TRABAJADORES EN LA VIÑA DEL SEÑOR (II):
Lo decisivo no son las palabras sino los hechos
Mateo 21,28-32

La parábola de los dos hijos: 21,28-31b. La parábola quiere, en la imagen de dos hijos, personificar el comportamiento de los líderes judíos que se oponen a la predicación de Juan Bautista y de Jesús. “Pero, ¿Qué os parece?”. El diálogo de Jesús con los sumos sacerdotes y ancianos en el Templo (21,23), continúa por una nueva ruta. El hecho de que la parábola se narre en medio de dos preguntas, “¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”, implica que lo que se quiere es provocar una reflexión. “Un hombre tenía dos hijos”. Ya desde el principio es diciente el hecho que se hable de un “papá” y no de un patrón. Tenemos un ambiente que nos permite comprender de qué manera Dios nos quiere manifestar su voluntad: es el ambiente del amor, no del sometimiento absurdo.

“Se acercó a…”, “le dijo…”, “le respondió…”, “fue”/“no fue”. Ya notamos la simetría entre las dos partes de la parábola. Sigue llamando la atención que ambos hijos son interpelados por el padre de manera cordial y son invitados a ir a trabajar en la viña; no hay coacción: les habla con afecto, como a “hijos”. Pero la reacción de cada uno frente al cariño del padre es dramática: el primero responde con un elegante y amable “¡Sí, Señor!”, pero no va a la viña, no mueve ni un solo dedo; el segundo responde con un brusco y maleducado “¡No quiero!”, pero luego reconsidera su actitud y va a trabajar en la viña. Ambos hijos se contradicen a sí mismos entre lo que “dicen” y lo que “hacen”, pero también se contraponen entre sí. El esquema que se deduce es: (1) Primer hijo:  Palabra: Un “no” tajante Hecho: un “sí” con obras: (2) Segundo hijo:   Palabra: Un “sí” cortés Hecho: un “no” a la obra. El caso más dramático es el segundo, donde el hijo llama a su papá “Señor”. A pesar de darle el título máximo de respeto, su desobediencia es total. Una ironía que nos remite a la enseñanza del Sermón de la Montaña: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Un detalle interesante: dada la estrecha simetría que hay entre los dos encuentros con el padre, el hecho que no se menciona el “se arrepintió”, en el caso del segundo hijo, apunta a que éste nunca tuvo la intención de hacer lo que asintió verbalmente: no es que haya cambiado su decisión sino que desde el principio dijo palabras vacías. En la aplicación de la parábola se describe por una parte, el comportamiento de las máximas autoridades judías, y por otra el de los publicanos y pecadores, con relación a la voluntad de Dios, así como era anunciada por Juan Bautista. La lección que se deduce de la parábola de “los dos hijos” es que lo decisivo no son las palabras sino los hechos: sólo quien realiza plenamente el deseo del padre, cumple su voluntad. ¿Es este el caso de los líderes judíos que se jactan de estar en sintonía con Dios, despreciando a los pecadores y desconociendo la predicación que Juan hace en nombre de Dios?

Una respuesta que termina auto-inculpando. “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Le responden: “El primero”. Tanto Jesús como sus adversarios están de acuerdo en el hecho que la voluntad del Padre solamente se realiza cuando se lleva a cabo lo que él manda hacer. La respuesta, que es obvia, se convierte en una especie de trampa que hace pasar a los sumos sacerdotes y ancianos de acusadores a acusados: se juzgan a sí mismos.

La profundización. ¿Por qué unos entran en el Reino y otros no? El criterio es la adhesión a la voluntad de Dios, aceptada en la palabra del mensajero. El mensajero, en este caso, era Juan Bautista. Ahora, al contrario de aquel silencio, por parte de las autoridades judías, que evitaba el compromiso, Jesús les dice abiertamente a las autoridades judías qué es lo que piensa de Juan Bautista, de dónde procede su bautismo y qué valor le da a su comportamiento: “vino Juan a vosotros por camino de Justicia”. Decir que Juan “vino (como “vino” el papá donde sus hijos) a vosotros por camino de justicia”, quiere decir que vino por encargo de Dios para anunciar lo que había que hacer: cuál era el comportamiento “justo”, el que correspondía a la voluntad de Dios. En otras palabras, por medio de él, el Padre manifestó su voluntad y envió a trabajar en su viña.

“Vosotros no creísteis en él / los publicanos y las rameras creyeron en él”. El punto álgido de la contraposición está en el “creer”. (1) Los representantes del pueblo de la alianza no le prestaron ninguna fe, no lo reconocieron como profeta autorizado por Dios ni escucharon su mensaje. Por eso se parecen al primer hijo, que dice palabras bonitas, pero no cumple la voluntad del Padre; (2) Los publicanos y prostitutas que han hecho caso a la predicación de la conversión, se parecen al segundo hijo, quien primero dice que no, pero después se arrepiente y hace la voluntad del padre. Esto no quiere decir que Jesús apruebe el modo de vida de los publicanos y de las prostitutas, sino que reconoce su actitud positiva ante el mensaje de conversión de Juan y la juzga como cumplimiento de la voluntad de Dios, que es requisito para entrar en el Reino.

Una primera respuesta equivocada no es una decisión definitiva. Es posible el cambio. La vida se puede enderezar por medio de la conversión y un proyecto de vida conducido según la escucha y la puesta en práctica del querer del corazón del Padre. 

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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