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  • “les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”. Esta expresión nos hace pensar en el sacramento de la confirmación. Sacramento que acrecienta nuestra convicción de la presencia y acción del Espíritu Santo en la Iglesia, de la absoluta necesidad que tenemos de recibirlo, para poder vivir como hijos de Dios y para realizar la misión que como miembros del cuerpo de Cristo debemos llevar a cabo en el mundo (Hch 8, 5-8.14-17).
  • La vida que nos ha donado Cristo por su misterio Pascual, no puede ser una vida que pase desapercibida para el mundo. Por el contrario, ha de ser una vida en la cual las palabras y obras que realicemos les hablen a los hombres de la bondad, la misericordia y el amor de Dios; también que expresen la santidad de Dios. Palabras y obras que inviten al cambio, a la conversión. Aunque en ocasiones seamos calumniados, rechazados y excluidos por ese testimonio (1P 3, 15-18).
  • Mientras Jesús estaba en el mundo era el responsable y defensor de sus discípulos. Como después de su resurrección subió al cielo para ser glorificado, prometió a sus discípulos la presencia de otro responsable y defensor: “el Espíritu Santo”. La condición previa para contar con este defensor será amar a Jesús guardando sus mandamientos. El Espíritu Santo, entonces, es aquel que defiende en las conciencias de todos sus discípulos el testimonio de Jesús y es quien responde por boca de los discípulos a las objeciones del mundo, para que en todo y siempre brille la verdad (Jn 14, 15-21).
  • No dejamos de maravillarnos en cada Eucaristía al ser testigos de la maravilla que obra el Espíritu Santo al convertir un trozo de pan en el cuerpo de Cristo y un poco de vino en la Sangre de Cristo. Él, el Espíritu Santo, es también el que va llevando a cabo la obra de irnos transformando en Cristo.
  • CEC 2746-2751: la oración de Jesús en la Última Cena; CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, consolador/defensor; CEC 1083, 2670-2672: invocar al Espíritu Santo.
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