La vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia frente a los desafíos sociales, económicos, ambientales y tecnológicos de nuestro tiempo fue uno de los principales mensajes de la declaración suscrita por los participantes del Seminario Internacional “Dignidad Humana, paz e inteligencia artificial: de León XIII a León XIV”, que concluyó el 30 de octubre en Lima, Perú.
El documento recoge las reflexiones y compromisos compartidos durante este encuentro, organizado por el Instituto de Estudios Social Cristianos, con la cooperación de la Fundación Konrad Adenauer y el patrocinio del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), a propósito de la visita del Papa León XIV a Latinoamérica.
“Reafirmamos la vigencia y pertinencia de la Doctrina Social de la Iglesia frente a los desafíos de nuestro tiempo”, expresa el texto, que propone doce líneas de reflexión y acción agrupadas en cuatro ámbitos: dignidad humana, democracia e inteligencia artificial; economía, trabajo y justicia social; ecología integral y cuidado de la casa común; y sinodalidad, evangelización y compromiso social.
La dignidad humana como criterio para el desarrollo tecnológico
En el primer ámbito, los participantes recuerdan que la dignidad de toda persona, “en cuanto hijos de Dios”, es un valor intrínseco, inalienable e irrenunciable que debe orientar el desarrollo y la utilización de la inteligencia artificial.
Sostienen que esta tecnología debe permanecer “siempre al servicio de la persona humana”, promoviendo una gobernanza ética capaz de aprovechar sus beneficios, prevenir sus riesgos y garantizar una educación integral.
El documento también reivindica la democracia como un espacio fundamental para el ejercicio de la dignidad y la libertad. Por ello, plantea la necesidad de fortalecer “la participación, el diálogo, la pluralidad y la inclusión de todas las voces”. Asimismo, propone una formación que fomente el pensamiento crítico, el discernimiento moral y la libertad humana, entendida como la capacidad de elegir responsablemente el bien.
Trabajo digno y una economía al servicio de las personas
En materia económica y laboral, la declaración recuerda que el trabajo no puede reducirse a una actividad de carácter económico, pues constituye “una expresión esencial de la dignidad de la persona y una forma de participación en la obra creadora divina”. Desde esta comprensión, los firmantes promueven una economía social y ecológica de mercado que sitúe a la persona en el centro, armonice la eficiencia con la justicia social y contribuya a superar la informalidad y la precariedad laborales.
El texto relaciona estas propuestas con el desarrollo humano integral, la fraternidad y el bien común. También convoca a los Estados, las empresas, los sindicatos, las universidades y la sociedad civil a asumir una responsabilidad compartida en la promoción del trabajo digno, la formación y la inclusión laboral.
Esta responsabilidad, señala el documento, debe prestar especial atención a las personas más vulnerables y a las generaciones presentes y futuras.
Conversión ecológica personal, comunitaria e institucional
El tercer eje aborda la ecología integral desde el reconocimiento de la interdependencia entre el ser humano y la naturaleza. Los participantes sostienen que “el cuidado de la casa común es inseparable del cuidado de la vida y de la dignidad humana”.
La declaración propone avanzar en procesos formativos sobre ecología integral, cuidado mutuo y protección de la casa común, reconociendo que “la crisis ambiental y social constituyen una única crisis socioambiental”.
También plantea la creación de redes de colaboración y una conversión ecológica que involucre a las personas, las comunidades y las instituciones. Entre las orientaciones figura superar “el paradigma tecnocrático, el consumismo y los modelos de sobre explotación de los recursos”, para promover una economía al servicio de la vida y una transición energética justa, sostenible y solidaria.
La sinodalidad como identidad y misión de la Iglesia
La declaración dedica su cuarto ámbito a la sinodalidad, la evangelización y el compromiso social. En este punto, los participantes asumen que la sinodalidad es una dimensión esencial de la identidad y misión eclesial, que invita a “caminar en comunión, impulsados por el Espíritu Santo” y a promover la participación corresponsable de todos los bautizados.
El documento también expresa el compromiso con una Iglesia sinodal y misionera, capaz de anunciar el Evangelio en diálogo con las culturas y de reconocer que cada persona, desde sus distintas vocaciones y carismas, puede contribuir a la evangelización y a la transformación social.
De manera particular, los firmantes dirigen una invitación a los laicos para que asuman un papel protagónico tanto en la Iglesia como en la sociedad. “Una fe viva y encarnada” debe traducirse, según expresa la declaración, en acciones de justicia, fraternidad y solidaridad, haciendo de los laicos “testigos y constructores de esperanza”.
Invitación a llevar la Doctrina Social de la Iglesia a la vida cotidiana
Con fecha del 30 de octubre de 2026, la declaración reúne la adhesión de participantes procedentes de distintos países de América Latina y de Perú, entre ellos representantes del ámbito eclesial, académico, social y pastoral.
Entre los participantes extranjeros figuran Mons. Daniel Blanco, de Costa Rica; Hna. Gloria Liliana Franco, de Colombia; Guillermo Sandoval y Felipe Guala, de Chile; Marcelo Resico, de Argentina; Ramón Guillermo Aveledo y Fernando Spiritto, de Venezuela; Roxana Esqueff, de Uruguay; y Juan Carlos Núñez y Milton Castro, de Bolivia, entre otros.
Por parte de Perú suscribieron el documento Armando Borda Herrada, Annette Schwarzbauer, José Luis Pérez Guadalupe, Luis Solari de la Fuente, Humberto Ortiz Roca y P. César Samanez Berna, junto con otros participantes del seminario.
La declaración constituye una síntesis de los principales desafíos abordados durante dos jornadas de reflexión y plantea una orientación común: situar la dignidad humana en el centro de las decisiones políticas, económicas, tecnológicas, ambientales y eclesiales.
Su mensaje final invita a que los principios de la Doctrina Social de la Iglesia se expresen en la vida pública, el trabajo, las relaciones sociales y la misión evangelizadora, como una contribución al bien común y a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y solidaria..







