DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Admirable es tu Nombre en toda la tierra

El Salmo 8, que propone la liturgia, es un himno de asombro y alabanza ante la grandeza de Dios reflejada en la grandeza del hombre. La solemnidad de la Santísima Trinidad es así contemplada a través de la grandeza con que Dios ha hecho al hombre y a todo lo que le rodea, hasta el punto de poder decir: “La gloria de Dios es el hombre vivo” (Ireneo de Lyon).

Amor-Comunión

El reflejo de Dios sobre el hombre sugiere no sólo su “grandeza” sino también su “compañía”. Dios se nos revela como Dios-Amor, más aún, Dios-Comunión. Y es a la luz de este horizonte de comunión que estamos llamados a comprender la vocación de todo hombre: ante todo somos “don” de Dios y, por tanto, como Dios-Trinidad, estamos hechos para estar con los demás, porque en la medida en que nos exponemos por los demás, nos realizamos a nosotros mismos. En la medida en que nos “perdemos” por los demás nos encontramos a nosotros mismos y al final nos salvamos, nos recuerda Jesús (Mc 8,34ss).

Maestro interior

Para cumplir esta tarea-vocación, se nos da el Espíritu Santo. Se convertirá en un Maestro interior, en un Guía, dando a cada persona según sus posibilidades, porque no se puede entender todo y llevar el peso de todo inmediatamente, como recuerda el Evangelio. Hay algo que no podemos conseguir sólo con nuestra inteligencia,  con nuestra riqueza, y mucho menos con el poder o con el uso de la fuerza. El Espíritu es precisamente el que nos hace capaces de vivir una vida a la altura del don de Dios; nos hace capaces de ese más. Él llega precisamente donde nosotros, por nuestra cuenta, no podemos llegar. Y lo hace desde dentro: no nos impone una carga nueva, no nos pide más esfuerzo. Nos lleva a la verdad, que no es una idea, sino que es Jesús mismo, que nos enseña a hacernos pequeños, pobres, para aprender a hacer sitio a Dios y a los demás, a vivir como Dios, Trinidad-Amor, Comunión-Fraternidad.

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