Nació en Zaragoza, España, el 27 de diciembre de 1737, en el seno de una familia noble de origen italiano. Su padre, Antonio Pignatelli, era marqués de San Vicente, y su madre, María Jerónima Moncayo, provenía de una familia distinguida aragonesa.

Desde joven mostró una gran inclinación hacia la vida espiritual y el estudio. Fue alumno del colegio jesuita de Zaragoza, donde destacó por su inteligencia, su sensibilidad religiosa y su profundo sentido de justicia y caridad.

Vocación religiosa y primeros años

A los 16 años ingresó en la Compañía de Jesús (Societas Iesu), el 8 de mayo de 1753. Realizó su noviciado en Tarragona y luego estudió filosofía y teología. Fue ordenado sacerdote en 1762.

Como jesuita, se distinguió por su obediencia, su vida de oración y su capacidad de acompañar espiritualmente a los jóvenes y a las familias necesitadas.

Expulsión de los jesuitas

En 1767, el rey Carlos III de España decretó la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios. Pignatelli, junto con más de 5.000 compañeros, fue desterrado a Córcega y luego a Ferrara (Italia).

Durante esos años difíciles, se convirtió en el alma y el sostén moral de sus hermanos exiliados, organizando su traslado, socorriéndolos en la pobreza y manteniendo viva la unidad espiritual de la Compañía.

Supresión y fidelidad

En 1773, el papa Clemente XIV suprimió oficialmente la Compañía de Jesús. José Pignatelli no abandonó su vocación: permaneció fiel a su espíritu jesuita, dedicándose a la oración, al estudio y a la caridad.

Durante casi 40 años de dispersión, fue un ejemplo de paciencia, esperanza y fidelidad a la Iglesia, manteniendo el contacto con los jesuitas que sobrevivieron en Rusia, donde la Compañía aún existía bajo protección de la zarina Catalina la Grande.

Restauración parcial de la Compañía

Gracias a sus gestiones, en 1797 la Compañía de Jesús fue reestablecida en los Estados Pontificios. Pignatelli fue aceptado nuevamente de forma oficial y se le considera el gran artífice de la restauración de los jesuitas en Europa occidental.

Fue nombrado maestro de novicios en Roma y dedicó los últimos años de su vida a formar nuevas generaciones de jesuitas, infundiéndoles el espíritu de san Ignacio de Loyola.

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