ANTE EL DESEO INSACIABLE DE TENER SIEMPRE MÁS
o “la lamentable ilusión del rico”
Lucas 12,13-21
Salta a la vista el tema de las posesiones y su justa distribución. Es verdad que aquello que un discípulo debe temer no es tanto la pérdida de la vida terrena con sus ventajas sino la pérdida definitiva de la vida (los que matan el “alma”; 12,4).
Cuando los hermanos pelean (12,13b-14). Jesús es llamado “Maestro”. Su interlocutor le pide que actúe en calidad de “rabbí”, que aquí se entiende como experto en cuestiones legales bíblicas. Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. Pero también es posible que el hermano mayor tuviera una intención positiva: podría suceder que él –en cuanto responsable de la casa- atendiera al ideal de la familia israelita que era el de vivir juntos en la propiedad y así conservarla intacta. En caso de tratarse de la segunda posibilidad, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.
¿Cómo responde Jesús? “Él le respondió: ‘¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?” (12,14). Jesús no tiene interés en clasificarse en la categoría de un “rabbí”; por lo tanto, Jesús se sitúa frente al problema de la justicia a un nivel más profundo, al respecto Él tiene una misión más importante que cumplir que dar dictámenes para casos particulares. Jesús, entonces, conduce, aborda el problema desde un nuevo nivel que, al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe ponerse en consideración ante este tipo de situaciones.
Un principio de vida: la vigilancia del corazón para purificar “la codicia” (12,15). Jesús no mira los accidentes externos, se fija en el corazón: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (12,15). Jesús pronuncia una advertencia contra la codicia que detectó en el requerimiento de aquel hombre. En sus palabras distinguimos (1) qué hacer y (2) por qué hacerlo. De fuera hacia dentro: consiste en encontrar placer en el “llenarse” de cosas, con tres habituales manifestaciones: El deseo compulsivo de llenarse de cosas ; El entrar en competencia con los demás motivado por la envidia; El placer de exhibir lo que se tiene con el fin de obtener una nueva ganancia: la felicitación y la envidia de los otros. De dentro hacia fuera: Se percibe en la tacañería o avaricia de aquel a quien le duele compartir. En otras palabras, la persona se vuelve “mezquina” y avara, casi incapaz de ser generosa.
¿Por qué hacerlo? “Porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (12,15b). En otras palabras, la vida realmente no depende de la abundancia de lo que se posee, lo que se vuelve “propiedad”. Hay un peligro escondido y de terrible alcance en el amarrar el corazón a las cosas. Cuando esto sucede, las relaciones comienzan a basarse en las “cosas” y se pierde de vista al “otro” como valor fundamental, de ahí que sea en el fondo una negación de Dios, quien es el “Otro” por excelencia. Peor todavía, si consideramos que en el “adquirir, adquirir y adquirir”, en el fondo hay una injusticia social que contradice el proyecto de fraternidad y solidaridad querido por Dios, porque quien acumula se está apropiando de aquello que por derecho le pertenece a los otros.
La parábola del “rico insensato” o “el mal planificador” (12,16-20). en esta parábola Jesús no se limita a ilustrar la enseñanza que acaba de dar sino que además se mete en la lógica de mucha gente a quien la “abundancia” de cosas le mata el sentido de trascendencia, yendo hasta las últimas consecuencias para, desde ahí, llamar a la conversión. Esta es la lamentable ilusión del rico, quien le hace eco a la típica manera de pensar de la sociedad de consumo. La narración enfoca al propietario que parece detenerse feliz frente a esa inmensidad. El personaje siempre habla consigo mismo: lo hace tres veces (“y pensaba en sí…”, “y dijo…”, “y diré a mi alma…”, 12,17.18.19) y cada vez más fondo sumergiéndose en el tiempo (futuro), en el espacio (escenarios imaginarios) y en la tercera dimensión, la más importante, su propia “alma” (su “yo”, su “principio vital”).
La inesperada intervención de Dios. Todo podría parecer lógico, pero se había quedado un aspecto fuera: Dios. En el escenario tan despoblado de gente de la parábola, Él entra y se oyen sus palabras: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (12,20). Dios entra en escena como un perturbador que manda al piso el mundo de fantasía que el rico se creó por unos instantes. El fin de su sueño es violento. Su monólogo se quiebra con una palabra fuerte que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios, este hombre no se preguntará y se responderá a sí mismo, sino que tendrá que responderle a otro.
Jesús ya terminó la parábola, ahora mira a todos y les dice: “Así es el que atesora riquezas para sí, y no prospera en orden a Dios” (16,21). Una frase para ser guardada en la memoria. Jesús hace la aplicación de la parábola y completa la enseñanza del v.14, queriendo decir que no sólo “no” hay que ser codicioso -“atesorar riquezas para sí”- sino que “sí” hay que “prosperar en los asuntos de Dios”. Ahí están las dos caras de la moneda. Lo que realmente importaba. El hombre que no es rico en presencia de Dios es por tanto pobre, no importa cuán gruesas sean sus cuentas en el Banco. En otras palabras, amasar riquezas puede convertirlo en pobre ante las cosas que en última instancia cuentan. Por tanto hay que saber usar la cabeza: quien era hábil para hacer “sostenible” la riqueza con graneros podría también haber asegurado un último tesoro para sí mismo, o sea, una vida “sostenible” para siempre. La vida es recibida y sólo Aquél que nos la dio nos puede decir dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud. De ahí que quien hace planes para la vida -hoy hablamos de “proyecto de vida”- pensando solamente en sus propias necesidades y exigencias materiales, colocando a Dios -y todo lo que Él nos pide- por fuera, ya dio desde el primer momento el paso equivocado: será un muerto en vida, aislado en su egoísmo.







