HERALDOS DE LA PALABRA

Una de las funciones de nuestro ministerio sacerdotal es “El anuncio de la Palabra”. Este ministerio tiene por objeto anunciar fielmente el misterio de Cristo en su integridad. Ello implica de nosotros “Maestro de la Palabra”, conocer el misterio de Cristo en su integridad. Es importante recordar que las fuentes más importantes de donde bebemos para anunciar fielmente la Palabra divina son: la Sagrada Escritura, la liturgia, la tradición, el Magisterio y la vida de la Iglesia. Hoy, en especial, debemos valernos de todos los medios a nuestro alcance para que la Buena Noticia llegue a todos los rincones de la tierra. No debemos desaprovechar, por ninguna circunstancia los nuevos areópagos que nos ofrecen los medios de comunicación social y las redes sociales. Sin embargo, no podemos olvidar que la predicación y la catequesis son los lugares privilegiados del anuncio, por favorecer una cercanía y contacto personal, un encuentro más vivo. Además, porque así comulgamos con la praxis de los mismos apóstoles que iban al encuentro físico con las gentes. Como sacerdotes católicos, comprendemos que el mejor lugar para anunciar la Palabra es la parroquia. Ella es el centro de referencia de la Comunidad cristiana. Allí es donde a través de la enseñanza de la Palabra se va formando la conciencia de los fieles y su sentido de comunión en la verdad, pero también desde allí es de donde se promueve el anuncio hacia aquellos que no conocen  el Evangelio.

Debemos tener claro que nuestro ministerio profético implica proponer a los fieles las verdades reveladas que están contenidas en el depósito de la fe, también aquellas que han sido propuestas por el Magisterio como definitivas, aunque no sean directamente reveladas. Esto implica para nosotros sacerdotes, estar en un continuo estudio y repaso de la doctrina esencial, para evitar errores o imprecisiones nocivas a la hora de exponer las verdades de fe. Además, porque nosotros somos los primeros que debemos estar volviendo siempre y de manera más reflexiva y orante a las mismas verdades, para  crecer en la profundidad de las mismas y saber actualizarlas en los diferentes contextos. Por nuestra condición de agentes de la Palabra, debemos tener una gran estima por la predicación y responder debidamente a las exigencias de este oficio. Prepararnos bien por la veneración que se merece la Palabra y por el respeto que le debemos a los fieles (CIC 762; Presbyterorum ordinis 4). Además, debemos alentar a los fieles laicos a cooperar con el testimonio de su palabra y ejemplo para que el Evangelio sea transmitido en las familias y en todos aquellos lugares donde se desarrolle su vida diaria. No olvidemos que ellos participan del sacerdocio común de los fieles por el bautismo. 

Ejerzamos este ministerio con toda solicitud con los bautizados de nuestra parroquia, también con aquellos que por su condición de vida, no gocen  suficientemente de la cura pastoral común ordinaria, o no la tengan. Hay personas que por enfermedad, profesión, etc., no les es posible participar activamente de la vida parroquial; para ellos se pueden organizar ejercicios espirituales, retiros, conferencias u otras formas de predicación o catequesis de acuerdo a sus posibilidades. La sed de la verdad está presente en los corazones de todos los hombres y estamos llamados a calmar esa sed a través del ministerio que se nos ha confiado. Por ello, seamos buscadores incansables de la Verdad y amadores de la Verdad que se ha manifestado como persona en Jesucristo.

Padre Humberto

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