Como presbíteros, somos los primeros en vivir con gran intensidad la Semana Mayor. Si, días en que actualizamos de manera solemne el misterio redentor de Cristo.
Los sacerdotes en esta Semana Santa recordamos y actualizamos de manera especialísima dos misterios salvíficos: la institución de la Eucaristía y la institución del Sacerdocio. El jueves santo es un día en el que todo presbítero ha de maravillarse por ser objeto de la elección y el llamado de Cristo a ser su amigo íntimo y partícipe de sus poderes para que sea prolongación de su obra redentora en favor de los hombres. Es él, el sacerdote, quien ha sido consagrado y autorizado por el mismo Jesucristo para actualizar a través de la eucaristía, el misterio de su Cuerpo Entregado y su Sangre Derramada. Y, así, actualizar permanentemente aquel “Amor hasta el extremo” (cfr. Jn 13,1) que sana, libera, ilumina, alimenta, conforta, alegra, da plenitud de vida a todo aquel que lo recibe en la fe del corazón.
Semana Santa, es pues, un tiempo para que los sacerdotes nos maravillemos del misterio de Cristo y también del misterio del sacerdocio del que Él nos ha hecho partícipes por pura misericordia; redescubrir nuestro ministerio sacerdotal como un ministerio de Amor hoy es de gran importancia en una sociedad donde la indiferencia, el egoísmo, el narcisismo parecen imponerse. Donde el odio aparece aquí y allá enfermando los corazones de los hombres, transmitiéndose como una enfermedad silenciosa y terrible. Jesús se nos presenta en la Escritura como médico (Mt 9,12; Mc 2,17; Lc 5,31), Jesús vino a sanar a los hombres a través del amor. Una de nuestras misiones como sacerdotes es ayudar a las personas a aceptar que somos enfermos, pecadores y que solo la medicina del Amor de Dios, traída por Cristo, nos puede sanar.
El hijo de la Santísima Virgen María vino al mundo con una misión: revelar al mundo el Amor infinito del Padre. Él es en su persona y su vida el Amor Revelado y hecho carne. Ahora, Jesús reveló al Padre a sus discípulos y les confió la tarea de transmitir esta revelación. Los sacerdotes tenemos la misión de hacer tomar conciencia a todo criatiano bautizado que, por ser discípulo de Jesús es luz y puede revelar al mundo el Amor. Desde luego, los sacerdotes somos los primeros responsables de esta revelación continuada. Dios se reveló a los hombres por medio de Jesucristo, Él continúa revelándose al hombre por medio del sacerdote. Por tanto, los ministros del Señor debemos convencernos que, después de Cristo, somos la revelación sensible de Dios a través de los siglos, que somos una misericordiosa extensión del gran misterio de la encarnación. Decía la Venerable Madre Luisa Margarita Claret de la Touche “Los designios de Jesús, sus deseos son simples: volver a levantar el mundo, sustraerlo de la frialdad escéptica, de ese espíritu de paganismo que lo envuelve; en esta obra necesita colaboradores y llama a sus sacerdotes; y antes de emplearlos en el gran trabajo de la renovación del mundo les abre los tesoros de Su amor indefectible. Les dice: “ venid y sacad de Mi Corazón la luz, la fuerza y la vida”.
Preparémonos pues a vivir esta Semana Santa como un tiempo de profunda renovación de la fe y de nuestro ministerio. Que en todas las celebraciones podamos manifestar el Amor de Cristo a todos aquellos que están sedientos de Dios.
Pbro. José humberto







