ANTE EL MISTERIO DEL CIEGO ILUMINADO:
El itinerario de la fe bautismal
Juan 9,1-41
Este es el domingo de la “Luz”, pero también de la “Alegría”. En la bella tradición de la liturgia cristiana a este domingo se le llama “laetare” (expresión latina que invita a la alegría), una pausa refrescante en el arduo camino del desierto cuaresmal.
Jesús Plantea, anuncia el sentido de lo que va hacer: “es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (9,3b). Jesús anuncia que por medio de su “obra” se verá con claridad que Él mismo es la luz del mundo que saca a todo hombre de las tinieblas del pecado.
Vale notar que esta “obra” misericordiosa de Jesús con el ciego se realiza a partir de acciones significativas y nos aporta dos novedades dentro del evangelio. Jesús no actúa solamente por medio de su palabra, sino que realiza tres acciones que el evangelista cuenta con detalle en el 9,6: (1) “escupió en tierra”; (2) “hizo barro con la saliva”; (3) “untó con el barro los ojos del ciego”. El ciego no permanece como actor pasivo, Jesús le pide su participación, también él debe hacer algo. Es así como el ciego, confiando en la palabra de Jesús: (1) va; (2) se lava; (3) vuelve viendo. Notemos cómo se va poniendo interesante el relato. Sobre sí mismo el sanado puede hablar, pero hay una pregunta que todavía no está en capacidad de responder: “No sé dónde está” (9,12). Tampoco conoce gran cosa acerca de Jesús, por eso se refiere a Él de forma casi evasiva, sin compromiso: “Ese hombre llamado Jesús” (9,11). Por tanto, el sanado conoce a Jesús por lo que le ha hecho, pero en realidad desconoce su identidad. Las inquietudes ahora se desplazan hacia la identidad de Jesús, quien ha obrado el signo.
El sanado es llevado donde los fariseos (9,13-17). El nuevo círculo ante el cual se encuentra ahora el sanado es el de los peritos en cuestiones bíblicas, quienes no aparecen tan preocupados por discernir la “obra de Dios” en dicho acontecimiento sino en cuestionar su validez (tal como lo habían hecho ya antes a propósito de la actividad de Juan el bautista en 1,24). El punto es que a Jesús le aplican una unidad única de medida, el sábado, y se desconoce el valor del signo realizado. Los fariseos aparecen como sabios en cuestiones religiosas, pero también como incapaces de discernir a fondo la obra de Jesús que es la “obra de Dios”. Éste hombre es obligado a reflexionar sobre el valor del signo realizado en él. Se le pregunta: “¿Tú qué dices de él?”. Esta vez su respuesta va un poco más allá de su primera afirmación y dice: “Es un profeta” (9,17). Quiere decir, en otras palabras, que la obra realizada por Jesús sí es la de un enviado de Dios. El hecho es que las autoridades cierran conscientemente los ojos ante la evidencia del signo, ante la luz. La situación se pone peligrosa para el ciego de nacimiento que fue sanado por Jesús. El mal ambiente aumenta. La gente se vuelve a dividir. Cuando ya no quedan más pretextos para poner en duda la efectiva curación del ciego, no queda más remedio que tomar una posición clara ante la persona de Jesús quien ha obrado el signo. Los fariseos apelan a un último recurso: la declaración juramentada del sanado para que declare que Jesús y la obra realizada no tiene nada que ver con Dios, “ese hombre es un pecador” (9,24). Sin embargo el sanado se mantiene firme (ver los 9,25.30.32). Él comprende cada vez con mayor claridad que la obra de Jesús realizada en él es una obra de Dios: “Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada” (9,33).
Aquí la cuestión va hasta el fondo. Las autoridades pretenden tener un conocimiento claro sobre Jesús e insisten en ello (ver los 9,24.29): “¡Nosotros sabemos!…”. El sanado, por el contrario, ahora capaz de enfrentarlos con un argumento definitivo que ellos también deberían saber: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha” (9,31). Por lo tanto, dentro de esta lógica simple, Jesús no es un pecador sino más bien todo lo contrario, uno que está en sintonía con el proyecto de Dios.
Cuando el ciego volvió de la piscina de Siloé, donde recuperó la vista, ya no encontró a Jesús. Sin embargo, la persona de Jesús siempre ha estado en su mente y cómo, por todos los interrogatorios a que ha sido sometido -interrogatorios que lo han presionado para que tome una posición definida ante la identidad de Jesús-, el rostro de Jesús se le ha ido volviendo más claro y luminoso. Y precisamente, por declarar abiertamente quién es Jesús, este pobre hombre ha sido expulsado de su comunidad. El ciego-mendigo de nacimiento queda desvalido, sin el apoyo de su comunidad de fe.
Jesús entonces, por segunda vez, entra en acción: sale a su encuentro (9,35). La primera vez había sido en su situación negativa de la ceguera, ahora lo hace en su nueva situación negativa del aislamiento social por causa de Jesús. Jesús se le revela como el “Hijo del hombre”. No lo afirma de una vez, lo lleva a descubrirlo mediante la didáctica de la pregunta: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?” (9,35). Este título es profundo: Jesús se le está revelando como el Hijo de Dios encarnado, como aquel que no ha venido a la tierra en el esplendor de la gloria (ver Daniel 7,13) sino en la humana sencillez y como aquel que está a punto de ser exaltado en la Cruz (ver Juan 3,14; 6,35; 12,23.34). El sanado afirma que cree en Jesús y se postra ante él, un gesto de respeto y entrega con el cual admite estar ante divinidad. Esta postración en el suelo, a los pies de Jesús, es el momento culminante de este encuentro salvífico. La fe se expresa exteriormente y el conocimiento se vuelve adoración prolongada.
En todo este arco de la historia narrada, mediante la curación y en el saber conducirlo a la fe, Jesús ha sido para este hombre –que es nuestro modelo- luz y cada vez más luz. El ciego recobró la vista inmediatamente, pero la luz de la fe fue gradual: “no se” (9,12); “es un profeta” (9,17), “viene de Dios” (9,33); “Creo, Señor” (9,38). De esta manera el ciego de nacimiento no sólo abrió los ojos, sino que también descubrió una ruta definida para su existencia: la persona de Jesús de Nazaret, el Verbo Encarnado que su amor “hasta el fin” lo conduce hasta el Padre. En fin, siendo la luz del mundo (8,12; 9,5), Jesús le concedió el don de la vista al ciego de nacimiento acompañado del don de la luz (iluminación) en orden a la contemplación de la realidad divina.







