EL PERDÓN COMO CAMINO: EL SACERDOTE TAMBIÉN NECESITA SANAR

Hablamos con frecuencia del perdón que debemos anunciar, celebrar y ofrecer. Escuchamos historias de personas heridas, acompañamos lágrimas, acogemos culpas y pronunciamos sobre otros las palabras de la absolución. Pero hay una pregunta que no podemos esquivar: ¿qué hacemos nosotros con nuestras propias heridas?

No se puede desconocer que estamos rodeados por guerras, polarización, violencia, rupturas familiares, intolerancia y una creciente dificultad para reconocer al otro como hermano. Las redes sociales amplifican las ofensas y hacen que muchas heridas permanezcan abiertas durante años. También nosotros respiramos ese ambiente. No estamos fuera de la realidad que anunciamos.

A veces llevamos al altar cansancios que nunca hemos hablado, decepciones que todavía duelen, conflictos que preferimos esconder y recuerdos que seguimos juzgando. Podemos llegar a perdonar a un penitente mientras conservamos en el corazón el nombre de alguien a quien todavía no hemos perdonado. Podemos exhortar a la reconciliación y, al mismo tiempo, mantener distancia de un hermano sacerdote, del obispo, de un familiar o de alguien que nos hizo daño.

Aquí comienza una exigencia incómoda: el sacerdote también necesita dejarse sanar por Dios.

San Juan Pablo II recordaba que el sacerdote debe ser no solo ministro, sino también beneficiario del sacramento de la Penitencia, porque su vida espiritual y pastoral se debilita cuando descuida la confesión personal. El papa Francisco lo expresó de manera todavía más directa: «también los sacerdotes deben confesarse, también los obispos: todos somos pecadores».

Quizá hemos aprendido a sostener a todos, pero no siempre a dejarnos sostener. Sabemos escuchar, pero ¿permitimos que alguien nos escuche? Sabemos pedir arrepentimiento, pero ¿somos capaces de reconocer el nuestro? ¿Cuánto tiempo llevamos sin acercarnos al confesionario no como ministros, sino como hijos necesitados de misericordia?

El perdón no significa negar el daño, justificar la injusticia ni olvidar lo ocurrido. Perdonar puede ser un proceso exigente en el que la herida deja de gobernar el corazón. Para nosotros, sacerdotes, puede convertirse además en una oportunidad de recuperar libertad interior. El mundo necesita pastores que no hablen del Evangelio desde la teoría, sino desde una experiencia personal de haber sido levantados por la misericordia.

Francisco recuerda que quien ha experimentado en primera persona el abrazo de Dios puede transmitir ese mismo calor a los demás. Por eso, quizá el primer penitente que debemos llevar al encuentro con Cristo somos nosotros mismos.

Hermano sacerdote, ¿a quién necesitas perdonar?, ¿de quién necesitas recibir perdón?, ¿qué herida sigues protegiendo como si fuera parte de tu identidad? Y una pregunta todavía más profunda: ¿te has permitido ser perdonado?

No tengamos miedo de comenzar otra vez. El sacerdote que reconoce su fragilidad no pierde autoridad; descubre desde dónde nace verdaderamente su compasión. Somos ministros de la reconciliación porque antes hemos sido alcanzados por ella. La Iglesia nos confía el perdón que nosotros mismos necesitamos recibir.

Quizá hoy el Señor no nos está pidiendo otra actividad pastoral. Quizá nos está pidiendo algo más sencillo y más difícil: volver a su misericordia, sanar el corazón y aprender nuevamente a vivir en paz.

«Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso» (Lc 6,36).

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