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Marcos 9, 2-10: Educados por la revelación en la Montaña: EL CAMINO DE JESÚS Y DEL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA (II)

Introducción.

“Si Dios conmigo, ¿quién contra mi?” (Rom 8´31) Esta es una de las frases que más han infundido confianza en los corazones de los cristianos durante siglos. Si de pronto me encuentro en un río en la Amazonas plagado de cocodrilos y alimañas, pero tengo a mi lado al cazador más experto y famoso de todo el mundo, voy tranquilo y seguro en medio de esos peligros. Podemos viajar confiados en medio de las adversidades del mundo, del demonio y de nuestra débil naturaleza humana y pecadora. Esta es la clave de interpretación espiritual para estos dos grandes textos que nos presenta la liturgia el día de hoy: El sacrificio de Isaac por parte de Abraham y la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor.

“El sacrificio supremo, el hijo primogénito”

            En las tribus del oriente, hace más de tres mil años, existía una costumbre que era el sacrificar y ofrecer el primer parto de los rebaños a la divinidad. Incluso algunos pueblos llegaban a ofrecer el primogénito humano en sacrificio a los dioses. Una costumbre pagana, ancestral y primitiva que rondaba en tiempos de Abraham. Para los pueblos de Canaan, la mayor demostración de amor que un hombre podía ofrecer a la divinidad era ofrecerle a su hijo primogénito en sacrificio.

            Abraham se cuestiona: “¿Será que Dios me pide lo más valioso de mi vida y de mis seres queridos?” Está desorientado, muchos pueblos lo hacen, “¿será que yo también lo debo hacer?, ¿sólo así Dios, el Omnipotente, El que Es, me va a bendecir?” una fe aún en ciernes, imperfecta, que va a tientas descubriendo lo que Dios quiere de nuestro Patriarca y padre en la Fe.

Y Abraham está dispuesto. “Las pruebas no hacen más débil a la persona, sino que demuestra lo que es, y aquello que es capaz de hacer y renunciar” nos dice Tomás de Kempis. Si. Dios permite la prueba en nuestras vidas para que le mostremos nuestra fe en Él y nuestra total confianza. Sentimos que Él nos dice al oído, cuando estamos en un momento de dificultad y prueba y no vemos nada: “¿confías en mi? ¿sabes que al final yo te voy a dar el triunfo?” y nuestros abuelos nos decías de manera coloquial: “Dios apreta pero no ahorca”.

            La prueba fue dura para Abraham, pero aceptó con amor generoso. Parece que Dios exige mucho, demasiado, pero al final el premio es inmensamente más grande y generoso. Cuantas personas no han logrado obtener los portentosos éxitos que Dios les tenía preparados , sólo porque se negaron a “pagar la cuota inicial” que Él pedía: ofrecerle el sacrificio del acto de fe y ofrecerle lo que amaban y estimaban más que a Dios. Nosotros obtendremos bendiciones que jamás nos hemos imaginado, si somos generosos y le ofrecemos en sacrificio a Dios lo que amamos y estimamos.

Dios se le presentó a santa Catalina de Siena y le ofreció dos coronas para que eligiera una: la de rosas de la gloria y la de espinas de los sacrificios. Santa Catalina prefirió la corona de espinas y el Señor le felicitó: “A quien me ofrece en esta vida la corona de espinas de sus sacrificios, yo le reservo para la eternidad la gran corona de gloria”.

Transfiguración gloriosa.

Jesús va preparando poco a poco a sus discípulos para el momento duro de la pasión, muerte que acontecerá más adelante. Si. Y por ello los lleva a un monte alto: Tabor para manifestarse a ellos y fortalecerles porque el escándalo de la cruz será enorme. Los tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan son los representantes de todos nosotros, los discípulos del Señor. El nos ama y nos prepara para las dificultades de la vida, las cruces personales que tarde que temprano asomarán en nuestro día a día. Por ello, Jesús nos mete en la “nube” que significa la presencia de Dios, para que le encontremos. Nos introduce en la nube de la oración, de la experiencia cercana de su mano amorosa, en la nube de las bendiciones cotidianas y maravillosas que ha tenido continuamente en nuestra vida. En esos momentos hermosos podremos recargar los ánimos, las certezas de nuestra fe. “En el momento de la bonanza no te olvides de los momentos de dificultad para que no te vanaglories ni te ensoberbezcas. Y en los momentos de sacrificio y de dolor, no te olvides de los momentos de gloria y felicidad para que no decaigas en la fe y en la confianza”.

            También nuestra fe tendrá crisis. También llegarán horas de humillación y de dolor en las que no veamos la solución y que todo está perdido. En ese momento debemos recordar al Señor y con sentimientos de esperanza. Y nos impulsará nuestra esperanza: no hay comparación entre lo que sufrimos en esta vida y lo que nos estará reservado en el cielo, la gloria maravillosa de ver y disfrutar de Dios eternamente.

            Jesús nos recuerda su condición gloriosa: Él es Dios y es la felicidad sin mezcla de tristeza, es gloria y alegría sin preocupación de que se acabe. Y nos recuerda que nosotros estamos llamados a participar de esa Gloria y Victoria. Pero también la pre-gustamos en la oración, en la contemplación de tantos dones y regalos que el Señor nos está continuamente dando en nuestra vida. Si descubrimos a Dios en las cosas buenas, en las ordinarias, también lo descubriremos en las adversidades y dolores, que no son otra cosa que medios para acercarnos más a su amor de donación.

Terminemos con la definición de esperanza para un cristiano: Esperanza es la virtud que nos hace aguardar confiados en la felicidad eterna prometida por Dios, y las ayudas en esta tierra que nos da el Señor para conseguirla. No puede haber esperanza sin confianza en la fidelidad de Dios. Nuestra esperanza se apoya, no en nuestras cualidades, ni en nuestras fuerzas sino en la fidelidad y en la misericordia de Dios.

Padre Fermando Manuel Limón Hernández

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