Tarea importante para el presbítero de hoy es entrar en la dinámica sinodal a la cual nos ha impulsado el pasado sínodo de la sinodalidad, llevado a cabo entre el 2021 y el 2024. El documento final del sínodo que lleva por título “Por una Iglesia sinodal: participación, comunión y misión”, debe ser para nosotros un brújula que vaya direccionando nuestro camino de interiorización e implementación de lo que se logró con el trabajo eclesial de esos años. El sínodo continua ya a nivel de las Iglesias locales, y todos, consagrados y laicos debemos tomar parte activa en esta dinámica que marca la originalidad y esencia de la Iglesia como comunidad de discípulos que caminan y construyen juntos.
Resaltemos algunos aspectos del documento conclusivo que nos ayuden a seguir el camino de interiorización del sínodo. En primer lugar, somos una Iglesia misionera y todos los bautizados debemos tener claro que “Todo el pueblo de Dios es sujeto del anuncio del Evangelio. En él, todo bautizado es convocado para ser protagonista de la misión, porque todos somos discípulos misioneros” (cfr. n.4). Como sacerdotes debemos ayudar al santo pueblo de Dios a crecer en esta conciencia. Ante todo, ayudándoles a vivir su bautismo, esa vida nueva en la que fueron sumergidos.Que implica estar a la escucha de lo que la Iglesia nos enseña, para acrecentar la fe y asumir el estilo de vida de Cristo como Hijo obediente al Padre. En segundo lugar, debemos entender y aplicar la interdependencia y corresponsabilidad en las diferentes tareas de la Iglesia “en la mañana de Pascua encontramos a tres discípulos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba. Cada uno en busca del Señor a su manera; cada uno tiene su propio papel en el amanecer de la esperanza…su mutua dependencia encarna el corazón de la sinodalidad” (cfr. n.13). Cada uno en la Iglesia y dentro del presbiterio tiene su tarea, su empeño, su manera de hacer las cosas. Y debemos buscar juntos armonizar esa diversidad en la tarea misionera. Esto, tanto en el ambiente presbiteral como en el trabajo con los laicos. En tercer lugar, no debemos perder nunca de vista la centralidad de Cristo en la tarea evangelizadora. “La Iglesia existe para testimoniar al mundo el acontecimiento decisivo de la historia: la resurrección de Jesús. El Resucitado trae la paz al mundo y nos da el don del Espíritu. Cristo vivo es la fuente de la verdadera libertad, el fundamento de la esperanza que no defrauda, la revelación del verdadero rostro de Dios y del destino último del hombre” (cfr. n.14). Como presbíteros debemos cuidar que en todas nuestras actuaciones individuales y comunitarias se manifieste la presencia y la caridad de Cristo, para que así toda obra sea fecunda y sirva para la mayor gloria de Dios. En cuarto lugar, los presbíteros debemos conjurar el individualismo creciente de nuestra época, “…el hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios…Una Iglesia sinodal se caracteriza por ser un espacio donde las relaciones pueden prosperar, gracias al amor mutuo que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos…” (cfr. n.34). Debemos ser una Iglesia que forme para el amor, para construir la civilización del amor. Como sacerdotes debemos propiciar espacios para esta formación y experiencia. En quinto lugar, debemos ayudar al santo pueblo de Dios a cultivar la espiritualidad sinodal. “La sinodalidad es ante todo una disposición espiritual que impregna la vida cotidiana de los bautizados y todos los aspectos de la misión de la Iglesia. Una espiritualidad sinodal brota de la acción del Espíritu Santo y requiere escucha de la Palabra de Dios, la contemplación, el silencio y la conversión del corazón…” (cfr. n.43). Necesitamos como presbíteros empaparnos de esta espiritualidad sinodal para responder a los signos de los tiempos. Pues el mundo necesita el testimonio de una Iglesia que viva la verdadera fraternidad en medio de la diversidad y el pluralismo. Un último punto, tiene que ver con la necesidad de la formación. Sin formación no podemos ser santos y apóstoles, es decir, no podemos responder a la gracia recibida en el bautismo. “Para que el pueblo santo de Dios pueda testimoniar a todos la alegría del Evangelio, creciendo en la práctica de la sinodalidad, necesita una formación adecuada: ante todo en la libertad de hijos e hijas de Dios en el seguimiento de Jesucristo, contemplado en la oración y reconocido en los pobres” (cfr. n.141). “La formación sinodal compartida para todos los bautizados constituye el horizonte dentro del cual comprender y practicar la formación específica necesaria para los ministerios individuales y para los diversos estados de vida” (cfr. n.147). Debemos ser presbíteros con la conciencia de la necesidad de formación permanente, para brindar también formación permanente al pueblo de Dios. Solo así podremos estar a la altura de los tiempos y responder debidamente al camino sinodal en el que la Iglesia tiene puestas todas sus energías.
No dejemos de estudiar individual y comunitariamente el documento conclusivo del sínodo. Hagamos de él una herramienta de estudio y reflexión pastoral permanente.
P. José Humberto







