LUCAS 10, 1-12. 17-20. JESÚS FORMADOR DE LOS MISIONEROS: PARA SER BUENOS OBREROS DEL EVANGELIO

Jesús envía un número amplio de misioneros (10,1). El número de los “setenta (y dos)” enviados corresponde al número de las naciones paganas en Génesis 10. Estos misioneros simbolizan a las naciones del mundo y prefiguran la misión universal que se desarrollará en Hechos 13-28. Uno de los puntos llamativos en el evangelio de hoy es precisamente que hay otras personas diferentes a los Doce involucrados en la tarea misionera. Aquí hay una lección nueva sobre la misión. De hecho, Lucas es el único evangelista que menciona la misión de los setenta (y dos).  Como se nota allí, la misión que simboliza universalidad no es llevada adelante por los Doce, si bien siempre estará en comunión con las directivas de los Doce.(1) La dimensión comunitaria y testimonial aparece subrayada desde el principio en el dato “los envió de dos en dos” (10,1b), o sea que ninguno va solo. Esta cifra específica nos recuerda que para la validez de una declaración ante un tribunal, por ejemplo, se requería al menos otro (testigo) que validara o negara lo dicho; a lo cual podemos agregar la importancia del apoyo mutuo y aún –si es del caso- de la corrección fraterna en medio de la misión.

La oración por la provisión de misioneros: primera actividad apostólica. La primera indicación práctica que Jesús da es la oración: “Rogad”. La mirada se coloca –como siempre lo hizo el mismo Jesús- en el Padre, quien es el “dueño de la mies”. La fuente de la misión es Dios mismo. El misionero debe tener siempre presente que es un “obrero”, que está al servicio de un campo de trabajo que no es suyo, que por él consagrará todas sus energías aún en el momento en que llegue a sentir que la tarea lo supera (“la mies es mucha”).

Conciencia de la fragilidad pero también de donde proviene la fortaleza. Jesús mismo responde la oración por el envío a la misión: “Id” (10,3ª). Y enseguida describe con una sola frase el ambiente de hostilidad que le aguarda a los misioneros: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos” (10,3b). La metáfora de los lobos y los corderos manifiesta la dolorosa desproporción. En fin, puesto que la misión no es fácil, hay que estar preparados incluso para el fracaso. De ahí que los misioneros, conscientes de su fragilidad, deben tener muy en claro dónde está su fortaleza.

Tres ámbitos del ejercicio de la misión: el camino, la casa y la ciudad. (1) El camino: La sola figura del misionero en el camino, a la vista de todos, ya es diciente: es una persona despojada de los implementos necesarios para el viaje, que no tiene ambiciones personales y que –por el contrario- está completamente abandonada a la providencia de Dios. Se parece entonces a Jesús (ver 9,58); se anuncia así la belleza de la filiación. La prohibición “no saludéis a nadie en el camino”, se refiere al detenerse saludando a los amigos o familiares, en conversaciones que en el antiguo oriente se prolongaban indefinidamente; por lo tanto es una forma de volver atrás, hacia las preocupaciones mundanas, y perder la concentración en el servicio de la Palabra de Dios. La misión tiene urgencia, no da espera ni admite distracciones ni pérdida de tiempo en cosas inútiles. (2) La casa: Si en el camino no hay que detenerse, en una casa sí hay que hacerlo. El mismo Jesús da ejemplo de esto en numerosas ocasiones en el evangelio, por ejemplo, el pasaje de Marta y María (ver 10,38-42). La evangelización de la familia pide dedicación e inserción completa: se comparte la vida de la familia. Cuando el misionero encuentra una respuesta (aunque sea la mínima) debe permanecer en esa casa poniéndose al servicio del bien de la gente. Las reglas de la hospitalidad mandan que la acogida del huésped incluya la alimentación y la dormida y esto ya es al mismo tiempo “su salario”. Hay que hacer procesos de evangelización completos, no dejar tareas inconclusas, por eso: “No vayáis de casa en casa”. (3) La ciudad: Se prevén dos posibilidades: la acogida (10,8-9) y el rechazo (10,10-12). En caso de acogida, se repite a gran escala lo que se ha dicho sobre la evangelización de la familia. La acogida se expresa en el ofrecimiento de alimentos (regla oriental) quizás en la puerta de la ciudad, los discípulos deben aceptar (10,8). Cuando los misioneros son rechazados durante la tarea misionera (10,11), se les recuerda una instrucción parecida a la ya dada a los Doce (en 9,5): Sacudir las sandalias era una manera oriental de mostrar que no apoya la injusticia reinante. Con el gesto quiere decir: “entre Ustedes y nosotros no hay ninguna responsabilidad; asumirán el rigor de las consecuencias negativas de su equivocada decisión”. La referencia a la ciudad de Sodoma, símbolo de la ciudad pecadora, es aquí un aviso del lamentable destino que le espera a quien se negó conscientemente a la salvación. De esta manera el misionero exige una decisión y hace caer en cuenta de la seriedad de la respuesta. El misionero no cambiará su mensaje para ganarse el favor de la gente: la predicación sigue vigente. Con todo, deja una puerta abierta para la conversión en cualquier momento: “Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca” (10,11b). 

El regreso de la misión: toda una fiesta (10,17-20). El discípulo se maravilla por dos razones: (1) por la obra de Dios en la historia humana: la destrucción del mal y el destronamiento del maligno (10,17b-18), han sido vencidas las fuerzas de la muerte; (2) por haber sido instrumento de esta victoria (10,19), Jesús le ha dado su “poder” y por lo tanto poseen un poder más fuerte que el de Satán; y (3) porque sus nombres “están escritos en los cielos” (10,21): ellos se han ocupado de la obra de Dios, pero Dios se ha ocupado también de ellos (Él ha “escrito” sus nombres) asegurándoles su salvación en la comunión definitiva con Él en la eternidad. Los misioneros de la “paz” entran en ambientes difíciles, “como corderos en medio de lobos”, llevando la reconciliación a los caminos, a las casas y a las ciudades. Su anuncio del Reino al mismo tiempo que cura al hombre aniquila el poder del maligno. Ellos no sólo trabajan arduamente sino que también celebran gozosamente en la alegre dulzura de Jesús. Y esta certeza los acompaña siempre.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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