Él, el bien de todo el cuerpo y la armonía salutífera (Ef 1, 17-23).
  • Encontramos en este pasaje, por un lado, el último encargo de Jesús “Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas…y enseñándoles”; La última promesa “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”; y la última convicción “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 16-20). Con ello, todos los discípulos de Jesús tenemos la misma tarea, animados por la misma promesa y acompañados por el poder de Aquél que todo lo puede.
  • De la misma manera que los apóstoles regresaron a Jerusalén llenos de alegría después de la Ascensión de Jesús al cielo. Nosotros, los bautizados, después de cada eucaristía salimos alegres con aquella presencia misteriosa de Cristo resucitado, que, aunque ya en el cielo a derecha del Padre, sigue viniendo sacramentalmente por obra del Espíritu Santo, cumpliendo así su promesa “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
  • CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión.
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