JUAN 16,12-15: SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

UN DIOS AMOR QUE NOS INVITA AL GOZO DE SU VIDA EN COMUNIDAD

Frente a la fe imperfecta de los discípulos, Jesús les promete el Espíritu de la Verdad.“Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello” (16,12).

Esta frase de Jesús suena extraña a primera vista, puesto que Él ya antes había dicho: “todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (15,15).  Pero el sentido es éste: si bien Jesús ya lo dijo “todo” en la confidencia de la amistad con sus discípulos, todavía está faltando la comprensión profunda y vital. La frase “ahora no podéis con ello” (16,12b), o más exactamente “no lo podéis soportar”, tiene como trasfondo la imagen de una persona que carga un objeto pesado. De hecho la expresión tan conocida “cargar la cruz” está relacionada con esto. La situación, entonces, es dramática porque –según el evangelio- a la meta sólo se puede llegar caminando detrás de Jesús que carga con la Cruz . Pero aquí el sobrepeso está relacionado con la capacidad de entrar en todo lo que implica la relación del Padre y del Hijo (“Todo lo que he oído a mi Padre”, 15,15). Es conocimiento de: (1) las confidencias entre ellos y (2) de la obra de ellos en el mundo, pero también (3) de la vivencia de esta revelación de amor y salvación.  Es como un avión que, para poder volar alto, no puede llevar sobrepeso. Tengamos en cuenta que el problema no está únicamente en “saber” la enseñanza de Jesús sino en el poder llevarla a la práctica. Y también es verdad que sólo cuando se lleva a la práctica, ésta se comprende plenamente. Esto es propio del conocimiento que se deriva de la fe. Por lo tanto, nos encontramos ante una doble dificultad: (1) la que proviene de nuestra capacidad limitada para entender las enseñanzas de Jesús y (2) la que proviene de nuestra capacidad limitada para practicarlas. La única solución posible es la pedagogía: hacer itinerarios, recorrer el camino gradual de maduración de la fe. Esta es la obra del “Paráclito”: precisamente este título significa “el que ayuda”.

El Espíritu Santo es “pedagógo” que nos conduce hasta el profundo misterio de Dios. “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la Verdad completa” (12,13). La obra del Espíritu tiene tres acentos:(1) Es pedagógica. Hay un leve matiz en la frase: “Os guiará progresivamente”. Se trata de una labor de inducción, hecha poco a poco. (2) Está centrada. Su horizonte es la “Verdad”. Se trata de la “Verdad” de la presencia del amor de Dios en el mundo, llevada a cabo en el Verbo encarnado. (3) Es completa. El objetivo que pretende alcanzar es “la Verdad completa”: se trata de una globalidad, o mejor, de una visión global y perfecta de la obra que Dios –en su fidelidad con la creación y el pueblo con el cual hizo alianza- ha querido llevar a cabo.

La vigencia y la pertinencia de la eterna novedad del Resucitado. Bajo la clave pascual comprendemos mejor la obra del Espíritu: la cristificación del mundo. El Espíritu “guía” a cada discípulo y a la comunidad de los creyentes para hacer presente el “hoy pascual” de la obra de Jesús, el Señorío de Cristo, en cada una de las circunstancias que se dan en la humanidad y también en cada uno de los nuevos desafíos que van apareciendo en cada nueva etapa de la historia. Lo que aquel día en el cenáculo los discípulos no estaban en condiciones de “soportar” tenía que ver, entonces, con la captación de la gran unidad de la revelación que, a pesar de haber sido dada plenamente en Jesús, no se capta sino en la medida que va entrando en contacto con todas y cada una de las realidades humanas que emergen a lo largo del caminar histórico. En fin, el Espíritu Santo lo centra todo en el Plan de Dios y por lo tanto en la persona de Jesús que, como Verbo encarnado, lo ha llevado a cabo en el mundo mediante el doble movimiento de “salida” del Padre y “subida” al Padre (ver 16,28). Su “salida” es venida que inserta el amor de Dios en las tinieblas y las estructuras egoístas del mundo. Su “subida” –pasando por la Cruz- lleva a los que entran en su camino hasta la comunión de amor, luminosa y gozosa, de Dios, en la plenitud de la vida.

La Trinidad Santa nos habita de manera inefable. Gracias a la “guía” del Espíritu que todo lo conduce “hasta la Verdad completa”, nuestra vida se va paulatinamente cristificando, impregnando en nosotros el rostro del amor.  La identidad con el Hijo, la participación en su gloria, nos hace posible unirnos al amor de los Tres, compartir su vida de alabanza recíproca, de amor y de gozo, y meditar largamente y en profunda paz las confidencias del Uno y del Otro a través de la escucha de lo que el Espíritu nos coloca en el corazón.

Siendo todo esto así, no se puede ser cristiano completo sin vivir en la Trinidad, porque la novedad de la vida bautismal –somos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”- está iluminada por un amor transformante del Dios familia: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5,5). 

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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