RESTAURADORES DE LA CREDIBILIDAD DE LA IGLESIA

En la homilía de las primeras ordenaciones presbiterales que el Papa León celebró el pasado 31 de mayo, abordó con serenidad la paradoja de los sacerdotes de hoy que como hombres de iglesia deben representar a una iglesia herida que ha perdido credibilidad y confianza entre los fieles y aún en medio del mundo.

Ha dicho el Papa: “Juntos, entonces, reconstruiremos la credibilidad de una Iglesia herida, enviada a una humanidad herida, dentro de una creación herida. No importa ser perfectos, pero es necesario ser creíbles”.

La credibilidad de la fe y de la iglesia es un gran tesoro que se debe cuidar, proteger y defender con esmero, poniendo como eje y centro el testimonio y la coherencia entre lo que creemos, lo que enseñamos y lo que vivimos. Si hay una fractura entre los elementos, surge un factor de incoherencia que arruina cualquier esfuerzo. Basta una simple falla que se convierta en mal ejemplo, para que la credibilidad se deteriore; y si se da una seguidilla de actos fallidos, termina infringiéndose una herida que requerirá sanación, curación y, según el Papa, reconstrucción.

Las palabras del Papa trascienden a la misma iglesia, pues no se trata sólo de que ella sea reconstruida; también el mundo herido y la creación herida. Con esto, surge una reformulación de la misión del presbítero: ser un restaurador de la vida en todas sus manifestaciones. Restauración que implica un recomenzar de nuevo, partir de las historias de cada persona y de cada ser. Es “hacer nuevas las cosas”, no solo por necesidad de ellas mismas sino por propia necesidad interior del sacerdote, pues él debe haber experimentado, de alguna forma, aquello que anuncia, de manera coherente.

La credibilidad confiere a la iglesia una nota especial de acreditación, ser digna de confianza en un mundo herido, que ha aprendido a desconfiar, perdiendo así la esperanza. Por esto, restaurar la iglesia es recuperar para ella la responsabilidad de la esperanza que debe ofrecer al mundo, a los heridos del camino.

Esta tarea es confiada de manera especial a los presbíteros que, como misioneros de la esperanza, estamos llamados a restaurar y cuidar el proyecto de humanización que Dios ofrece en Jesús de Nazareth.

Padre Darío

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