No es desconocido para nosotros el modelo exhortativo que siempre ha empleado la Iglesia para invitarnos a poner en práctica las enseñanzas del evangelio, buscando que seamos coherentes con lo que predicamos a diario. Un ejemplo clásico de ello es el modo en que san Pablo se dirige a Tito en su carta: “Muéstrate en todo como un modelo de buena conducta; en la enseñanza sé íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo de nosotros” (Tit 2,7-8). Lo que aquí se evidencia es la intención de san Pablo de alentar la misión de su discípulo en medio de las exigencias de su época, pues, como sabemos, la predicación del evangelio no fue fácil para los primeros evangelizadores, como no lo es para nosotros hoy.
La Iglesia, como institución visible en el mundo, debe garantizar que el mensaje de Jesús sea transmitido fielmente, no solo en palabras, sino sobre todo en las obras. De aquí la insistencia de san Pablo en la buena conducta y en la enseñanza, como queriendo indicar que la predicación solo será bien recibida si es respaldada por el modo de vida de quien anuncia. Ya lo dijo el papa Francisco en una vigilia con los movimientos eclesiales en el año 2013: “el mundo de hoy tiene mucha necesidad de testigos. No tanto de maestros, sino de testigos. No hablar tanto, sino hablar con toda la vida: la coherencia de vida, ¡precisamente la coherencia de vida! Una coherencia de vida que es vivir el cristianismo como un encuentro con Jesús que me lleva a los demás y no como un hecho social”. El evangelizador no se debe preocupar simplemente de la transmisión de la doctrina ortodoxa. Los efectos de esta visión son perniciosos para la comunidad cristiana, pues el legalismo o fariseísmo desembocan en visiones demasiado rígidas y frías de la vida cristiana. El evangelizador se debería preocupar mejor por la encarnación de dicha doctrina en sus pensamientos, acciones y afectos, es decir, más que una ortodoxia (recta doctrina), es una ortopraxis (recta práctica) y una ortopatía (recto sentir), las que deberían acompañar, o mejor, respaldar la acción evangelizadora de nosotros los sacerdotes.
El sacerdote ortodoxo se preocupará por la fidelidad de la transmisión del depósito de la fe en toda su integridad, sin embargo, encarnando esta doctrina en cada una de sus acciones, esto lo hace ortopráctico; luego, como consecuencia lógica de la vivencia de estas dos praxis, será también ortopático, es decir, poseerá los mismos sentimientos de Cristo (cf. Flp 2,5), propios del buen pastor de almas, capaz de sentir las necesidades de sus ovejas, para poder apacentarlas como es debido.
Para finalizar, nos vendría bien recordar lo que afirma san Agustín en un sermón pronunciado en la navidad del año 425 en Hipona: “no quiero que ninguno de vosotros encuentre una excusa para vivir mal. ‘Pues nos preocupamos de hacer el bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres’ (2Co 8,21). Mirando a nosotros mismos, nos basta nuestra conciencia; mas, en atención a vosotros, nuestra fama no sólo ha de ser sin tacha, sino que debe destacar entre vosotros. Retened lo dicho y sabed distinguir. La conciencia y la fama son dos cosas distintas. La conciencia es para ti; la fama, para tu prójimo. Quien, confiando en su conciencia, descuida su fama, es cruel, sobre todo si desempeña este cargo del que dice el Apóstol escribiendo a su discípulo: ‘Muéstrate ante todos como ejemplo de buenas obras’ (Tit 2,7). Queda, pues, claro que es necesario ser y parecer, como exige tanto nuestro tiempo. El sacerdote que se contenta con predicar la sana doctrina, pero no se preocupa por encarnarla en su vida, causa efectos nocivos en la vida de todos aquellos que quieren vivir el evangelio de Jesucristo con radicalidad.
Padre Carlos Andrés







