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Mc. 4, 26-34: “El Reino de Dios como un grano de mostaza”

1.- El Reino de los cielos no es simplemente un esfuerzo nuestro, sino que también y sobre todo obra y acción de Dios Nuestro Señor. Él produce el querer y el obrar en nuestra alma y es invisible en nuestra alma, pero continuo. Nosotros, como discípulos de Jesús por la fe, por el bautismo y por la práctica diaria de nuestro actuar. Podemos confiar en la acción de Dios en nosotros, en su Iglesia, en todas las personas, y de esta forma no nos desalentamos ante las dificultades, y nuestra fe cree en profundidad y la fortaleza. Es Dios mismo el que va actuando; en ocasiones con nuestra ayuda, pero otras veces, la mayoría, a pesar de nuestros errores.

Un día vendrá la cosecha y es esa la pedagogía de Dios, que nos enseña a ver en profundidad a las personas, los acontecimientos, mirando lo pequeño, lo que apenas cuenta, lo sencillo, lo pobre. Dios prefiere estas situaciones pero se ocultan pero no nos desvían de lo esencial que es Dios mismo. Son como los brotes tiernos de los que nos hablaba el profeta Ezequiel, o la semilla insignificante del grano de mostaza, desconfía de la grandilocuencia, porque oculta lo esencial que es Dios mismo, como Padre que nos quiere y nos cuida.

Estas mediaciones que Dios quiere es el poco a poco de nuestra vida de fe personal y comunitaria, es la fidelidad de todos los días a nuestra vocación y misión de seguidores de Jesús. Son esos pequeños pasos que vamos dando como hijos de Dios, y como hermanos de todos, al estilo y a la medida de Jesucristo. Son esos brotes de esperanza que en la vida de cada uno manifiestan la cercanía, la realidad y la presencia de Dios.

Debemos asumir la lentitud de los cambios, vivir confiados en que colaboramos con algo imparable, no caer nunca en el desaliento, ni en el protagonismo, ni querer reconocimientos por lo bien que lo hacemos, ni buscarnos a nosotros mismos cuando decimos que buscamos el Reino de Dios, no querer que las personas se conviertan cuando y como nosotros queramos, sino que nuestra oración sea Señor ¿qué quieres de mí?, ¿qué tengo que hacer?, ¿hacia dónde debo ir?

Sabemos que el Reino de Dios va creciendo, va manifestándose paulatinamente, pero sin pararse. Gracias a Jesús y a la fuerza de su Espíritu el Reino llega y se desarrolla, aunque en ocasiones pueda parecernos que no es así. Las razones de nuestra esperanza tienen su raíz en que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Sabemos que Dios no defrauda. Cumple lo que promete. Es fiel a la alianza que estableció a través de Jesús con cada uno de los bautizados. A través de la Eucaristía, alimentados con la Palabra sabremos reconocer en Jesús al Señor, ese Jesús que actúa a través de nosotros sus siervos humildes y sencillos. Le pedimos hoy que nos ayude a comprender que su mensaje viene para todos, incluso para aquellos que desconfían de él.

2.- La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios.

Padre Fernando Manuel Limón

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