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CORPUS CRISTI

En una parroquia muy pobre, durante los años de la guerra, el párroco anciano avisó a los pocos fieles que quedaban en el pueblo, que no tenía dinero ya para comprar el aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento. Ya después de la Eucaristía, en la Sacristía, una viejecita se acercó al párroco y le dijo: “Por lo menos téngala encendida por las noches, con el aceite que puedan comprar estas mis últimas monedas”.  “Y de día, ¿qué hacemos?”, preguntó el sacerdote. “De día me quedaré yo aquí”,–respondió la anciana–. “Pues yo ya soy vieja y no puedo trabajar, sin embargo, puedo venir a la Iglesia y estarme aquí todo el día. Yo seré la lámpara del Señor”.  Eso es amor a la Eucaristía.

“El hombre no puede vivir sin amor, nos dice el Papa en la Encíclica Redemptor Hominis,  El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”  (Redemptor Hominis II,10)

Y hoy celebramos esta fiesta en Honor al Sacramento del amor. Sólo el amor de Cristo, podía encontrar un medio tan sencillo para quedarse con nosotros, para estar a nuestro lado, para acompañarnos en nuestro peregrinar por la vida, para fortalecer nuestra debilidad, para alimentar nuestra alma con la plenitud que viene de lo alto, para acogernos tantas veces cansados del camino, para consolarnos, para sostenernos, para perdonarnos, para alentarnos en este duro bregar cotidiano, para darnos el gozo que el mundo no comprende, pero que nadie nos puede arrebatar.

El Señor vivió treinta y tres años en la tierra. Después, una vez terminada su vida mortal, volvió gloriosamente a su Padre celestial; más su Corazón amantísimo no quiso separarse de nosotros, para siempre: “No os dejaré huérfanos” nos repitió, y al despedirse de nosotros nos dejó dicho: “Yo estaré con vosotros para siempre hasta la consumación de los siglos” 

Y Nuestro Señor, cumple sus promesas. Y lo hace por medio de la Sagrada Eucaristía, mediante el Sacramento del Altar. Y baste pensar que donde quiera que haya un Tabernáculo conteniendo una Hostia consagrada, es decir, la Eucaristía, allí está presente Cristo, allí vive entre los hombres Cristo.

No su recuerdo, como quien mira un álbum de fotografías para recordar a personas que ya no están con nosotros. No como un símbolo. No su pensamiento, sino el mismo Jesucristo, vivo y vivificador, nuestro divino Redentor. El mismo Cristo que un día iba por los caminos de Palestina pasa ahora en medio de nosotros, pasa por nuestras ciudades, pasa por cada Pueblo, y sigue derramando entre nosotros su gracia, su caridad, su calor.

El mismo Cristo que pasaba por los caminos de Palestina, hoy sale a nuestro encuentro, en el camino de nuestra vida, en el camino de nuestra vida religiosa.

La Liturgia de la Palabra de la fiesta de hoy, nos recuerda precisamente esta realidad. la vida del cristiano es un recorrido, es un camino. No tenemos en esta vida morada permanente, estamos precisamente de camino hacia la Patria definitiva.

El Deuteronomio nos ha pintado las circunstancias difíciles que rodean al Pueblo de Israel, en camino hacia la Tierra prometida, como quien despliega el escenario que hará brillar con más fuerza al protagonista.

San Pablo y San Juan en el Evangelio, ponen su atención, precisamente en el Personaje, en Cristo. En ese Pan que ha bajado del cielo, para ser alimento y bebida de quienes van peregrinando por el desierto de la vida, hacia la Tierra Prometida.

 

“CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS, HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO”

En esta diminuta e inmóvil hostia, que se halla entre nosotros, está presente Jesucristo, –como lo pregona el Concilio de Trento– “vere, realiter et subsantialiter”. (Sess, XIII, cap. 1)

“Vere”, “verdaderamente”. Por tanto, no sólo un símbolo. Cristo está presente en el Sacramento, con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad. Está presente todo Cristo.

