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Marcos 1, 12-15: EL CAMINO DE JESÚS Y DEL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA (I) De las aguas del Bautismo a la arena combativa del desierto.

Primer domingo de cuaresma, ciclo B.

Marcos 1, 12-15: EL CAMINO DE JESÚS Y DEL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA (I) De las aguas del Bautismo a la arena combativa del desierto.

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»”

1) Nos es muy difícil en el mundo moderno en el cual vivimos entrar en el desierto porque el desierto es paradigma de: silencio, soledad, quietud, escucha y desapego de todo lo creado. No, en este mundo lleno de ruido, de velocidad, ajetreo, prisas y estrés, no tenemos tiempo para nada, ni para Dios ni para nosotros mismos. Pero Jesús se “zambulle” en el desierto con decisión y nos invita a que hagamos lo mismo nosotros.  Nos dice el Papa Benedicto XVI: En Tierra Santa, al oeste del río Jordán y del oasis de Jericó, se encuentra el desierto de Judea, que, por valles pedregosos, superando un desnivel de cerca de mil metros, sube hasta Jerusalén. Después de recibir el bautismo de Juan, Jesús se adentró en aquella soledad conducido por el mismo Espíritu Santo que se había posado sobre él consagrándolo y revelándolo como Hijo de Dios. En el desierto, lugar de la prueba, como muestra la experiencia del pueblo de Israel, aparece con intenso dramatismo la realidad de la kénosis, del vaciamiento de Cristo, que se despojó de la forma de Dios (Flp 2, 6-7). Él, que no ha pecado y no puede pecar, se somete a la prueba y por eso puede compadecerse de nuestras flaquezas (Hb 4, 15)…”. (1 de marzo de 2009.)

2) En segundo lugar observamos que es precisamente el Espíritu Santo el que lo impulsa, lo mueve a dar ese paso. Podemos decir que, por nuestras propias fuerzas no seríamos capaces de introducirnos en el desierto de nuestro silencio, de hacer una pausa para descubrir lo que Dios quiere de nosotros. El Espíritu Santo está siempre con nosotros. Jesús nos ama tanto que quiere lo mejor para nosotros y eso a veces implicará que le sigamos en el desierto de nuestra vida ordinaria y de los avatares del rechazo o del sufrimiento. Al final, Jesucristo nos ofrece la salvación y la victoria final. Vale la pena sufrir y ser rechazado por el nombre de Jesucristo. Si Él ha sufrido tanto por nosotros ¿no es acaso una oportunidad poder sufrir también nosotros un poco por Él? En medio de nuestras dificultades tenemos la certeza de la cercanía de Jesús.

El Papa San Juan Pablo II nos hace ver cómo el Espíritu Santo es el motor de este camino cuaresmal de Jesús en el desierto y de nuestro camino cuaresmal personal: “Además, Mateo y Lucas afirman que Jesús “fue conducido por el Espíritu al desierto”. Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos llevan a una ulterior investigación sobre el misterio de la íntima unión de Jesús-Mesías con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la redención. En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos usados por los evangelistas (“fue conducido” por Mateo y Lucas; “le empuja”, por Marcos) expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un “bautismo de penitencia”, y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad (aunque personalmente no tenía necesidad de penitencia, dado que estaba “lleno de gracia” y era “santo” desde el momento de su concepción: (Jn 1, 14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico.” (21 de julio de 1990.)

3) ¿No resulta extraño y hasta sorprendente ver a Jesús tentado por Satanás?… Marcos no nos hace la descripción detallada de los otros Evangelios sobre las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero con cuatro pinceladas magistrales nos abre todo un mundo a nuestra mirada, cuando nos dice: “El Espíritu lanzó a Jesús hacia el desierto y allí permaneció durante cuarenta días, tentado por Satanás. Habitaba con las fieras, y los ángeles le servían”. Indudablemente descubrimos y adivinamos en ellas todo el ministerio de Jesús y vemos lo que va a ser, lo que tiene que ser, toda la actividad evangelizadora de la Iglesia y de cada uno de nosotros, a saber:

Un dejarse llevar del Espíritu Santo, empeñado en establecer el Reino de Dios.

Una lucha sin cuartel contra el enemigo, que no quiere soltar el dominio del mundo.

Un renovarse a sí mismo para renovar la tierra, especialmente en la oración y Eucaristía.

Un confiarse en las manos de Dios que cuida de todos los suyos con amor.

La Iglesia ha visto siempre en estas tentaciones de Jesús y en su victoria sus propias tentaciones y su propio triunfo. Ha calibrado la lucha y no se rinde nunca. Ha aprendido estrategia, ha corregido errores, y sigue adelante en su empeño de establecer el Reino de Dios a pesar de todos los pesares. El Espíritu Santo en nuestros días ha hablado a la Iglesia, a la Iglesia universal y a todas las Iglesias particulares, para que se renueven sin miedo, acepten los desafíos del mundo, y se den con amor a ese mundo que hay que salvar.

Con el “padrenuestro” digámosle a Dios Padre: No me dejes caer en la tentación. Sí, estoy expuesto a muchas y muy diversas tentaciones a lo largo del día, pero impulsado por el Espíritu Santo, no caeré y las superaré como Jesús, mi modelo e ideal. Tú Padre Bueno, permites las tentaciones y las pruebas en mi vida para probar mi fe y mi amor a ti; para hacerme fuerte espiritual y psicológicamente y para demostrarte que por encima de todas las atracciones del mundo y de la carne te doy a ti el primer lugar. Así como lo hizo Cristo. Ciertamente necesito del silencio, de la oración y de la presencia del Espíritu Santo. Las armas que usó Cristo para vencer. Amén.

Padre Fernando Manuel Limón Hernández

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