En la palestra del combate espiritual: las tentaciones de Jesús

San Lucas 4, 1-13

 

La tentación: el hecho y la victoria. Al comenzar a leer el relato observemos que dos veces, al comienzo (en 4,2) y al final (en 4,13), se repite la palabra “tentación”; este es el tema central. “Tentar” es poner a prueba, concretamente, probar la fidelidad. Quien “tienta” en este relato es el “diablo”. El  “diablo” es el opositor del plan de Dios que se incuba de muchas formas en el corazón de hombre y en las estructuras de la relacionalidad humana para hacer desgraciada la vida, de ahí que la victoria sobre él es el signo de la llegada del Reino de Dios (ver Lc 11,20) y posibilidad de gozar de sus bendiciones. Lo que nuestro relato quiere subrayar no es tanto que Jesús haya tenido tentaciones, sino que las venció. Y esta es la ¡Buena Nueva! porque su victoria es también la nuestra.   Está página del Evangelio contempla a Jesús, pero piensa también en los futuros discípulos que pasarán por las mismas pruebas, así como le sucede a Pedro (“Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”, Lc 22,31).  El verdadero discípulo es el que aprende a hacer suya la victoria del Maestro.

Bajo la acción del Espíritu entra en el campo de batalla. Lucas, evangelista del Espíritu Santo, muestra cómo el Espíritu Santo caracteriza la personalidad de Jesús: Él está “Lleno de Espíritu Santo” (4,1). Esta frase nos remite a la unción recibida en el Bautismo (ver Lc 3,21-22) y nos presenta a Jesús como “el Señor del Espíritu”: el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de Él. Por eso Jesús puede dar a conocer a Dios, hacer sus obras, hacer su voluntad.  (2) El Espíritu Santo guía a Jesús (no sólo “al” sino) en el desierto: “y era conducido por el Espíritu en el desierto” (4,1).  La referencia del desierto en Lucas tiene el valor de un espacio de preparación para el ejercicio del ministerio encomendado por Dios. Profundicemos: a) Para Lucas el desierto es el espacio geográfico-espiritual donde madura el líder que tendrá que enfrentar después duras pruebas. Así como Moisés y Elías, líderes de Israel, vivieron períodos de maduración englobados bajo la cifra “40”- en el desierto (ver Hechos 7,23 y 30 para el caso de Moisés y 1 Reyes 19,8, para el caso de Elías), así también Juan Bautista (Lc 1,80) y Jesús (4,1-2) pasan por el desierto.  Pero no sólo el líder sino también el pueblo entero. El “desierto” nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo durante los cuarenta años (ver el Salmo 95,10) en que probó a Dios y Dios lo probó a él (ver Deuteronomio 8,2). En esa ocasión Israel no salió bien librado de la prueba, cayó en pecado (ver Números 14,22). Pero donde Israel cayó, Jesús abrió el camino de la victoria.

Cómo vence Jesús las tentaciones. Tenemos necesidad de saberlo, no sólo por el hecho de que Jesús es nuestro modelo de vida, sino porque es de él que nos viene la fuerza para esta lucha titánica.  No fue por casualidad que Jesús le enseñó a sus discípulos a dirigirse al Padre no para pedir ser eximidos de la tentación sino suplicando “no caer” en ella (Lucas 11,4), es decir, el poder vencerla. Releamos las respuestas de Jesús a Satán, porque en ellas está la clave de la victoria: “Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’” (v.4) Jesús vence la prueba poniendo su mirada en la necesidad fundamental.  A nosotros nos dice:  Tú hermano, lucha por no reducirte a tus necesidades, conserva el espacio para la dimensión más profunda de la vida, para que transciendas, para que puedas saltar hacia lo que es infinito y verdaderamente llena de plenitud la existencia.  “Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto’” (v.8) Jesús indica que la prueba del adversario se vence postrándose en adoración.  A nosotros nos dice:  Ponte a adorar a Dios; la verdadera adoración de Dios te libera de los ídolos, pon en su sitio lo que no es fundamental, de manera que puedas captar el justo valor que tiene cada cosa en tu vida. Así tu corazón se convertirá en una fuente de amor: tu relación con los otros no será nunca más un asunto de dominio o de posesión. Ni dominarás ni serás dominado, porque el Dios cercano que Jesús nos vino a anunciar exige, por amor a ti, que él sea el único, el único que te da vida y paz. “Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’” (v.12) Jesús apela a la frase “tu Dios” que evoca el compromiso de la Alianza: “Vosotros mi pueblo, yo vuestro Dios”.  La adoración es la puerta de entrada a una relación profunda de comunión con Dios; en la medida en que esta relación se fortalece, se comprende mejor lo que podemos esperar de Dios y se deja de manipular la imagen de Dios.   A nosotros nos dice:   En la adoración de Dios comprenderás la grandeza de su amor por ti. Allí encontrarás un Dios fiel, un Padre a quien le importas mucho y que te salvará de las trampas de la vida.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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