Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

POR MEDIO DE LA CRUZ HACIA LA GLORIA:
La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas 22 14-23

El complot contra Jesús (22,1-6). El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

La última pascua (22,7-20). Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete (22,7-12), se prosigue con la celebración pascual misma (22,14-38).  Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas.  Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “Recuerdo mío” (22,19). En las palabras de Jesús sobre la copa (22,20) se cumple la profecía: “He aquí que vienen días –oráculo de Yahveh’ en que yo pactaré con la casa de Israel y la casa de Judá una nueva alianza… pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… Cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme” (Jeremías 31,31.33.34).

El Testamento de Jesús (22,21-38). Lucas enriquece la cena pascual con el discurso final de Jesús a sus discípulos. Partiendo del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad (22,21-23), Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él. Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos. No hay necesidad de títulos rimbombantes. Los reyes paganos se hacen llamar “benefactores”, pero no son el modelo de los discípulos de Jesús. Ellos deben imitar a Cristo quien se hace servidor de todos. Él, quien tiene una dignidad real y quien dispone de un Reino, se pone en medio de los suyos como el que sirve (22,24-27). Desea también que los discípulos compartan su vida futura: la plenitud del Reino.  Pero para ello hay que perseverar, como el Maestro, en las pruebas (22,29-30). En medio de la infidelidad del discípulo, Jesús pone en primer lugar su propia fidelidad: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”.  Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. La conversión de Pedro será ganancia: para el fortalecimiento de toda la comunidad (22,31-34). Los discípulos vivirán dentro de poco la misión, allí se encontrarán –así como Jesús en la Pasión- con la hostilidad del mundo y evangelizarán un mundo de violencia.  Al respecto, Jesús le da nuevas consignas a los discípulos. A diferencia de lo que dijo en el primer discurso misionero, ya no los envía con las manos vacías. Llegan tiempos difíciles, el camino será peligroso y, en consecuencia, tendrán que protegerse (22,35-38).

La angustiosa oración en el monte de los Olivos (22,39-46). La atmósfera se pone oscura cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos, donde la angustiosa oración de Jesús le hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos (en Lc 11,2-4). Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caigan en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”.  Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías (ver 1ª Reyes 19,4-8).

El beso del traidor (22,47-53). No se sabe cómo está compuesta la tropa que viene a capturar a Jesús.  La atención se fija en el traidor, uno de los Doce, y sobre la actitud de Jesús quien pone en práctica lo que ha dicho en el Sermón de la llanura: “Amad a vuestros enemigos”. Al contrario de lo que hacen tantos Judas -quien le entrega a la muerte- como los discípulos –quienes reaccionan con violencia-, el comportamiento de Jesús en este momento es el verdadero modelo de los cristianos.

La caída de Pedro (22,54-62). En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia del mismo Jesús (lo deja entender el v.61), Pedro niega ser discípulo (23,56-57), pertenecer a su comunidad (23,58) y haber hecho camino con Él desde Galilea (23,59-60). Las tres formas concretas de la vinculación con Jesús, Pedro las declara inexistentes: “¡No le conozco!… ¡No lo soy!… ¡No sé de qué hablas!”. Pero la mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras producen la conversión de Pedro (23,62).

El rostro cubierto (22,63-65). Los captores, golpean a Jesús y se burlan de Él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos el conocido juego de “la gallina ciega”.

Jesús ante el Sanedrín (22,66-71). La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. Hay que notar el tema. En la anunciación, el ángel del Señor le había anunciado a María que Jesús era Hijo de Dios en cuanto Rey-Mesías, pero también de manera particular, en cuanto participaba de la santidad de Dios.  Lo mismo sucede aquí.  La revelación se hace en dos momentos.  Jesús, en primer lugar, deja entender que Él es mucho más que un Rey-Mesías temporal.  A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo (anunciada por el profeta Daniel), enseguida hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

Jesús ante Pilatos (23,1-7). Esta vez sí hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos: “pervierte al pueblo prohibiendo pagar impuestos y diciendo que es el Cristo Rey”.  Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “Ningún delito encuentro en este hombre”.

De Pilatos a Herodes (23,8-12). En lugar de tratar a Jesús como uno de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final le rinde –de manera involuntaria- un homenaje revistiéndolo con un manto real.

De Herodes a Pilatos (23,13-25). Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez.  Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente.  Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular.  Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo.  Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

Jesús carga la cruz (23,26-32). La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz.  El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

Una muerte ejemplar (23,33-34). Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

La muerte de un rey (23,35-43). Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo (23,35-41). Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio. Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva.  Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación (23,42-43).

La muerte del Hijo (23,44-46). Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años.  Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

Después de la muerte de Jesús (23,47-56). Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado:

-El centurión romano “ve” y da su testimonio: la muerte de Jesús es una injusticia (23,47).  Jesús es el inocente ajusticiado profetizado por Isaías como “Siervo de Yahveh” (ver Isaías 53,11-12; Hechos 3,14; 7,52; 22,14).
-El pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad (23,48).
-Los amigos que lo han acompañado desde Galilea “ven”, pero de lejos (23,49).

Viene entonces la sepultura (23,50-54). No todos los miembros del Sanedrín son enemigos de Jesús: José de Arimatea –“persona buena y justa”- le rinde los últimos homenajes a Jesús ofreciéndole una digna sepultura. En este momento final, las mujeres “ven” todo hasta el último instante posible (23,55-56). Su fidelidad las lleva más lejos que al resto de la comunidad. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección. La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción-  es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder.  Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa… que tendrá respuesta.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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