DESPEDIDA SÍ PERO NO ABANDONO: ¡NO ESTAMOS HUÉRFANOS!
JUAN 14, 23-29
La base del seguimiento de Jesús: el Amor a Jesús y la obediencia a su Palabra (14,23.24.28). El discípulo ama a Jesús. Pero la forma concreta de su amor es: (1) acoger con fe la persona de Jesús, con todo lo que Él ha revelado acerca de sí mismo y (2) tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. Esta es la ruta firme del discipulado.
El amor, entonces, se vuelve compromiso. Es así como un discípulo sigue a Jesús a lo largo de toda su vida: mediante la escucha y el arraigo del Evangelio. Su amor, en esta sintonía con el camino del Evangelio, redundará en una desbordante alegría (14,28). Si observan los mandatos de Jesús, demostrándole así su amor, ellos siguen su ejemplo. Sólo así son verdaderos imitadores de Jesús porque así es que Él se comporta con el Padre (“Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”, 15,10). Esta dinámica del amor despeja el panorama de la nueva realidad que acontece al interior de la vida del discípulo de Jesús: su amor se encuentra con otro amor que lo supera, ¡y con creces! El discípulo no sólo entra en la circularidad de amor con Jesús sino también con Dios Padre: “Y el que me ame será amado de mi Padre” (14,21); “Si alguno me ama… mi Padre le amará” (14,23). El amor de los discípulos por su Maestro es la premisa de cinco revelaciones que Jesús anuncia ahora en forma de promesa:(1) El Padre y el Hijo vendrán a los discípulos y harán morada en ellos (14,23-24); (2) El Espíritu Santo estará con ellos y los instruirá (14,25-26); (3) En esta comunión con Dios les ofrecerá su paz (14,27); (4) También les compartirá su alegría (14,28); (5) …Para que crezca su fe (14,29).
La inhabitación de la comunión del Padre y del Hijo: una soledad “llena”. La presencia de Jesús en el caminar del discípulo, en el tiempo pascual, atrae también la de Dios Padre. Jesús no viene solo. De hecho, si miramos otros pasajes del evangelio constatamos que Jesús le hace caer en cuenta a sus discípulos que en Él no hay soledad: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (16,32); “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo” (8,29). A todo discípulo le sucede lo mismo que a Jesús: su soledad es en la compañía de Dios. Quien ama a Jesús no está solo, no está perdido ni abandonado a su propia suerte. Aún cuando no sean visibles para sus ojos físicos, todo seguidor debe saber que Jesús y el Padre están a su lado.
El futuro se anticipa: podemos vivir desde ya el cielo en la tierra. Nuestra vocación como criaturas de Dios es alcanzar la comunión plena con Dios en la eternidad. Ahora Jesús hace caer en cuenta que esta comunión con Él y con el Padre no será solamente una realidad futura, cuando entremos a vivir en la morada que el Resucitado nos ha preparado en el cielo (“volveré y os tomaré conmigo”, 14,3), sino que es una realidad presente, aquí y ahora, que crece todos los días hasta la visión definitiva de la gloria. Esto vale no solamente para los primeros discípulos, sino para todo el que cree en Jesús: quien ama a Jesús, se dispone a la venida del Padre y del Hijo, quienes harán morada en él y permanecerán en su vida por tiempo duradero.
Educados por el Espíritu Santo: “viene”, “enseña” y “recuerda” (14,25-26). El Espíritu Santo es un “Paráclito”, un asistente. Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda. “El Padre (lo) enviará en mi nombre”. El Padre enviará el Espíritu como respuesta a su petición: “Yo le pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (14,16). (3) “Os lo enseñará todo y os recordará todo”. El Espíritu les entrega a los discípulos la totalidad del Evangelio, la Palabra de Jesús en la cual hay una profunda unidad. Así les inculca sus enseñanzas y les revela su rostro.. Cuando un discípulo es educado interiormente por el Espíritu Santo puede seguir con mayor fidelidad a Jesús, conduce mejor su proyecto de vida –sobre las rutas del Evangelio- y adquiere todo lo que se necesita para entrar en la comunión total con el Padre y con el Hijo. De esta forma el Espíritu nos introduce en la Trinidad plena, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.
Primera consecuencia de la comunión con Dios: Jesús comunica su paz (14,27). Quien acoge la presencia de Dios Padre e Hijo en su vida, caminando todos los días bajo la guía del Espíritu Santo, enfrenta la vida de una manera distinta: con paz. Las vicisitudes propias de la vida cotidiana, que muchas veces causan desasosiego y perturbación, no nos encuentran desvalidos. En otras palabras, las realidades de la vida nos sumen en angustia y temor, con razón dice: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (14,27). Recordemos el punto inicial: puesto que Jesús es el único que puede darnos la entrada en esta comunión con el Padre, Él y sólo Él es quien puede darnos esta paz.
Segunda consecuencia de esta gran comunión: Jesús comparte su alegría. “Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (14,28). Con la “alegría” sucede como con la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo. Como se vio antes, el amor por Jesús impulsa a los discípulos a observar su Palabra (14,23). Pues bien, este hecho debería impulsarlos también a alegrarse porque el Maestro se va. Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud de su bienaventuranza. Pero Jesús invita a sus discípulos a todavía más, a que se alegren incluso por sí mismos: el hecho que haya alcanzado su meta es para todos los seguidores una garantía de que también la alcanzarán. Los logros de Jesús son los logros de sus discípulos, ellos son los primeros beneficiados. Jesús los acogerá en su misma plenitud: “Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3).







