Querido Hermano,
detente un momento y escucha… En medio del ruido de la vida, entre las prisas y preocupaciones que nos arrastran, hay una voz suave que sigue susurrando tu nombre. Es la voz de Jesús, que no deja de amar, que no se cansa de esperar, que no se rinde aunque el corazón humano se distraiga. Él dice: “Dilexi te” —te he amado— desde siempre y para siempre.
Ese amor no se ha quedado en los libros, se ha hecho carne, mirada, necesidad. Se ha hecho pobre.
Sí, Cristo sigue caminando entre nosotros con los pies descalzos de los que no tienen rumbo, con el rostro herido del que duerme en una acera, con la mirada cansada de la madre que no puede alimentar a sus hijos.
Él vive en los márgenes, no porque allí lo hayamos relegado, sino porque allí eligió permanecer para que nadie se sienta solo.
El Papa León XIV, con la fuerza del Espíritu, nos recordaba que la caridad es el corazón de la Iglesia. No es sólo dar cosas, es darse uno mismo. Amar como Cristo amó: sin cálculo, sin condiciones, sin reservas. “Dilexi te”, dice el Señor, y ese amor nos compromete a mirar distinto, a salir de la comodidad, a descubrir que la fe se hace verdadera cuando se arrodilla ante el sufrimiento del otro.
El Evangelio no se predica solo con palabras, sino con manos que curan, con oídos que escuchan, con pies que caminan hacia el necesitado, pues cada pobre que se cruza en nuestro camino es un sagrario viviente, una presencia sagrada que reclama ternura, ya que cuando compartes el pan, cuando das tu tiempo o tu atención, estás tocando a Cristo. Él mismo te mira desde los ojos cansados del hermano y te dice en silencio: “Gracias, porque me viste. Gracias, porque me amaste.”
Pero también hay pobres que no se ven: los que sonríen para esconder su tristeza, los que sirven sin reconocimiento, los que cargan cruz tras cruz sin que nadie lo note. Ellos también son el rostro de Cristo crucificado. Amarlos es adorar.
Hermano, si alguna vez te sientes cansado o desanimado, recuerda que el amor nunca se pierde. Lo que entregas con fe, aunque parezca pequeño, tiene valor eterno. El bien que haces en secreto brilla en el corazón de Dios como una llama que no se apaga.
Que cada día sea una oportunidad para reconocerlo en los pobres, en los que sufren, en los que esperan. No digas: “No tengo mucho que dar.”
Basta tu presencia, tu escucha, tu abrazo, pues en cada gesto de misericordia, Cristo revive su promesa: “Dilexi te.”
Te he amado con ternura infinita. Y en cada pobre, sigo amándote a ti.







