El cristianismo es una fe encarnada. Esta afirmación, en sí misma, a pesar de su simplicidad, encierra la verdad de la propuesta predicada por Jesús de Nazaret. De hecho, no son pocos los que optan por la vida cristiana al entender que el misterio de la Encarnación, es decir, del Dios que se hace hombre, tiene implicaciones tan importantes que afectan la cultura, la política, la sociedad, la economía y todas las demás realidades humanas. Con razón el apóstol Pablo habla de “escándalo” y “necedad” al referirse a la predicación de la cruz de Cristo, pues no todos entienden las consecuencias de la encarnación de Cristo (cf. 1Co 1,18).
El evangelista Lucas, quien nos narra el acontecimiento de la encarnación del hijo de Dios (cf. Lc 1,26-38), es el mismo que nos presentará a la Virgen María cantando el Magníficat (cf. Lc 1,46-55), cántico de alabanza a Dios que siempre salva a su pueblo, llevando su misericordia de generación en generación. Dicho cántico no solo glorifica a Dios por haber cumplido sus promesas al haber mandado a su Hijo al mundo, sino que muestra las consecuencias de que este haya tomado carne en el seno de la Doncella de Nazaret. En efecto, varias de las expresiones de María en este cántico aluden a la salvación que viene de Dios y su impacto en la sociedad y en las instituciones de su tiempo: “Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a lo potentados de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 1, 51-52).
Más adelante, en el capítulo cuatro, Lucas presentará a Jesús que inicia su ministerio público dando la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. Dicho anuncio también ratificará en las consecuencias de la encarnación para el mundo. En efecto, Jesús dirá: “Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18b), dejando claro que su vida entre los hombres transforma la realidad desde dentro.
El evangelista Juan también nos da testimonio de las consecuencias de la encarnación, pero esta vez, transmitida por Jesús a sus amigos como un modo de estar en el mundo. En efecto, en la oración sacerdotal de Jesús, consignada en el capítulo 17 de su evangelio dirá: “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,14-16). Las implicaciones de estas palabras de Jesús son grandes, pues la Iglesia al interpretarlas, ha entendido que sus ministros están llamados a prolongar dichas implicaciones a través de su ministerio, prolongando así el ministerio de la consolación anunciado por Jesús en el capítulo 4 de san Lucas. En efecto, los primeros cristianos entenderán que es necesario evangelizar la cultura, la sociedad y la política, pues ellos no son ajenos al mundo, aunque no son del mundo. En este sentido, la relación del sacerdote con la política es un tema que el Magisterio de la Iglesia ha delimitado con precisión, buscando salvaguardar la unidad de la comunidad cristiana y la identidad específica del ministerio ordenado.
La relación entre el sacerdocio y la política, leída desde la oración sacerdotal de Jesús (Juan 17,14-18) y el Magisterio, se sostiene en una tensión creativa: el sacerdote está en el mundo, pero no es del mundo. El sacerdote no recibe su misión de un consenso social o de una ideología política, sino de Jesús, por tanto, debe evitar la ideologización, pues predica una verdad recibida por Cristo mismo: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad” (Jn17,17).
Si el sacerdocio se convierte simplemente en una agente de activismo político, con la ilusión de acelerar de alguna manera el advenimiento del Reino de Dios anunciado por Jesucristo, pierde su capacidad de ser signo de lo trascendente, pues su “no ser del mundo” es lo que le permite juzgar al mundo con objetividad evangélica. En este sentido, la doctrina social de la Iglesia, inspirándose en el evangelio, da las indicaciones necesarias para contribuir al bienestar humano, y con ello al establecimiento del Reino de Dios en medio de la comunidad cristiana.
Mientras el político busca el poder para gestionar lo temporal, el sacerdote busca la unidad. El sacerdote debe ser factor de comunión, por ello, el Magisterio le prohíbe generalmente la militancia en partidos políticos o la dirección de sindicatos, para no excluir a ninguna parte de su rebaño por razones ideológicas (cf. Canon 287 §2, CIC y el numeral 2442 del Catecismo). Sin embargo, estar en el mundo implica que el sacerdote no puede ser indiferente a la justicia. Aquí es donde el sacerdocio toca la política en su sentido más noble (politeia). Según las disposiciones de la Iglesia, el sacerdote tiene el deber de formar las conciencias de los laicos para que vivan la virtud del patriotismo (cf. Directorio para el ministerio y la vida de los rpesbíteros, n. 33).
Su política, por tanto, es la del Reino, es decir, la de denunciar la injusticia y defender la dignidad humana, no desde un programa electoral, sino desde el evangelio, como queda descrito en el capítulo 4 del evangelio de san Lucas.
P. Carlos Andrés







