EL CAMINO DE JESÚS Y EL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA. Juan 2, 13-25

EL CAMINO DE JESÚS Y EL DISCÍPULO HACIA LA PASCUA 

Una nueva manera de edificar y de vivir “La Casa de mi Padre”

Juan 2, 13-25

 

Este pasaje se encuentra después del relato de las bodas de Caná (ver 2,1-12). Luego del paréntesis que describe la permanencia de Jesús con su familia y sus discípulos en Cafarnaúm –en Galilea- (2,12), el evangelista nos presenta la primera peregrinación de Jesús y sus discípulos a la ciudad santa de Jerusalén (2,13). Así, entre el signo de Caná y el nuevo signo de Jesús en el Templo de Jerusalén se establece una continuidad: Jesús se está “revelando” y su revelación encuentra la acogida de unos pero también la contestación por parte de otros. En contexto adquiere relieve la tercera escena de discipulado del evangelio según san Juan.

Jesús viaja como peregrino a Jerusalén (2,13). “Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén”. La narración del ministerio de Jesús en el cuarto Evangelio comienza con la participación del Maestro en dos fiestas. De la fiesta de Caná de Galilea, donde “manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos” (2,11), pasamos a la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Jesús aparece en escena como un peregrino desconocido que viene a Jerusalén y allí entra en el Templo. Es curioso, este mismo hombre que ha recorrido tranquilamente las rutas del país y que ha salvado de forma eficaz la fiesta de Caná, ahora se muestra bajo otro aspecto: un peregrino anónimo. En esta ocasión, Jesús no contribuye a salvar y a aumentar la alegría de la fiesta sino que más bien parece amargárselas a unos cuantos.

Expulsión de los vendedores del Templo (2,14-17). Jesús realiza un acto de purificación del Templo, el cual está siendo profanado. Con este gesto llamativo comienza, según el evangelio de Juan, el ministerio de Jesús en Jerusalén. Los otros evangelistas prefieren colocar este episodio en la antesala de la pasión de Jesús, si bien también para ellos esta es la primera acción de Jesús en Jerusalén. Con lo que Jesús entra en choque no es con el mercado en sí, sino con el modo como se entiende la honra debida a Dios en el templo. Si bien, podía también ser práctico tener animales y monedas a la mano -y todo ello bajo el control directo de las autoridades del Templo-, para Jesús esto no va de acuerdo con la concepción que él tiene de “la casa del Padre”.

Una nueva visión del Templo. Jesús llama a Dios “mi Padre” y, con base en ello, regula el comportamiento que más se adecua con esta concepción particular que tiene del Templo. Por tanto, no todo se puede tolerar, no todo lo que parece práctico o da dinero es necesariamente conveniente.

Comerciar animales para el sacrificio es, en principio, una actividad honrosa, pero Jesús la considera alejada del sentido del lugar de la presencia y de la veneración de Dios. Es verdad que esta actividad comercial se realizaba según los mandamientos de Dios. Pero para Jesús el comercio y la casa de Dios deben ser tratados como asuntos claramente distintos. Jesús ve los abusos y, frente a ellos, no permanece indiferente ni da dilaciones sino que interviene con autoridad definiendo abiertamente su visión del Templo: en la casa del “Padre mío” lo que debe ocupar los pensamientos, las preocupaciones y toda la actividad es el Padre mismo, todo lo demás hay que quitarlo de en medio. Como observadores privilegiados del acontecimiento aparecen los discípulos. Ellos no se limitan a observar sino que con su reflexión avanzan el sentido del signo: “Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará” (2,17).

Controversia con las autoridades (2,18-20). Con la pregunta de los judíos “¿Qué señal nos muestras para obrar así?” (2,18), se toca el tema fundamental de todos las controversias que las autoridades van a tener con Jesús a lo largo del Evangelio. Jesús les muestra, con palabras cargadas de profundo significado, el signo de todos los signos, la última y decisiva confirmación de su propia obra y de su propia reivindicación. La respuesta de Jesús es: “Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré” (2,19b). Con la frase sobre la destrucción del Santuario y la reconstrucción –por parte de él- en tres días, Jesús le está diciendo a los judíos: “Ustedes me van a matar, pero al hacerlo lo que logranes darse a ustedes mismos la máxima y definitiva respuesta de lo que les he dicho. Pues bien, a partir de esto, yo cumpliré mi obra y me revelaré definitivamente”.

Las autoridades malinterpretan el signo de Jesús. Pero la reacción ante el nuevo signo de Jesús es una mala interpretación: los adversarios entienden sus palabras como una simple referencia al templo de piedra, como un edificio que se viene al piso y no como un signo de Dios en la persona de Jesús: “Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” (2,20b). Ya desde esta primera confrontación, se evidencian las consecuencias del conflicto mortal. Pero la última palabra es la de Dios mismo. Pues bien, la resurrección confirmará a aquel que por causa de su obra y por declararse “Hijo” (la “casa de mi Padre”) será conducido hasta una muerte violenta. Por medio de esta muerte será construido el nuevo templo. Por tanto: Jesús resucitado es el “lugar” definitivo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Y viceversa, Jesús resucitado es el “lugar” de la adoración de Dios por parte de su pueblo, es la perfecta “casa del Padre”. Se delinea desde el principio del Evangelio cuál será la meta del camino de Jesús: su muerte; pero la última palabra será la que pronuncie el Padre: la resurrección de Jesús.

Todo un camino por recorrer: El discipulado y la memoria del camino. Los discípulos tienen ante ellos un largo camino por recorrer, ellos no siguen a Jesús solamente para acompañarlo sino también para comprenderlo y constituirse en sus testigos. La vida en común con el Maestro no les da, por tanto, una comprensión instantánea y completa. Se requiere la permanencia, la fidelidad en el camino con Jesús, para poder llevar dentro de sí lo que van viviendo. Solamente permaneciendo en esta fidelidad y paciencia, es que el discípulo puede ser conducidos hasta la plena comprensión. Es la meta del camino de Jesús, lo que da la luz –retrospectivamente- sobre los acontecimientos todavía oscuros, es lo que permite que comprendan su persona, que capten el sentido de sus palabras, de sus obras y todo su camino terreno. En pocas palabras: solamente la resurrección dará la luz que ilumina toda oscuridad.

El discipulado: una síntesis única del camino vital en la fe. Como sucedió también con el signo de las bodas de Caná, el evento del Templo tiene un significado particular para los discípulos de Jesús. Así como a través de lo que el Maestro hizo ellos vieron su gloria y creyeron en él (2,11), igualmente, a la luz de la resurrección, los discípulos comprenderán el significado de su palabra y de su obra. “comprenderán”, con la ayuda de la Sagrada Escritura, la muerte de Jesús y creerán en la Escritura. Pero comprenderán también la palabra de Jesús y creerán en él. La palabra de Jesús adquirirá para los discípulos el mismo peso de la Palabra de la Escritura y se convertirá para ellos en Palabra de Dios.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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