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Juan 3, 14-21: EL CAMINO DE JESÚS Y DEL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA (IV): Contemplar el Incomparable Amor de Dios en el Crucificado.

Ciro reedifica el Templo de Jerusalén (Cro. 36´14-23). Por pura gracia hemos sido salvados (Ef. 2´4-10) Dios tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único. (Jn. 3´14-21)

El mundo entero, la humanidad toda necesita de la salvación, de la redención. Se siente miserable, llena de pecado, sucia, la culpa le embarga el corazón. Esta situación interna del alma de cada corazón es habitual en nuestros días y lo hemos sentido de una o de otra manera en nuestra vida. Pero también, echando una mirada, aunque sea superficial sobre el mundo, nos encontramos que el mal pulula por toda parte: robos, estafas y corrupción; injusticias y falta de amor; ataques a los más pobres, débiles y vulnerables… y un sinfín de etcéteras. El mundo necesita que alguien lo salve, lo redima, lo cambie y lo renueve.

1.- Por ello en el libro de las Crónicas, se nos muestra un personaje que, movido por Dios, desea restaurar la Casa de Dios en Jerusalén. Él se muestra como el ideal o arquetipo del “Enviado” por Dios Todopoderoso para reedificar lo más querido para el Pueblo de Israel: el templo, el lugar de culto al Dios Vivo.

El castigo de Dios ha caído sobre su pueblo por estas razones: infidelidades a Dios, el poco respeto por la casa del Señor, el imitar las costumbres podridas de los que no tienen fe, ni religión. Tal y como sucede hoy en día. El Señor Dios ha castigado a su pueblo o, mejor dicho, el pueblo infiel se ha castigado a sí mismo porque se aparta del Señor. Así, Jerusalén queda totalmente destruida con sus templos, palacios, casas, sacerdotes y dirigentes. Todo queda arruinado y es una catástrofe, una tragedia inmensa para el pueblo de Israel: el reino de Dios parece acabarse y las promesas de Abraham se alejan definitivamente para el pueblo de Dios. En esta hora de amargura y desesperación brota en la Deportación de Babilonia el Rey Ciro, enviado y movido por Dios para restaurar el Templo Santo de Dios en Jerusalén. Ya se pergeña la salvación verdadera que nos traerá Cristo.

2.- San Pablo nos presenta a Dios Padre como Dios rico en misericordia, algo así como un sinónimo de las mismas palabras de Cristo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unico…” San Pablo nos enseña dos cosas: una, que nuestros pecados, nuestra rebeldía nos lleva al mal, a la catástrofe, a la muerte espiritual que, es más, mucho más nefasta que una enfermedad corporal. Y la segunda: que Dios en su absoluta bondad, nos devuelve la vida por medio de Jesucristo su Hijo predilecto. Si. Nuestros pecados nos condenan, nos llevan a la muerte espiritual, nos abruma el pesimismo y la falta de esperanza y para colmo, el sentimiento de culpa invade constantemente nuestra psicología. Dios Padre nos muestra su gran misericordia, el gran amor con que Dios nos ama. La riqueza de su bondad y de su gracia se manifiesta únicamente por medio de Cristo Jesús.

3.- Dios mandó a su Hijo al mundo para que sea salvado por El. Así como en otro tiempo envió al rey persa Ciro a “reconstruir el templo de Jerusalén”, así como en tiempo de Moisés envió la serpiente de bronce para que se salvaran los picados por las serpientes en el desierto, así Dios manda, en última instancia a su propio Hijo.

            Por ello puedo pensar: hay un Dios que me ama, soy muy importante para Él. La señal que me ama inmensamente es que me ha enviado a su Hijo para que no perezca en mis pecados, sino que logre salvarme, tenga la vida eterna y no termine de condenarme. ¡Quiero vivir en esta esperanza! ¡Quiero tener esa certeza de fe y disfrutar el más precioso regalo! Me mandó a su Hijo al mundo. No para condenarme, sino para salvarme. Dios mi Padre desea mi salvación. No me violenta ni contradice mi libertad; simplemente me da el camino y la oportunidad para que logre salvarme. Si evoco mi propia historia, me daré cuenta que Dios ha sido realmente “exagerado” en ayudarme, en estar pendiente y ponerme todos los medios posibles para que consiga la salvación y la santificación.

            Ciertamente el Señor nos pone una “condición”: Que crea en Jesús como el medio más maravilloso, enviado por el Padre, para lograr la redención. Si no lo acepto, yo mismo me condeno, yo mismo me descalifico. Hubo un hombre que fue a Roma a visitar las grandes obras de arte de Miguel Angel Bounarroti en el Vaticano. E hizo muchos comentarios de descrédito: “estas obras no valen nada” “son basura y mediocridad”. El guía turístico simplemente le dijo: “Todas estas obras ya han sido juzgadas por expertos y sabios y son patrimonio cultural de toda la humanidad. Ya no están aquí expuestas para ser juzgadas. El juicio que cada uno hace acerca de ellas demuestra el grado de cultura y de arte que posee. El que las descalifica y desprecia, se descalifica a sí mismo.” Lo mismo pasa en nuestra relación con Jesús: Contemplo las maravillas de gracia y de bondad del plan de Dios y no lo acepto y no lo creo, yo mismo me estoy descalificando. Mi propia reacción me está condenando. Yo mismo me rechazo y dicto mi propia sentencia de condenación.

            Por ello, pidámosle a Dios Padre que la luz de la fe nos ilumine y aceptemos plenamente su plan redentor: Jesús, su Hijo que es camino, verdad y vida. Que ante Jesús caiga la tiniebla de mi incredulidad y de mi ceguedad espiritual. Que prefiera vivir en la luz de la verdad y que esta luz aleje la oscuridad de mi pecado, de mis malas intenciones y malos pensamientos. Así, aceptando a Jesús, mi Dios y Salvador me prepararé lo mejor posible para vivir el misterio de la Redención en esta semana santa.

Padre Fernando Manuel Limón Hernández

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