DÉCIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO

UNA ESCUELA DE ORACIÓN
EL DISCÍPULO DE JESÚS ORA DE UNA MANERA DISTINTIVA
LUCAS 11, 1-13

La catequesis sobre la oración tiene tres partes que corresponden a tres elementos claves de la vida de oración:

(1) La oración del discípulo es continuación de la oración de Jesús en él (11,1-4). Hay que aprender la oración de Jesús. (2) La oración no es fácil, especialmente cuando no encuentra respuestas inmediatas puede llevar al desánimo (11,5-8). Hay que hacer el aprendizaje de la perseverancia, así como lo hace el amigo “importuno” de la parábola. (3) Pero así como la oración pide esfuerzo también es gracia: en ella encontramos el rostro de un Dios Papá generoso para el cual basta pedir (11,9-13). Hay que hacer el aprendizaje de la confianza en Dios Papá. El evangelista Lucas nos ha enseñado que la oración era una constante en la vida de Jesús. No es sino recordar pasajes ya leídos: la oración en el Bautismo (3,22), antes de llamar a los Doce (6,12), antes de la confesión de fe de Pedro (9,18), en la transfiguración (9,28), después del regreso de los setenta (y dos) misioneros (10,21-22). Ahora lo vemos orando una vez más. La enseñanza es clara: el punto de partida de la oración cristiana es la misma oración de Jesús. Si nosotros podemos orar es porque Él ora y todas nuestras oraciones están dentro de la suya. Un discípulo siempre ora “en” Jesús: Él origina, sostiene e impregna nuestra oración.

El nuevo rostro de una comunidad orante (11,1b). “Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (11,1b). Esta es la única vez –dentro del conjunto de los evangelios- que vemos a los discípulos plantear esta pregunta. ¿Qué piden los discípulos? Los discípulos quieren una oración que los distinga -en cuanto comunidad de Jesús- de las otras comunidades u otros grupos judíos, las cuales ciertamente eran muy piadosas. El ejemplo de la comunidad de Juan Bautista es preciso: él les había enseñado oraciones propias, como lo deja entender la petición que uno de los discípulos le hace a Jesús. Lo que sigue entonces es el aprendizaje de una oración con sello propio, con la marca distintiva del Espíritu que hacía palpitar de amor el corazón de Jesús por su Padre de una manera diferente; una oración que sumerge en la revelación del rostro de Dios. –“nadie conoce quién es el Padre sino el Hijo” (10,22b)- y endereza cada paso de la vida en la dirección de su Proyecto. 

Una conmovedora parábola para incentivar la perseverancia en la oración: “el amigo a media noche” (11,5-8). La situación descrita en la breve parábola es la de una persona que se encuentra a media noche tocando la puerta en la casa de su amigo para pedirle un favor (un préstamo). Resulta que un inesperado visitante lo tomó de sorpresa a medianoche –pues a veces se preferían los viajes nocturnos para evitar la insolación del día- y lo encontró sin ninguna provisión para atenderlo bien. Es verdad que muchas de estas eventualidades no se pueden prever; no es su culpa. ¿Qué se esperará entonces que haga el amigo? La historia tiene como agravantes: (1) la hora: es medianoche (11,5); y, en consecuencia, (2) no hay panadería abierta a esa hora (si fuera una ciudad), (3) es impertinente hacer levantar al amigo porque no es fácil de abrir (11,7a; en esta época las puertas eran de hierro o de madera pesada), (4) es inconveniente ponerse él mismo a hacer un pan casero estando el visitante ya en la casa a esa hora. Lo peor es que el favor –de prestar tres panes que son generosa ración para una sola persona- parece inviable porque (5) la familia ya está durmiendo y ésta parece ser una casa campesina palestina de un solo cuarto, que cuando llega la noche toda ella es cama franca (11,7b).  La respuesta por tanto es clara: “No puedo levantarme a dártelos” (11,7c).

Pero es verdad que sí es impensable que el primer personaje no ofrezca una buena hospitalidad al viajero, también parece improbable que aquel de quien se requiere un servicio no lo haga por encima de todo.  Esto no cabe en la cabeza de un oriental. No hay duda que el dueño de la casa está molesto, pero la responsabilidad va a prevalecer aún por encima de la relación de amistad (11,8a). La “importunidad” (11,8b) de que aquí se habla, no es la desfachatez del que toca la puerta, sino la “vergüenza” que siente el amigo de no ser hospitalario: será reconocido como un mal prójimo. Éste al final se muestra excesivamente generoso: “le dará cuanto necesite” (11,8c). Entonces, si esto somos capaces de hacer por el prójimo, ¿qué no hará Dios, para quien el “le dará todo lo que necesite” está elevado a la enésima potencia? 

El misterio de la oración de petición: pedir, buscar y tocar la puerta (11,9-10). Al mismo tiempo que Jesús invita a orar va describiendo la naturaleza maravillosa del mundo de la oración. (1) “¡Pedid!”. No es fácil extender la mano para pedir ayuda. Pero quien aquí lo hace no es un indigente sino un hijo que sabe que necesita de su Padre. (2) “¡Buscad!”. ¿Buscar qué? Pues a Dios, como lo enseña la espiritualidad bíblica: “Desde allí buscarás a Yahveh tu Dios;  le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma” (Deuteronomio 4,29). Es así como la oración da entrada a la comunión con Dios y como somos admitidos en la fiesta celestial. (3) “¡Tocad!” (la puerta). Una imagen suficientemente ilustrada en la parábola del amigo inoportuno. Aunque aquí la idea es que la oración nos introduce en la casa del amigo. La finalidad última de la oración, que puede estar inicialmente motivada por una necesidad, es abrir el espacio para recibir el bien mayor que es la comunión con Dios: ser admitido en la fiesta celestial. Por tanto, orar siempre es oportuno y benéfico. Todavía más, es necesario hacerlo. No se recibirá si no se pide. Hay que pedir “porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que toca se le abrirá” (10,11).

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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