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Juan 2, 13-25: EL CAMINO DE JESÚS Y DEL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA (III) Una nueva manera de edificar y de vivir “la Casa de mi Padre”

Los mandamientos de Dios (Ex. 20´1-17). Jesús expulsa a los mercaderes del templo (Jn. 2´13-25)

Este domingo se podría titular: “La idolatría contra el culto verdadero al Dios vivo”

En la revelación de Dios a Moisés le dice: “No te postrarás ante los ídolos, ni les darás culto; porque yo soy el Señor”. La idolatría en los pueblos de la Asia Oriental era moneda corriente y por ello Dios Nuestro Señor pone en guardia al pueblo elegido para que no se apartarte del culto al Dios único y verdadero.

Ídolo es un falso dios, un dios hecho a la medida que se puede manipular. Es una depravación de la religiosidad verdadera. La idolatría es una forma de superstición, brujería, horóscopo, etc., en la que la relación con Dios persona no tiene nada que ver.

Nosotros los cristianos católicos veneramos a la Virgen María y a los santos, no porque creemos que son dioses, ni les rendimos adoración como divinidades. Si alguno se imagina que un cuadro o imagen le va a hacer milagros, ahí sí, estará desobedeciendo el primer mandamiento porque le concede poderes divinos a una cosa de yeso o cartón o metal. Las imágenes no hacen milagros, ni los santos. Es Dios a través de la intercesión de esos hombres y mujeres que ya ahora disfrutan de la gloria celestial que Dios realiza para nosotros su ayuda y protección.

El mundo moderno en el que vivimos, está lleno de “ídolos” de pequeños dioses y divinidades que les damos reverencia y atención. Incluso creemos que imitándolos nos van a dar felicidad, realización personal o nos aficionamos a todo lo que ellos hacen. Así les estamos idolatrando y los ponemos por encima de Dios al cual se le debe todo honor, honra, gloria y poder.

Por ello, Jesucristo, cuando entra en el templo se da cuenta que la gente está poniendo por encima del culto al Dios vivo, a un sinfín de cosas que no son Dios: las ovejas, los carneros, las palomas, las monedas y un largo etcétera. Ya el culto no se centra en Dios y en adorarle, darle gracias, pedirle perdón y pedirle su intercesión, sino en hacer cosas para “ganarme el favorcito” de un Dios lejano, poderoso e impersonal a base de ofrecerle cosas a cambio de bendiciones: “do ut des” (doy para que me des).

A Jesús, esta actitud le da mucha rabia, pues se trata, nada más y nada menos que su amado, querido y bondadoso Padre Dios. Jesús no concibe que nosotros, los seres humanos hagamos de un lugar de oración, silencio, culto y de diálogo con Dios en un “mercado persa” en el que estemos más preocupados y atentos de comprar un par de tórtolas que de conectarnos con Dios. Por ello, Jesús expulsa a todos esos mercaderes que están cometiendo sacrilegio en un lugar consagrado a Dios. Nosotros podemos cometer sacrilegios en nuestro corazón cuando sacamos a Dios de nuestros pensamientos, quereres, planes y su presencia es más que nada un adorno, un rito, una costumbre sin peso ni valor espiritual.

Jesús va a establecer un nuevo “rito” para todos nosotros. Los escribas, saduceos y príncipes de los judíos le piden un SIGNO para que les explique por qué actúa así. Y Jesucristo les responde: “destruyan este templo, y en tres días lo reconstruiré” Nos está dando la pista de una nueva y maravillosa religiosidad: Cristo se ofrece por nosotros en el altar de la cruz y funda un nuevo rito para nuestro Padre Dios: ofrecer a Jesús mismo en el Ara de Altar del sacrificio. De ahora en adelante, la verdadera piedad está en el sacrificio eucarístico: Cristo padece, muere y resucita por nosotros. Ya no tenemos que ofrecer carneros, ovejas o palomas. Ofrecemos a Cristo mismo y le damos el “Culto absoluto” a Dios Vivo y Verdadero en nombre de su Hijo Jesús. Esto sí que es un verdadero escándalo y necedad para el mundo de hoy. La gente quiere ídolos que llamen la atención y estén a la moda, que aparezcan en las redes sociales y reciban muchos likes… Y Jesús no es así. El se ofrecerá esta semana santa al Padre en oblación de suave olor, toda su vida por mí y por ti. No nos escandalicemos y unámonos en la Eucaristía a la Víctima Santa que es Jesús mismo, por nuestra salvación.

Padre Fernando Manuel Limón

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