“Realiter”, “realmente”. No solamente como un ensueño o una fantasía. Está realmente presente.

“Substantialiter”, “Substancialmente”. No está presente sólo su virtud o su gracia, como en los demás Sacramentos, sino el mismo Cristo, así como estuvo presente en el pesebre de Belén, así como pendía del árbol de la Cruz, y está ahora sentado a la diestra del Padre.

En esa pequeña y blanca Hostia del Santísimo Sacramento, no solamente está el amor ardoroso del Corazón de Jesús, sino que están allí latentes también el cuerpo y la sangre, allí está el mismo Cristo viviente.

Nosotros pedimos al Corazón de Jesús que con la fortaleza de su Corazón, sostenga nuestra vocación. Y volviendo al Evangelio de San Juan, quisiera tomar las palabras de Nuestro Señor, porque así como el origen de nuestra fortaleza física, estriba en la sana alimentación de nuestro cuerpo. Así también, la fortaleza de nuestro espíritu, radica precisamente en comer su Carne.

Recordemos el milagro de Jesucristo: Jesús ha obrado en Cafarnaúm un milagro portentoso: sació con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres. Para que no desfallecieran en el camino, se movió a compasión y les dio de comer de manera milagrosa.

Se trataba de una fina preparación psicológica para algo más portentoso aún.

El Señor se mueve a compasión, porque nos ve caminar por el desierto de la vida, y sobre todo, porque ve nuestras almas caminar por el desierto de esta vida, y quiere ser para nuestras almas fortaleza y vigor, y lo será dándonos el alimento que fortalece nuestras vidas.

Nos dice el Evangelio:

“Trabajad, para tener no tanto el manjar que se consume, sino el que dura hasta la vida eterna, el cual os dará el Hijo del hombre”. (Jn, 6,27)

¿Qué clase de manjar nos dará si no es pan?  Y Jesús responde sin ambages: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…, el pan que Yo daré es mi carne, la cual daré Yo para la vida del mundo” (Jn. 6, 51’52)

 Se dan cuenta: ¡Para la vida del mundo!  Es decir, bajo la especie de pan os daré aquel cuerpo que padecerá en el árbol de la cruz para la redención del mundo.

Y ante la confusión y desconcierto que se despertó entre los discípulos, Nuestro Señor, no hizo corrección alguna a sus palabras. al contrario, repitió con más garra y fuerza lo que había dicho: “En verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 54).

Comer la Carne del Hijo del hombre, y beber su Sangre, es por tanto el camino de fortalecimiento de nuestra vida cristiana, de nuestro crecimiento: Muchos se escandalizaron de sus palabras. Muchos le dejaron plantado. Muchos le dejaron sólo.

Pero díganme Ustedes ¿Quién más nos ha prometido tal estado de unión con Dios como Cristo, al invitarnos a comulgar su Cuerpo y su Sangre? En nuestro caminar de cada día ¿Cuántos de quedan a la vera del camino? ¿Cuántas cruces de madera vemos tiradas a la orilla del camino? Y nos preguntamos por qué.

Cristo hoy quiere ser alimento y fortaleza de nuestras almas,  Pero ¿A dónde vas, cuando no vas a la Eucaristía? ¿Cómo es que no tienes tiempo para visitarle?

Cristo es luz de los Pueblos. “Hay que poner a Cristo y en los labios de los hombres  y presentar la verdad sobre Cristo y sobre el hombre.” (San Juan Pablo II).  Jesucristo es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Cristo, “Cibus viatorum”, es el estandarte de nuestro caminar.

Pidamos con mucha fe a Cristo, que nos encienda y fortalezca, que nos abrase y nos modele, que nos dilate e inflame, que nos instruya e ilumine siempre aquí a los pies del Tabernáculo. Porque es precisamente en la Eucaristía en donde el Sagrado Corazón de Jesús quiere ser honrado y venerado por todos nosotros.

Padre Fernando Limón

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