UN MINISTERIO QUE SANA, ACOMPAÑA Y REDIME

En un tiempo marcado por heridas visibles e invisibles, el sacerdote está llamado a ser testigo del amor que sana, acompaña y redime. Esta es la triple dimensión del ministerio pastoral – como lo recuerda el Papa León XIV en su mensaje a los sacerdotes con ocasión de la jornada de oración por la santificación sacerdotal – que brota del Corazón traspasado de Cristo, donde la misericordia no es una idea, sino una experiencia que transforma. Esto nos recuerda de algún modo lo que dice la carta a Timoteo: “Doy gracias al que me da la fuerza, a Cristo Jesús, nuestro Señor, por la confianza que tuvo al hacer de mí su encargado. Porque yo fui un opositor, un perseguidor y un violento. Pero él me perdonó porque obraba de buena fe cuando me negaba a creer, y la gracia de nuestro Señor vino sobre mí muy abundante junto con la fe y el amor cristiano”.

Veamos, brevísimamente, lo que podrían significar cada una de estas tres dimensiones para nosotros los sacerdotes:

  • Sanar: es más que consolar. Es tocar las llagas del prójimo con el mismo fuego con que Cristo abrazó la cruz, no sin antes haber sanado las propias llagas, más aún, mientras buscamos sanar nuestras heridas, pues nuestro ministerio consiste en aprender a ser “sanadores heridos”, que comprenden el dolor propio y el de los demás.
  • Acompañar: no es caminar delante ni detrás, sino al ritmo del otro, como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre. Es caminar con paciencia, magnanimidad y pedagogía, pues solo de este modo se creará un ambiente de confianza entre acompañado y acompañante. Nuestro ministerio necesita del respeto y la delicadeza de quien sabe observar el proceso de conversión del otro sin intervenciones violentas.
  • Redimir: es ofrecer esperanza allí donde todo parece perdido, llevando la luz del Evangelio hasta el confín de las noches más oscuras. No se trata de “reciclar” personas, sino de renovarlas a través de la gracia de Cristo que sana y eleva la condición humana[1]. Nuestro ministerio debe llevarnos a ser conscientes de que para Dios no hay causas perdidas.

Ser sacerdote hoy es dejar que el propio corazón arda con la ternura de Dios, para que por nuestras manos, palabras y silencios, Cristo siga sanando, acompañando y redimiendo a todos, pero de modo especial a los sacerdotes heridos, necesitados de la misericordia de Dios.

[1]Cf. Summa Theologiae, I, 1, 8 ad 2.

Padre Carlos Andrés

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