DEJEMOS QUE NUESTROS CORAZONES SEAN COLMADOS DE ESPERANZA

En la Bula de convocación del Jubileo de la Esperanza “Spes non confundit” el Santo Padre nos quiere animar a recuperar la confianza necesaria, tanto en la Iglesia como la sociedad, en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona humana y en el respeto a la creación (Cf. n25). Pero esto será realmente posible poniendo de presente que todos necesitamos un encuentro vivo con Jesucristo. Que sea también para nosotros sacerdotes este jubileo un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús “nuestra esperanza”.

Es bueno preguntarnos cuáles son nuestros deseos y expectativas de Bien. que hay en nuestro corazón con respecto al futuro: confianza o temor, serenidad o desaliento, certeza o duda. ¿cómo miramos hacia el futuro? ¿Hay ánimo o desánimo en nuestros espíritus? El Papa nos invita a reavivar la esperanza y a encontrar razones para ella en la Palabra de Dios.

El anuncio de Cristo, muerto y resucitado, debe ser siempre el motivo de nuestra esperanza.

en el numeral tres de la bula encontramos “La esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del corazón de Jesús traspasado en la Cruz: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida” (Rm 5,10)”. Los sacerdotes debemos ser de manera permanente para los hermanos testigos de esperanza. Somos nosotros quienes ponemos a los hombres en contacto con la palabra y la gracia; quienes servimos de puente al Espíritu Santo para que venga a santificar, vivificar y guiar la vida de los fieles en la Iglesia. La acción del Espíritu Santo no cesa en los creyentes que se abren permanentemente a su acción. Él actúa permanentemente su obra de transformación en cada persona y quiere llevarnos a todos y cada uno a esa identificación plena con Cristo para la gloria de Padre. Esta obra del Espíritu debe encontrar primeramente en nosotros sacerdotes la mayor acogida y disposición. Por eso, no dejamos de invocar la acción del Divino Espíritu que anima incesantemente el camino de la Iglesia y de cada cristiano.

Sin embargo, en el mundo que nos ha tocado vivir encontramos realidades y situaciones que hacen tambalear nuestra esperanza. Cuando se hace presente en nuestra vida la confusión, la enfermedad, el dolor, la incertidumbre, la inseguridad, la tristeza, las dificultades, los sufrimientos se hace conveniente preguntarnos ¿Qué es lo que nos debe impulsar a seguir adelante a pesar de todo?

El Espíritu nos hace responder “El Amor de Cristo”. ¡Si! es el amor, “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Es ese amor el que nos ayuda a aprovechar toda ocasión como oportunidad de configuración e identificación con Cristo crucificado y resucitado. Actualizar la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida es un imperativo de nuestra vida cristiana si queremos ser agentes de la esperanza. Que la Bula del Santo Padre, nos sirva para ir descubriendo motivos de esperanza en este año jubilar.

                                                                                                            P. Humberto

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