La vida parroquial nos sitúa diariamente en una tensión que no podemos ignorar: mientras nuestras manos bendicen, consuelan y anuncian el Evangelio, esas mismas manos también deben firmar contratos, revisar presupuestos, atender requerimientos legales y procurar que nunca falte lo necesario para sostener la misión. Esta realidad, lejos de ser una contradicción, forma parte del ministerio que hemos recibido. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿administramos los bienes para la misión o, sin darnos cuenta, hemos permitido que la administración termine ocupando el lugar de la misión?
Vivimos en un mundo profundamente marcado por la incertidumbre económica, la cultura del consumo y la exigencia permanente de resultados. También la Iglesia experimenta estos cambios. En muchos lugares disminuyen los recursos, las comunidades envejecen, aumenta el costo del sostenimiento de las parroquias y crecen las exigencias administrativas de los Estados. A ello se suma una sociedad que reclama —con razón— transparencia, rendición de cuentas y coherencia entre lo que anunciamos y la manera como administramos los bienes que el Pueblo de Dios pone en nuestras manos.
En este contexto, el riesgo no consiste únicamente en administrar mal los recursos. Existe otro peligro, quizá más sutil: que las preocupaciones económicas absorban nuestro corazón y terminen definiendo nuestras prioridades pastorales. El papa Francisco ha recordado que “la administración económica no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio de la evangelización” (Discurso al Consejo para la Economía, 2024). Esta afirmación interpela profundamente nuestro ministerio. Los bienes de la Iglesia nunca pueden convertirse en motivo de prestigio, poder o seguridad personal; son, ante todo, bienes destinados al anuncio del Reino y al servicio de los más pobres.
El Código de Derecho Canónico recuerda que los administradores de los bienes eclesiásticos deben ejercer su tarea con la diligencia de un buen padre de familia (c. 1284). No se trata únicamente de una obligación jurídica, sino de una actitud profundamente evangélica. Un buen padre administra con prudencia porque ama; cuida porque sabe que aquello que posee no le pertenece exclusivamente. De igual manera, nosotros no somos propietarios de la parroquia. Somos custodios de unos bienes confiados por Dios y por la comunidad para que la misión continúe dando fruto.
Quizá convenga detenernos un momento y revisar nuestro propio estilo de administración. ¿Conocen los fieles cómo se utilizan los recursos que ofrecen con sacrificio? ¿Nuestros consejos de asuntos económicos funcionan realmente como espacios de discernimiento y corresponsabilidad o son simples requisitos formales? ¿Las decisiones económicas nacen de un verdadero proyecto pastoral o responden únicamente a necesidades inmediatas? Estas preguntas no buscan generar desconfianza, sino ayudarnos a crecer en una administración cada vez más evangélica.
También hemos de reconocer que el contexto actual ofrece oportunidades que hace algunos años eran impensables. Las herramientas digitales facilitan la transparencia contable, la formación administrativa y la comunicación con los fieles. Los laicos poseen hoy una preparación profesional que puede enriquecer enormemente la gestión parroquial cuando se les permite participar responsablemente. El Concilio Vaticano II recordó que los fieles laicos tienen una misión propia e insustituible en la vida de la Iglesia (Lumen Gentium, n. 33). Delegar con prudencia no disminuye el ministerio sacerdotal; por el contrario, lo fortalece y nos permite dedicar más tiempo a aquello que nadie puede hacer en nuestro lugar: celebrar los sacramentos, anunciar la Palabra, acompañar a las personas y conducir espiritualmente a la comunidad.
No olvidemos que cada factura pagada, cada proyecto ejecutado y cada decisión económica hablan también del Evangelio. Una administración ordenada genera confianza; una administración transparente fortalece la comunión; una administración responsable hace visible que creemos realmente en la providencia de Dios sin renunciar al deber de actuar con inteligencia y previsión.
Hermanos, quizá el verdadero desafío no sea aprender nuevas técnicas administrativas, sino conservar un corazón pastoral mientras administramos. La parroquia nunca puede convertirse en una empresa cuyo principal objetivo sea equilibrar balances, pero tampoco puede ignorar que una gestión desordenada termina afectando la credibilidad de la Iglesia y limitando su acción evangelizadora.
Pidamos al Señor la gracia de vivir esta dimensión de nuestro ministerio con libertad interior. Que jamás confundamos los medios con el fin; que nunca pongamos nuestra confianza en los recursos antes que en la Providencia; y que cada decisión económica sea una expresión concreta de nuestro amor por Cristo y por el Pueblo que Él nos ha confiado. Al final, el mejor balance que podremos presentar no será el de una cuenta bancaria bien administrada, sino el de una comunidad que, gracias a una gestión honesta y prudente, ha podido crecer en la fe, servir a los más necesitados y anunciar con alegría el Evangelio.







