La misión de Jesús y sus discípulos: Salir en búsqueda del pecador compartiendo la misericordia y el gozo de Dios

Lucas 15, 1-10 (11-32)

En el trasfondo del evangelio de hoy tenemos la enseñanza de Jesús: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6,36). La finalidad de la parábola es mostrarnos el carácter, la grandeza y las características de la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos. El contexto de la parábola: Las críticas de los fariseos y escribas a Jesús por su praxis de misericordia (15,1-3. El tipo de relación que Jesús entablaba con la gente pecadora era mal visto por los representantes de la ortodoxia religiosa de su tiempo: los escribas y fariseos.  El evangelio comienza diciendo que “todos…”, “todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle” (v.1). ¿Qué hay detrás del éxito de Jesús con estas personas? ¿Qué encontraban en él que los atraía? Mientras los adversarios de Jesús preferían mantener distancia – para no “ensuciarse” con ellas- de las personas de mala reputación y las miraban con desprecio, Jesús, por su parte, iba al encuentro de ellas, anunciándoles la misericordia de un Dios que se arrimaba a ellos sin pudor, dispuesto a perdonarlos y acogerlos de nuevo en la comunión con él.  Jesús era al mismo tiempo el mensajero y el instrumento de esta misericordia.

La dinámica interna de la parábola (15,11-32). La parábola, construida a partir de fuertes contrastes, se ambienta en el mundo de una familia, allí donde las relaciones duelen más. La parábola tiene dos partes: (1) la historia de la conversión del hijo menor (15,11-24) y (2) la historia de la resistencia del hijo mayor para compartir la misericordia y la alegría del Papá (15,25-32).  Como hilo conductor, a lo largo de todo el relato no se pierde de vista nunca al Papá, él es el punto de referencia y  el verdadero protagonista de la historia. (1) La historia del hijo menor está presentada en un camino de ida y vuelta: “Se marchó a un país lejano…” (v.13) y “Levantándose, partió hacia su padre” (v.20ª).  En la ida y vuelta del hijo menor se recorren los cinco pasos de un camino de conversión: a) La ida (vv.11-13) b) La penuria en la extrema lejanía (vv.14-16) c) La toma de conciencia de la situación y la decisión de volver (vv.17-20ª) d) El encuentro con el Padre (15,20b-21) e) La celebración de la vida del hijo (vv.15,22-24).

La enseñanza central de la parábola: el comportamiento del Padre (15,20b-24). Como hemos señalado desde el comienzo, el centro de la parábola está en el encuentro entre el hijo menor y su padre (vv.20b-24). Hacia allá apunta toda la primera parte. Los siervos y el hijo mayor logran comprenderlo, se les vuelve un enigma. Poniendo la mirada en el eje focal de la parábola, vemos en el colorido de las imágenes una catequesis sobre la misericordia: (1) El hijo arrepentido va hacia su Padre, pero al final es el padre el que “corre” hacia su hijo, impulsado por la “conmoción” interior. Esta agitación interna que se vuelve impulso de búsqueda es lo que se traduce por “misericordia”: puesto que el hijo nunca se le ha salido del corazón, la visión del hijo en su humillación y sufrimiento descompone el distanciamiento -quizás normal- que toma quien ha sido herido en su dignidad. (2) El sentimiento (agitación) interno se explicita en siete gestos de amor que reconstruyen la vida del hijo disipado. La misericordia reconstruye la vida del otro: a) El padre que corre al encuentro de su hijo primero “lo abraza” (v.20b): el padre se humilla más que el mismo hijo. No espera sus explicaciones. No le pide purificación previa al que viene con el mal aspecto de la vida disoluta, contaminado en el contacto con paganos y rebajado al máximo en la impureza (legal y física) de los cerdos; el padre rompe las barreras. No hay toma de distancia sino inmensa cercanía con este que está “sucio”, para él es simplemente su hijo.

 En esta parte central de la parábola está el punto de confrontación que manda al piso los mezquinos paradigmas de relación humana representados en el rol que juega el hijo mayor en la parábola: a) El problema no es simplemente “estar” con el padre (“Hijo, tú estás siempre conmigo”, v.31ª) sino de qué manera se está. Mientras el hermano mayor mide su relación con el padre a partir del cumplimiento externo de la norma (“hace tantos años te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya”, v.29ª) y su expectativa es la proporcional retribución (“pero nunca me has dado un cabrito…”; v.29b), la relación entre el padre y el hijo menor se rige por el amor, en el cual lo que importa no es lo que uno le pueda dar al otro sino el hecho de ser “hijo”.  Sale a flote en inmenso valor de la relación y de su verdadero fundamento. Basta recordar qué es lo que le duele al Padre: la “pérdida”, y  para él lo “perdido” no fueron los bienes sino “el hijo mío” (“este hijo mío estaba perdido y ha sido hallado”). b) El hijo menor admite que ha “pecado”, pero el fondo de su pecado es el abandono de la casa, es decir, el rechazar ser hijo. Pedir la herencia es declarar la muerte del padre, es decir la muerte de la relación padre-hijo. Por eso dice: “pequé contra el cielo y ante ti” (v.18 y 21). La vida disoluta es el resultado de una vida autónoma que excluye la relación fundante. En el perdón se reconstruyen todos los aspectos de esta relación y esto es lo que importa en primer lugar: un hijo que redescubre (o quizás experimenta por primera vez) el amor paterno y que se goza en ello porque resurge con una nueva fuerza de vida (“estaba muerto y ha vuelto a la vida”).  El hijo mayor, en cambio, aún en casa, seguirá viviendo como un extraño. c) El redescubrimiento de la filiación lleva a la recuperación de la fraternidad. Por eso el Padre se permite corregir al hermano mayor: le sustituye el “¡Ese hijo tuyo!” (v.30) por “¡Este hermano tuyo!” (v.32). Los caminos de reconciliación con el hermano deben partir del encuentro común en el corazón del Padre, allí donde “todo lo mío es tuyo” (v.31). 

  1. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM
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