El sacerdote, como hombre de Dios y servidor de los hombres, no puede permanecer indiferente ante la cultura en la que está inmerso. San Pablo afirma: “Me he hecho todo para todos, para salvar a algunos a toda costa” (1 Co 9,22). Este hacerse cercano implica conocer el lenguaje, los símbolos y las expresiones culturales que modelan la vida de las personas, para poder anunciar el Evangelio de un modo eficaz.
San Juan Pablo II afirmaba que la fe no empobrece la cultura, sino que la eleva y la purifica: “Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”[1]. El sacerdote, por tanto, está llamado a hacer de la cultura un terreno fecundo donde la Palabra de Dios pueda encarnarse y hacerse fecunda.
Benedicto XVI, por su parte, subrayó que la verdad del Evangelio se dirige también a la razón humana y a sus expresiones culturales: “La fe tiene necesidad de la razón y la razón de la fe; separadas, se debilitan” [2]. El sacerdote, como maestro de la fe, debe mantener vivo este diálogo entre la tradición cristiana y las búsquedas culturales de nuestro tiempo, pero sin vender jamás la verdad. Hay principios que son innegociables. De hecho, Benedicto XVI habla mucho de la Cáritas in veritate, sin embargo, hay que recordar que también es importante la Véritas in caritate, pues no hay mayor acto de caridad que ilumniar a otros con el esplendor de la verdad. Tanto uno como otro principio son fundamentales para encarnar el Evangelio de un modo adecuado.
El Papa Francisco, por su parte, ha recordado incluso la importancia de la literatura en la vida del sacerdote, afirmando que el pastor necesita ensanchar su corazón con la belleza y la hondura que ofrecen los buenos libros: “Un sacerdote que no lea, que no se alimente también de literatura, de poesía, de arte, está incompleto”[3]. La cultura, y en particular la literatura, ayudan al sacerdote a entrar más profundamente en la condición humana, a comprender sus gozos y sufrimientos, y así anunciar el Evangelio con mayor encarnación y ternura. De hecho, ministros como el gran Charles Moeller, sacerdote belga apasionado de la relación del Evangelio con la literatura de todos los tiempos, es un gran ejemplo de que se puede encarnar el mensaje de Jesús sin por ello renunciar a la verdad.
La relación del sacerdote con la cultura no es, pues, algo accesorio, sino esencial a su misión evangelizadora. Al igual que Cristo se hizo carne en una cultura concreta, también el sacerdote está llamado a dejar que el Evangelio ilumine, purifique y fecunde la cultura de su pueblo, para que allí resplandezca la novedad siempre viva de Jesucristo.
P. Carlos Andrés
[1] Discurso en el Encuentro con el mundo de la cultura, México, 1990.
[2] Discurso en Ratisbona, 2006.
[3] Encuentro con sacerdotes, Roma, 2015.







