El tema de la mediocridad en la vida sacerdotal, como en toda vocación, hay que estarlo revisando permanentemente, porque el hombre por su naturaleza débil tiende a la medianía. Personas que se den de manera generosa, total, radical a su estado de vida o tarea no es algo tan común o mejor dicho, tan permanente. Pareciese que mantener la continuidad en la entrega sea algo de héroes, y quizá sea verdad. El heroísmo al fin de cuentas es algo propio de los verdaderos cristianos, de los mártires. Vale la pena mencionar aquella estrofa de laudes del común de un mártir que dice “Martirio es el dolor de cada día, si en Cristo y con amor es aceptado, fuego lento de amor que en la alegría de servir al Señor es consumado”. La mediocridad tiene su relación con la mundanidad espiritual, en el sentido de que podemos estar ejerciendo el sacerdocio por momentos y dedicándonos a otros intereses ajenos al ministerio casi desapercibidamente. El riesgo está en que estemos dedicando más tiempo a nuestros intereses que al propio ministerio. La mediocridad es una enfermedad peligrosa, porque es una enfermedad sin dolores y sin síntomas. Quien la padece puede estar alegre y pensar que está haciendo las cosas bien. Con frecuencia es necesario un gran dolor para darnos cuenta de la mediocridad y hace falta un gran esfuerzo para salir de ella. Pero, ¿cómo se da cuenta el sacerdote que está padeciendo la enfermedad? algunos signos nos pueden advertir de ello: no manejar un horario que nos ayude a poner en orden la vida, cayendo permanentemente en las prisas y las indecisiones; descuidar con cierta frecuencia la necesaria preparación de la homilía; descuido del rezo completo de la liturgia de la horas; la falta de unción en la celebración de la eucaristía y los otros sacramentos; sacarle fácilmente el cuerpo a tareas que requieren un poco más de esfuerzo; cayendo frecuentemente en la procrastinación; no tener un espacio del día para el estudio; descuido de la oración personal diaria, entibiamiento de la caridad pastoral, etc,.
Vencer la mediocridad en la vida consagrada, requiere ante todo una motivación constante, y no puede haber otra motivación mejor ni más poderosa que el amor a Cristo. La persona enamorada está siempre pensando en el amado y en cómo agradarle. Por ello, se debe cuidar mucho los medios que nos lleven a mantener el amor y a crecer en el amor al Señor. San Pablo VI en el número 75 de la Sacerdotalis caelibatus nos decía: “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio…”. Este pontífice también nos daba una pista importantísima para conjurar la mediocridad, señalando como debíamos realizar nuestras tareas: “ Hacer voluntariamente, sencillamente, humildemente, fuertemente, el deber resultante de las circunstancias en que me encuentro, como voluntad tuya. Hacerlo pronto. Hacerlo todo. Hacerlo bien. hacerlo alegremente. Lo que Tú quieras de mí ahora, aunque supere inmensamente mis fuerzas y aunque se me pida la vida…” (Del pensamiento sobre la muerte. Meditación de Pablo VI); estas características pueden ser un buen examen de conciencia que nos ayudaría mucho a estar atentos ante las tentaciones permanentes de mediocridad en nuestra vida.
Los sacerdotes debemos estar siempre alertas de no caer en la “tentación de normalidad” o comodidad, reduciendo el ministerio a puro funcionalismo interesado. Es conveniente una sana y permanente autocrítica, teniendo como base el ministerio de Jesús y su entrega total y desinteresada. Como decía San Pablo VI debemos procurar vivir el ministerio sacerdotal a altas temperaturas, es decir con ardor pastoral y misionero.
P. José Humberto







