El sacerdote, como toda persona humana debe apuntar a un ideal en su vida. Un propósito que le lleve todos los días a irse superando, crecer, alcanzar su máxima realización. En el campo profesional, por ejemplo, cualquier estudiante al terminar su carrera debe seguir un proceso ininterrumpido de actualización en su saber particular si pretende ser un profesional que responda adecuada y eficientemente a las necesidades que presenta una sociedad que vive en constante cambio. Todo profesional, debería llevar en su corazón el deseo de ser el mejor, de responder a las expectativas y necesidades que tiene el mundo actual y de aportar para el avance, desarrollo y bienestar de la comunidad en la que vive. Pues bien, aunque el sacerdote no es un profesional en cuanto no se prepara para ejercer una profesión sino para asumir un llamado, una misión desde la Iglesia para toda la sociedad, también debe llevar en su corazón el deseo de ser el mejor, de responder a las necesidades y expectativas que le plantea el mundo y la Iglesia, según su tarea particular, y de aportar para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo.
En uno de sus escritos san Maximiliano María Kolbe, sacerdote polaco, escribía: “la salvación y la santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más sublime de nuestra vida apostólica”.
Con estas palabras el padre Maximiliano nos deja ver cómo entendió bien cuál era su ideal como sacerdote, a la vez que el programa de vida que debía asumir si quería en verdad responder al llamado y la misión a la que Jesús lo invitaba. Este ideal es de un sacerdote que, parafraseando a san Agustín, ha llegado al “amor de Dios hasta el desprecio de sí” y ha comprendido lo que implica comprometerse a fondo en la edificación de la ciudad de Dios.
Detengámonos en lo que dice San Maximiliano. El ideal de nuestra vida apostólica debe ser la salvación y santificación más perfecta del mayor número de almas. En primer lugar, cabe resaltar que debemos entender la “vida apostólica” como la conjunción entre la vida de oración y la actividad pastoral, es decir toda nuestra vida totalmente consagrada al ideal. En segundo lugar, señala san Maximiliano el punto focal del ideal “la salvación y santificación más perfecta del mayor número de almas”. La salvación implica llevar a las personas al encuentro con Cristo, a la fe y a la recepción de la gracia santificante. La santificación más perfecta, implica acompañar las personas, caminar con ellas en un proceso permanente de identificación e imitación del Señor. Por eso, señala claramente san Maximiliano: “el mayor número de almas”, por que debemos ser humildes y a la vez audaces; entender que el único que salva es el Señor, que nosotros somos mediación de esa salvación, pero que tenemos que hacer todo lo que esté de nuestra parte para llegar al mayor número de personas.
Tomarnos en serio este ideal, supone, entonces, estar permanentemente examinándonos sobre lo que nos ocupa, nos distrae, nos estanca y no permite abarcar o ampliar nuestra cobertura evangelizadora. Supone crecer en espíritu de pobreza, para no estar deseando otra cosa que llegar a las personas con el don de Dios. Preguntarnos permanentemente en todo lo que hacemos si estamos buscando la gloria de Dios o la propia. ¿Qué nos impide entregarnos totalmente?
Este ideal sacerdotal choca hoy, en muchas partes, con una realidad de indiferencia religiosa, secularismo, superficialidad antropológica. Otras veces choca con ideales distintos que se van infiltrando de manera casi imperceptible debido a valores o metas que nos quieren imponer desde la propia familia, la sociedad de consumo o la cultura secular. También se puede ir diluyendo el ideal bajo el peso de la rutina, los fracasos pastorales, el cansancio. La misma evolución de nuestro proceso de desarrollo humano, si no va bien acompañado del trabajo espiritual sobre nosotros mismos, puede causar la pérdida de sentido completo del ideal.
Es por ello sumamente importante caer en la cuenta que el ideal sacerdotal no se sostiene por sí mismo, que necesitamos constancia y disciplina en la vida de oración, reflexión personal y ejercicio permanente de fe, esperanza y caridad. Además, estar sumamente alertas para vivir la coherencia entre lo que hemos asumido como ideal y nuestra manera de actuar, de hablar, de reaccionar, etc. Además, es esencial que el ideal sacerdotal sea compartido con los hermanos sacerdotes, para ello, sería muy de desear contar con grupo de apoyo y acompañamiento sacerdotal con el cual poder caminar, evitando la sensación de ir en solitario o bajo una concepción subjetiva o particularista del ideal sacerdotal. Finalmente, no olvidar que un ideal es un ideal, es decir, una meta hacia la cual siempre voy en camino, entre retrocesos, avances, tropiezos, pero sin renunciar nunca al propósito fundamental. El ideal sacerdotal, no lo olvidemos, es lo que mantendrá nuestra vida sacerdotal en tensión de santidad.
P. José Humberto







