El Instituto de Pastoral del Clero, ubicado en El Rodeo, La Ceja, Antioquia, Colombia, se dedica a acompañar a obispos, sacerdotes y diáconos de Latinoamérica. Su objetivo es ofrecer formación y apoyo pastoral para fortalecer el ministerio y la labor evangelizadora en la región.

INUNDADOS POR EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO:
Fuego y Viento impetuoso de Amor

Solemnidad de Pentecostés

Lugar: “…Estaban reunidos todos en un mismo lugar”(2,1b). La expresión “todos juntos” recalca la unidad de la comunidad y es una característica del discipulado en los Hechos de los Apóstoles.  Se trata de la comunidad que había sido recompuesta numéricamente cuando se eligió al apóstol Matías (1,26). Una comunidad cuyo número indica el pueblo de la Alianza que aguarda las promesas definitivas de parte de Dios. En ella no se excluyen, puesto que estaban “todos”, la Madre de Jesús y un grupo más amplio de seguidores de Jesús. Este “todos” anuncia también la expansión del don a todas las personas que se abren a él.
La realidad: “quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (2,4a). Después de los signos iniciales (estruendo, viento), de referente externo, Lucas nos invita a entrar en la experiencia interna y así captar el significado: ¿Qué es lo que está pasando en el corazón de los discípulos? ¿Cuál es la acción interior del Espíritu Santo? Después de los signos emerge la realidad, una realidad que se describe con sólo una línea: “Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Este es sin duda, el acontecimiento más importante de la historia de la salvación, junto con la creación, la encarnación, el misterio pascual y la segunda venida de Cristo. Decir que los discípulos “quedaron llenos” del Espíritu Santo, que el mismo Dios los llenó de Espíritu Santo, es como decir, para explicarnos con un ejemplo, como un gran embalse de agua –de esos que se utilizan para generar energía- de repente se convirtiera en una inmensa catarata que se vacía a través de un dique y entonces toda esa enorme masa de agua, que es la vida trinitaria, se vaciará en los pequeños recipientes de los corazones de cada uno de los apóstoles. Después de purificar a los hombres por la cruz de su Hijo, de prepararlos como odres nuevos, Dios los hace partícipes de su misma Vida. El corazón de los discípulos ha sido partícipe, por así decir, como un vaso comunicante, de la vida trinitaria. Por el don de su Espíritu, Dios infunde su amor en cada criatura y la recrea con su luz. “Quedaron llenos”. Los discípulos hicieron la experiencia de ser amados por Dios, una experiencia verdaderamente transformante, puesto que sana a fondo todas las fisuras que permanecen en el corazón por los dolores de la vida, por las carencias, y le da a la vida un nuevo impulso, una nueva proyección. “Quedaron llenos”. La palabra que repetimos con tanta frecuencia, “el amor de Dios”, que muchas veces es una palabra vacía, aquél día fue para los apóstoles una gran realidad. Les cambió la vida. Les dio un corazón nuevo, el corazón nuevo prometido por Jeremías (31,33) y por Ezequiel (36,26).  Se nota que desde ese momento, los apóstoles comenzaron a ser otras personas.
La reacción de los destinatarios de la unción: hablar en lenguas (2,4b). El “viento” se convierte en “soplo” santo que inunda a todos los que están en el cenáculo y las “lenguas como de fuego” sobre cada uno se convierten en nuevas “lenguas”, en una capacidad nueva de expresión.  Aquí se nota el primer cambio en la vida de los discípulos de Jesús. En otras palabras, lo que el Espíritu Santo pone en boca de los discípulos es el “kerigma”, el cual recoge “las maravillas de Dios” realizadas a través de Jesús de Nazareth, particularmente su muerte y resurrección. Pero esta capacidad de comunicarse irá más allá: se convertirá poco a poco en el lenguaje de un amor que se la juega toda por los otros, que ora incesantemente, que perdona y se pone al servicio de todos.  No hay que perder de vista que el don del Espíritu es del amor de Dios.
La gente estaba estupefacta (2,5-6). Todos quedaron fuertemente admirados. Los efectos de la venida del Espíritu son los mismos que se daban cuando Jesús entraba poderosamente en la vida de las personas; por ejemplo, cuando manifestó sobre el lago su potencia divina, se dice que quienes lo vieron quedaron estupefactos (ver Lucas 8,25). Aquí se dice lo mismo con relación a la manifestación del Espíritu Santo: “la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. (Estaban) estupefactos y admirados…”. En Babel se confunden las lenguas: Hay caos lingüístico que representa cómo cuando cada persona se apega a su propio proyecto y no es capaz de abrirse al de los demás, nunca es posible construir un proyecto comunitario.  Babel, entonces, es caos ideológico, reflejo del caos psicológico que puede darse dentro de uno: conflicto de proyectos y de deseos contradictorios que emergen continuamente. Babel se repite todos los días: se comienza hablando una misma lengua, se diseñan proyectos comunes, pero de repente aparecen los intereses personales que mandan todas las alianzas al piso, que rompen en definitiva las relaciones. Pero en Pentecostés todos son capaces de comprenderse: todos hablan diversas lenguas (y por eso esa larga lista de pueblos), pero llega un momento en que todos se entienden, como si estuvieran hablando una misma lengua.  Esta lengua es la del amor, cuya máxima expresión es el amor de Dios: “las maravillas de Dios”. Babel es la guerra de los egoísmos, en cambio Pentecostés es la formación de la comunidad en la comunión de diversidades cuyo centro es Dios. Los mismos discípulos que antes de la Cruz de Jesús discutían quién era el mayor, viven ahora una conversión radical que es como la revolución copernicana: se han descentrado de sí mismos –están llenos de amor- y se han centrado en Dios. Todo está orientado hacia la gloria de Dios, hacia la alabanza de Dios y es en Él en quien convergemos todos, poniendo nuestros mejores esfuerzos en ayudar a construir su proyecto creador en el mundo. Esta es la conversión que nos aguarda a todos. Lo que sucedió el día de Pentecostés fue apenas la inauguración; el evento nos sigue envolviendo a todos los que lo aguardamos con el corazón ardiendo por la escucha de la Palabra de Dios y la oración. Así, en cada uno de sus miembros, la Iglesia adquiere todos los días un rostro nuevo, reflejo del amor de Dios.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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