LA VOCACIÓN SACERDOTAL AL SERVICIO DE LA PATRIA

Ser llamado al sacerdocio es una gracia inmensa, un don que nos configura de manera profunda como servidores de Dios y sus hijos. Pero este llamado no nos aparta de nuestras raíces, no nos separa de ese pedazo de tierra en el que hemos nacido, de la cultura que nos ha formado, ni de los hermanos con quienes compartimos historia, lengua, alegría y esperanza. Nuestra condición de hombres de fe no anula nuestra identidad como ciudadanos; al contrario, la engrandece y nos compromete más.

Como sacerdotes, tenemos un deber sagrado: ser maestros de las virtudes que levantan el alma y fortalecen la convivencia. Somos llamados a formar las conciencias de nuestro pueblo, a fomentar la unidad fraterna surgida del vínculo más grande, ser hijos de Dios. La construcción de la patria —esa tarea común— se hace también desde nuestra humilde misión, pues formamos hombres y mujeres que aman, que buscan la justicia y que trabajan por el bien común.

Nos alegra ver el progreso de nuestro país reflejado en el talento de muchos conciudadanos; artistas, científicos, profesionales, deportistas que honran su tierra con su esfuerzo. Ese orgullo legítimo nos impulsa a superarnos cada día, a querer ser mejores sacerdotes, conscientes de que nuestra misión también contribuye al crecimiento espiritual y moral de la sociedad. No podemos apartar la mirada ni el corazón de esa gran responsabilidad, la de ayudar a formar ciudadanos que trabajen con ahínco y amor por su país.

No olvidemos que el alma de la sociedad reposa, en gran medida, en la solidez moral que ofrecemos como pastores. Somos la voz de Dios en lo temporal y lo espiritual, la guía cuando las sombras amenazan, el sostén cuando las fuerzas flaquean. Y aunque nuestro ministerio se extienda más allá de las fronteras, jamás dejaremos de llevar en el corazón la tierra que nos vio nacer y en la que dieron fruto nuestras raíces de fe.

Por eso, vivir la comunión con nuestro país es también orar por él; es compartir alegrías y esperanzas; es caminar al lado de quienes luchan por un futuro mejor. Como decía San Pablo VI, estamos llamados a construir la civilización del amor, una obra que solo será posible si cada uno desde su tarea y vocación aporta con fidelidad al bien común.

Que esta misión nos fortalezca y que el amor a Dios y a nuestra patria sea en nosotros un fuego que nunca se apaga. Que Dios nos bendiga y la Virgen nos guíe para ser, cada día, sacerdotes cada vez más entregados al servicio de nuestros pueblos.

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