Todos los cristianos debemos tener la conciencia de que la vida nueva en Cristo, recibida en el sacramento del bautismo, la llevamos en vasijas de barro, como dice el apóstol San Pablo (cfr. 2Cor 4,7). También tenemos claro que esta vida sobrenatural, vida de hijos de Dios, puede ser debilitada e incluso perdida a causa del pecado. Por ello, debemos aprovecharnos de todos los medios que nos ha dejado Jesucristo en su Iglesia, para no solo preservar esta vida, sanarla cuando ha sido herida por el pecado, sino, y sobre todo, hacerla crecer, madurar y fructificar. Pues no hemos sido llamados a la vida sobrenatural para quedarnos estériles, sino para producir fruto y que nuestro fruto permanezca (cfr. Jn 15,16).
Como ministros del Señor, los presbíteros somos los primeros responsables de alimentar y hacer crecer la vida de la gracia en los fieles. Es nuestro deber promover constantemente los medios de santificación y estar siempre dispuestos a ofrecerlos y saberlos aprovechar debidamente.
En este contexto del tiempo cuaresmal uno de los medios indispensables que debemos promover y ofrecer es la reconciliación sacramental. Ante todo, como ministros del Señor, ser los primeros en aprovecharnos de este medio de crecimiento espiritual. Si, “medio de crecimiento espiritual”, es importante recalcarlo. Muchas personas solo ven el sacramento de la penitencia como el sacramento borrador. Me borran los pecados y quedo como una hoja en blanco, sin mancha, pero sin contenido. Se hace necesario hoy una catequesis en que se realce el valor de la confesión sacramental como práctica realmente necesaria para avanzar en la vida cristiana. Es importante entender que la práctica constante de este sacramento nos hace crecer en aquellas virtudes que el Salvador nos pidió que aprendiéramos de Él “…Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…” (Mt 11,29). Mansedumbre: ponernos bajo la autoridad y orientación del ministro del Señor; humildad: reconocimiento de lo que somos, dependientes de Dios, de su perdón. En la confesión practicamos estas dos virtudes de manera singular.
También es importante entender que la confesión es sacramento de crecimiento en cuanto que el confesor, no solo tiene la misión de absolver los pecados, sino de señalar caminos para una enmienda adecuada de la vida, que lleve adelante en la unión con Dios y responder a las dos vocaciones bautismales “ser santos y apóstoles”. Muchas personas quizá sólo puedan encontrar en este sacramento una ayuda realmente eficaz para iniciar un camino serio de conversión. Por ello es importante que nosotros como ministros del Señor estemos cultivando permanentemente aquella disposición a la escucha serena, paciente, atenta, comprensiva que pueda llevar a los penitentes a un encuentro real con la misericordia de Dios y sientan su fuerza salvadora y renovadora que los impulsa a emprender nuevos caminos y un compromiso real como discípulos y misioneros de Jesucristo.
No podemos permitir que la crisis frente al sacramento de la confesión, que en muchos lugares se agudiza debido a la pérdida de conciencia del pecado, al creciente secularismo, y a la fuerte tentación del relativismo y subjetivismo siga avanzando. Una respuesta importante puede estar en la creatividad y unidad pastoral. En muchos lugares se adolece de los ministros necesarios para atender adecuadamente un número significativo de penitentes. Por ello, sería muy de desear que en las vicarías foráneas o decanatos, se unan varias parroquias y ofrezcan conjuntamente, especialmente en los tiempos fuertes, espacios para la confesión con la presencia de un número suficiente de sacerdotes. También que se den jornadas de catequesis acerca de este sacramento en grupos pastorales, movimientos e instituciones educativas. Toda iniciativa encaminada a favorecer la práctica sacramental de la penitencia y los otros medios de santificación debe ser siempre apreciada, considerada y aprovechada. Como sacerdotes seamos los primeros en promover la práctica de la reconciliación sacramental ante todo con el ejemplo y el testimonio. Seamos los primeros en experimentar la fuerza santificadora y renovadora de Dios en nuestra vida y ministerio.
P. José Humberto







