Sacerdote, pedagogo, fundador de la Institución Teresiana y mártir, nació el 3 de diciembre de 1874 en Linares (Jaén, España), en el seno de una familia cristiana. Desde joven sintió la llamada al sacerdocio. Ingresó al Seminario de Jaén y posteriormente continuó su formación en el Seminario de Guadix, donde fue ordenado sacerdote en 1897.
Durante sus primeros años de ministerio en Guadix, ejerció diversas responsabilidades pastorales y se preocupó especialmente por las personas que vivían en las cuevas de la ciudad, promoviendo entre ellas la educación y la formación cristiana. Más adelante, como canónigo de Covadonga, desarrolló una intensa labor de evangelización y comenzó a profundizar en la relación entre fe, ciencia, educación y cultura.
En 1911 inició, junto con un grupo de jóvenes colaboradoras, las primeras Academias y Centros Pedagógicos que dieron origen a la Institución Teresiana, dedicada a la evangelización y a la transformación de la sociedad mediante la educación y la presencia cristiana en los ambientes culturales. Poveda defendió una educación integral que uniera la fe con el conocimiento y la promoción humana.
Su vida terminó violentamente durante la persecución religiosa de 1936 en España. Fue detenido en Madrid y asesinado el 28 de julio de 1936. Según la tradición recogida en su biografía, ante quienes lo conducían al martirio afirmó con serenidad: «Soy sacerdote de Cristo».
Fue beatificado por San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993 y canonizado por el mismo Papa el 4 de mayo de 2003, en Madrid, junto con otros cuatro santos españoles. La Santa Sede lo reconoce como sacerdote y mártir, fundador de la Institución Teresiana.
Su legado
San Pedro Poveda dejó como legado una espiritualidad centrada en Cristo, la educación, la cultura, la promoción de la dignidad humana y el compromiso evangelizador de los laicos. Su vida muestra cómo el sacerdocio puede hacerse presente en los espacios educativos, culturales y sociales, especialmente allí donde existen pobreza, marginación y necesidad de esperanza. Juan Pablo II destacó precisamente su labor humanitaria y educativa entre las personas más necesitadas.







