UN SACERDOTE QUE SE DEJA AMAR

Hijo mío, hermano sacerdote:

Antes de que seas confesor, eres penitente. Antes de que acompañes a otros, yo te acompaño a ti. Y por eso hoy te pregunto con ternura, sin reproches: ¿cómo te va como confesor… y cómo te va como penitente?

Sé que poco a poco vuelven las condiciones para servir más a los fieles: más confesiones, más atención personal, más solicitudes. Y bendigo tu entrega. Pero mira: en medio de tanto servicio, yo también te regalo una gracia escondida: un poco más de tiempo para atenderte a ti mismo. No lo desperdicies.

No quiero sacerdotes “funcionales” por fuera y cansados por dentro. Te llamo a ser pastor santo, y la santidad no nace de la prisa ni del puro esfuerzo; nace de dejarte amar y purificar. Por eso te digo, como un susurro que te sostiene: confiesa bien el que se confiesa bien, el que tiene experiencia personal de mi misericordia.

Cuando te arrodillas y dices la verdad, no pierdes autoridad: la purificas. Cuando te dejas reconciliar, no te haces pequeño: te vuelves auténtico. Entonces, cuando escuchas a tus penitentes, ya no eres solo “el juez” o “el que resuelve”; eres padre, buen samaritano, médico del alma, instrumento de paz. Y tus palabras dejan de ser discurso: se vuelven vida.

Quiero que recuerdes algo esencial: tu ministerio es de reconciliación, sí… pero también es para ti. Yo no te ordené para que te salvaras solo a fuerza de trabajar; te llamé para que, conmigo, “se forme Cristo” en ti y en los fieles. Tu corazón necesita esa renovación interior tanto como tus comunidades.

Por eso, en esta cuaresma, te invito a dos decisiones concretas:

  • Vuelve a la confesión personal con fidelidad. No como trámite, sino como encuentro. La calidad y el fervor de tu vida sacerdotal dependen mucho de esa práctica humilde y consciente. Cuando te confiesas con verdad, tu corazón recupera fuego; tu paciencia crece; tu mirada se vuelve más misericordiosa.
  • Busca y cuida la dirección espiritual. No estás hecho para caminar solo. Necesitas un hermano que te ayude a discernir mi voluntad, a poner nombre a tus luchas, a ordenar tus afectos, a sostener tus decisiones. Eso no te quita libertad: te da claridad. Y te hará mejor guía para otros, porque nadie acompaña bien si nunca se deja acompañar.

Hoy no te pido cosas imposibles: agenda tu confesión; prepara tu examen con calma; ora por tu director espiritual (o por el que vas a buscar); retoma esa conversación pendiente con quien te ayuda a leer tu alma.

Hermano sacerdote: yo te necesito de rodillas tanto como te necesito en el altar. Te necesito en silencio tanto como en la predicación. Te necesito convertido, porque un corazón convertido se vuelve refugio para muchos.

Déjate cuidar por mí. Y desde esa experiencia, cuida tú a mis hijos. También para ti es mi misericordia. También para ti es mi paz.

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