ENFRENTAR LOS CONFLICTOS CON VALENTÍA

Una cruda realidad: el misionero ante los peligros una vez que Jesus terminó las primeras instrucciones a sus apóstoles dijo: “Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos™ (10,16). Desde ese momento se capta que la misión implica peligros: juicios en los “tribunales” , “azotes” (10,17b) e incluso “muerte” (10,21). Una frase de Jesús describe crudamente este ambiente de persecución y rechazo: “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (10,27). Todo esto hay que entenderlo como una verificación de la estrecha comunión del discípulo con su Maestro, es decir, es parte del seguimiento: “No está el discípulo por encima del Maestro… Ya le basta al discípulo ser como el Maestro”.

Enfrentar los miedos. Lo normal es que uno sienta miedo. El miedo surge cuando uno capta que la integridad de uno está amenazada, cuando uno percibe que dicha amenaza es más fuerte y que se es incapaz de vencerla o superarla, de defenderse o escaparse. En principio, el miedo es una alerta que nos hace ver el peligro que se acerca y que puede hacernos daño, oprimirnos y perjudicarnos. Es normal que temamos por nuestra seguridad (un robo, un ataque violento, un accidente…). Pero también es verdad que tenemos miedo de perder la estima de los otros, que nos difamen, que nos quiten la tranquilidad, que nos desacomoden de nuestra posición y bienestar: la nuestra y la de nuestros familiares. Uno tiende a apreciar más las cosas cuando está a punto de perderlas: la vida se valora más cuando está amenazada. Sentimos que no podemos asegurarlo todo con nuestros propios esfuerzos. Todo lo que somos y nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas. es objeto de amenaza. de recelos y temores. Cuando una persona se hace cristiana no está exenta de este tipo de problemas. antes. por el contrario. por su fe que va en contravía de los intereses egoístas de muchas personas. Un discípulo parece expuesto a conflictos, rechazos y amenazas. Lo mismo vale para quien tiene la tarea de liderar, particularmente en el ámbito de la misión, así como lo describimos arriba.

El dilema de los discípulos- misioneros. En el texto afloran cuatro “miedos” del misionero: Miedo a hablar en público (10,26-27) Miedo a que destruyan su integridad física (10,28-31), o más bien deberían tener miedo a perder la salvación (“muerte del alma”) (10,28- 31) o perder la comunión definitiva con Jesús. Podríamos plantear el dilema que enfrenta un misionero cuando está ante un peligro: ¿Qué es lo que deben hacer los apóstoles que, precisamente por cumplir la misión que Jesus le encomienda son criticados y perseguidos? ¿Dejar la misión? ¿Renunciar a su confesión de fe para sobrevivir en medio del ambiente hostil? ¿Aplazar la tarea para cuando lleguen tiempos mejores? ¿Amoldarse a la vida de la sociedad haciendo concesiones que le eviten los conflictos? ¿Quedarse callados ante lo que sucede en el mundo y permitir que todo siga como siempre?

La enseñanza de Jesús. La enseñanza de Jesús a los misioneros gira en torno a una misma expresión que tres veces repite con fuerza: “¡No tengan miedo!”: “No les tengáis miedo. Pues nada hay encubierto que no haya de ser descubierto” (10.26) “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (10.28) “No temáis, pues, vosotros valéis más que muchos pajarillos” (10.31). Jesús no niega que los misioneros pasarán por momentos amargos. El mismo se refiere a ello varias veces y quiere que sus apóstoles no se hagan falsas ilusiones: su tarea de anunciar el Reino y su pertenencia a él en calidad de discípulos los hacen mucho más vulnerables ante el entorno social. Pero a pesar de todo, Jesus les dice: “No tengan miedo”. Es como si les dijera: “No se dejen doblegar por el miedo de manera que el tratar de salvar sus vidas los vuelvan desleales a mi e incompetentes ante la tarea que les encomendé. ¡No se dejen apabullar! Que las amenazas no silencien a los profetas!”. En otras palabras, es natural para aquel que es perseguido sentir miedo frente a los perseguidores, pero el miedo no lo debe paralizar,  intimidar, cohibir, llevar a disfrazar su opción o a cambiar de camino.

En torno a la triple repetición del “No tengan miedo”, se articulan las tres partes de la enseñanza de Jesús: (1) El misionero no se puede silenciar. al contrario debe proclamar con mayor fuerza (10.26-27); Que no se callen los evangelizadores! (2) El misionero debe tener la mirada centrada en lo esencial: la vida que el Padre Creador le ofrece y que nadie le puede quitar (10.28-31); Que no teman dar el paso los mártires; (3) El misionero debe ser fiel a la persona de Jesús: en el confesarlo o negarlo se juega la comunión definitiva con El (10,32-33). ¡Que no se callen los confesores! Como puede verse, en el centro está el Dios Padre de Jesús: Él es la realidad determinante frente al cual nada debe ser preferido, a cuya voluntad nada escapa, quien cuida a los suyos con amor paterno.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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