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Juan 11,1-45: EL CAMINO DE AMISTAD Y FE QUE RESUCITA Marta, María y Lázaro de Betania Jesús recibe la noticia de la enfermedad de su amigo (11,1-6).

La amistad y el cariño son característicos de los encuentros de Jesús: su misión no es tanto ganar adeptos que comulguen con sus ideas, para Jesús cuenta mucho la relación personal con cada uno. En Jesús cada hombre está llamado a experimentar la solicitud cordial y personal de Dios; y es al interior de esta relación personal con Él que se realiza la salvación. Pues bien, las hermanas ponen a Jesús al tanto de la situación del amigo: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo” (11,3). Es interesante notar que ellas no le expresan directamente una petición, no le ordenan nada. Marta y María simplemente: (1) Le dicen cómo está su hermano. (2) Le recuerdan que se trata de su amigo. Esta evocación de la amistad con Jesús no sólo nos ayuda a visualizar un trazo importante de las relaciones de Jesús, en torno a las cuales se teje el discipulado, sino que es también una clave fundamental para comprender el relato: desde dónde y para qué obra Jesús la salvación del hombre.

El encuentro de Jesús con Marta (11,20-27). El encuentro con Marta se caracteriza porque: (1) Ella toma la iniciativa. (2) Va sola donde Jesús. (3) Es conducida progresivamente a la fe en Jesús como Señor de la vida. El diálogo de Jesús y Marta es significativo. En el intercambio Marta va entrando, conducida por Jesús, en la experiencia de la fe: Marta comienza abriéndole su corazón a Jesús. Sus palabras manifiestan: (1) Su fe en Jesús: “Mi hermano no habría muerto” (11,21b). (2) Su desilusión por haber llegado tarde: “Si hubieras estado aquí…” (11,21ª). (3) Su esperanza porque sabe que su presencia no será en vano: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá” (11,22). Estas palabras son una reafirmación de su fe… a pesar de todo. Ante la expectativa de Marta, Jesús le anuncia: “Tu hermano resucitará” (11,23). Por sus palabras, se nota cómo en el corazón de Marta se mezclan la fe y la desilusión frente a la persona de Jesús. Pero lo más importante es que a su experiencia de fe le falta todavía un conocimiento más hondo de qué es lo que Jesús está en capacidad de ofrecerle. Por eso Marta no consigue conectar su fe en la resurrección de los muertos en el último día con la fe actual en la misma persona de Jesús. La doble convicción de Marta (quien ha repetido dos veces “yo sé…”, “yo sé…”) da la base para que Jesús le enseñe qué es lo que hay que creer. Esto es lo que hay que creer: que la resurrección proviene de la persona misma de Jesús y no de una expectativa abierta hacia un futuro incierto (ver 11,25-26). Al preguntarle “¿Crees esto?” (11,26) Jesús la inicia ya en la experiencia de la resurrección, porque según sus mismas palabras: “El que cree en mí…vivirá”, y este “vivir” y “creer” en Jesús es la garantía de la resurrección. Marta, entonces, llega a la fe: comprende y hace una profesión fe de altísimo nivel Dice Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (11,27). El encuentro tiene su punto culminante en la confesión de fe, es decir, en el reconocimiento de (1) Quién es Jesús para los hombres. Dice Marta: “Tú eres el Cristo”: aquel mediante el cual Dios cumple su obra de salvación por los hombres. “Tú eres el Hijo de Dios”: aquel que vive en una comunión sin comienzo y sin fin con Dios; aquel que está al mismo nivel de Dios. (2) Qué tipo relación sostiene Jesús con el Padre. Dice Marta: “Tú eres el que iba a venir al mundo”, o sea, que “Tú eres el enviado del Padre”. Dios Padre está detrás de toda la obra de Jesús (ver 11,42; 16,28).

Jesús manda “salir” a Lázaro con el poder de su Palabra. Después de proclamarle al mundo su unidad perfecta con el Padre, Jesús pronuncia con solemnidad el imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!” (11,43). Esta es la palabra que todo creyente escucha al salir de la fuente bautismal y que le hace pasar de la antigua vida a una nueva existencia; es la palabra que todo creyente escuchará al final de esta vida: “Llega la hora en la que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán…” (5,28-29ª). De nuevo Jesús se hace ayudar Dos imperativos más se escuchan finalmente en labios de Jesús dirigidos a la gente que está viendo la escena: “Desatadlo y dejadle andar” (11,44). También ellos participan mediante un gesto de liberación de aquello que no deja a Lázaro salir de su situación de muerte (las vendas) y emprender su camino (“andar” es signo de vitalidad).

En este punto final, el “creer” retoma los elementos más importantes de todo el itinerario: (1) Jesús había dicho desde el principio que la enfermedad –y muerte- de Lázaro eran para la “Gloria de Dios” y la “Glorificación del Hijo” (11,4). Para el evangelio de Juan esta “glorificación” ocurrirá plenamente en la Pascua de Jesús; aquí tenemos un signo anticipatorio que se comprenderá completamente sólo en la resurrección de Jesús: en la cual no habrá vuelta atrás, la victoria sobre la muerte será total y definitiva. (2) El juego de los equívocos y de las expresiones con doble sentido que van apareciendo a lo largo del relato pretenden llevar al lector a una comprensión más profunda de los acontecimientos, a la luz de la fe. La vida de discipulado pide siempre esta clarificación-iluminación interna. (3) Jesús va al encuentro de la muerte, pero no sólo la de Lázaro sino también de la suya. La resurrección de Lázaro es un anuncio de la muerte de Jesús, quien para dar vida arriesga la propia. Los discípulos seguirán este mismo camino: “Vayamos también nosotros a morir con él” (11,16). (4) El diálogo sucesivo con las dos hermanas de Betania proporciona una luminosa revelación sobre la identidad trascendente de Jesús. Enfatizando el “Yo soy” divino (de Éxodo 3,14-15) se proclama abiertamente: “Yo soy la Resurrección” (11,25). Esta vida plena Jesús la comparte con todo el que “vive” y “cree” en Él (11,26). Él concede en calidad de “Cristo” e “Hijo de Dios”, “enviado” por el Padre al mundo para vivificarlo (11,27). (5) A esta revelación de Jesús se le responde con una clara e inequívoca confesión de fe, a la manera de Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres…” (11,27). (6) En su oración ante el sepulcro de Lázaro, Jesús no pide sino que manifiesta ante el mundo su unidad perfecta con el Padre. El “creer” sumergirá al creyente en esa misma comunión entre el Padre y el Hijo, por medio del Espíritu, allí donde proviene y a donde apunta toda vida. (7) Jesús manda a Lázaro a “salir” y “ponerse en camino”. Esto mismo ha sucedido previamente con las dos hermanas de Betania: cada una de ellas, a su manera, ha salido y ha vivido previamente su resurrección en la fe: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (11,25b). La resurrección de Lázaro en realidad es la conclusión del proceso de resurrección en la confesión de fe bautismal que han vivido sus hermanas.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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